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Dejen a Junqueras dentro

Guillem Bota
13.01.2020
5 min

A Torra le están atosigando para que abra las puertas de las prisiones y Oriol Junqueras salga en libertad gracias a tan sencillo sistema, es de suponer que junto a unos cuantos miles de reclusos más, que aprovecharían a barra libre decretada por la Generalitat. Imagino que quien en estos momentos más está rogando para que Torra no haga caso de tal petición y las puertas continúen cerradas a cal y canto, debe ser el propio Junqueras, aterrado ante la posibilidad de tener que elegir entre quedarse dentro o salir por patas. No parece Junqueras un tipo dado a fugas carcelarias, así sean fugas auspiciadas por el gobierno catalán, pero quedarse en la celda cuando toda la prisión ha quedado vacía, le dejaría ante los ciudadanos como un piernas. ¿Qué hacer, pues, llegado el caso?

Si Junqueras lee estas crónicas, y espero que así sea, yo le aconsejo hacerse el dormido. Es la mejor forma de no incurrir en a ilegalidad de una fuga --a quién se le ocurre ahora que ya se empieza a hablar de un tercer grado-- y dejar a salvo el honor a ojos de sus votantes.

-¡Junqueras! ¡Junqueras! ¡Que nos fugamos todos! ¡Que los guardias han abierto las puertas!- gritaría su compañero de celda, pues a final le ha cogido cariño a ese tipo enorme que colocaron bajo su litera.

-Zzzzzzz.

Mejor no hacer caso ni de los gritos ni de las sacudidas que llevan intención de despertarle, y seguir roncando. Tiene Junqueras a su favor la creencia generalizada de que los gordos duermen a pierna suelta, y lo más probable es que al final los otros internos le dejen en paz. Incluso puede que decidan huir de la cárcel en silencio, sin hacer ruido, en consideración al sueño bendito que parece haber conciliado aquel tipo raro pero bonachón que a veces hace discursos extraños a los reclusos, llamándoles cosas tan raras como «señorías».

El recurso de hacerse el dormido es mucho más útil que el de hacerse el tonto --aunque quizás en el caso de Junqueras eso sería más sencillo-- porque al tonto intentarían sacarle de la cárcel aunque fuera a empellones y en cambio al durmiente le dejarán tranquilo. De esta sencilla forma, se librará Junqueras de los pelmazos que intentan arruinarle su tercer grado, y tampoco quedará para la posteridad como un calzonazos incapaz de aprovechar una oportunidad tan clara de conseguir la libertad.

Aunque, claro, todo lo anterior sería en el supuesto de que Torra se atreviera a vulnerar la ley, y ello por no hablar de los funcionarios de prisiones. El presidente de a Generalitat no se distingue precisamente por su valentía, y a su verborrea habitual sigue siempre un agachar la testuz y acatar. No tema por tanto Junqueras, no se va a dar el caso de tener que simular el sueño, que por más que los más exaltados pidan a gritos que se abran las prisiones, lo único que va a hacer el presidente catalán será alguna declaración estrambótica y solemne, pero aquellas permanecerán cerradas. Con lo calentito y descansado que se está en la celda de Lledoners, no está Junqueras para experimentos a lo Ronnie Gibbs, y menos si es para plantarse en Bruselas y no en Río de Janeiro.

Más que Junqueras, quienes me preocupan son todos los cacos, traficantes, violadores, homicidas y proxenetas que han depositado en la valentía de Torra sus esperanzas de libertad. Igual que los independentistas, pero aquellos por lo menos llevan razón cuando se quejan de que el estado español los reprime y coarta su libertad.

-¡Torra, no nos falles!- es el clamor que resuena tras los muros de la prisión.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.