Dalmases, defensor de la prensa

Guillem Bota
25.07.2022
5 min

Lo bueno de Francesc de Dalmases es que efectivamente cree que está siendo sometido a una persecución injusta, que hay alguien que le quiere mal y de ahí que le critiquen por, simplemente, haber intimidado a una profesional de la información. ¿Acaso he hecho algo malo?, piensa el buenazo de Dalmases. De la misma forma que Franco creía en los contubernios judeomasónicos y estaba convencido de su existencia, su heredero Dalmases no duda ni por un instante de que lo suyo es una caza del hombre en toda regla. Yo le comprendo. Dalmases es un tipo que está acostumbrado a hacer siempre lo que le viene en gana y a coaccionar y amenazar a quien no se pliega --no se pliega lo suficiente-- a sus conveniencias, así que es natural que no comprenda que le afeen un comportamiento que no se sale de lo habitual.

En la Cataluña que Dalmases y su gente tenían en la cabeza imponer al resto de los catalanes, quien manda, manda, en eso no se diferenciaría de la Cataluña de toda la vida, y quien manda está autorizado a ejercer mano dura con los subordinados, que son todos los demás. Qué digo autorizado, Dalmases estaba obligado a demostrarle a la periodista de TV3 quién manda aquí, señorita. La bronca, las amenazas y la humillación fueron por su propio bien, de aquí en adelante la periodista no olvidará que debe obediencia a quienes cortan el bacalao en Cataluña, cosa que probablemente le sirva para prosperar en su profesión.

Teniendo en cuenta todo eso y teniendo en cuenta también que este personal lleva varias generaciones insultando y amenazando a quienes no le rinden la pleitesía debida, no entiendo a qué viene ensañarse con Dalmases. Si su jefa se sintió levemente incómoda con una entrevista que le hicieron en TV3, lo mínimo es saltar a la yugular de la responsable del programa. Dalmases no está donde está por mérito alguno, así que lo menos que se le exige es que defienda a la jefa, que por algo se lo lleva allá donde va, Laura Borràs no sale a la calle sin antes asegurarse de que lleva en el bolso las llaves, la tarjeta de crédito, Francesc de Dalmases y una mariposa amarilla para colocarse en la solapa si se acerca alguna cámara. 

Dalmases sirve lo mismo para un roto que para un descosido, igual un día amenaza al más puro estilo mafioso a una periodista, y otro día se presta a hacerse un selfi sonriente en compañía de Borràs, para que parezca que esta es sociable. De hecho, esas son las únicas funciones que se le conocen, no son poca cosa dadas sus capacidades. Podemos dar gracias a que sean solo dos, y aun así existe siempre el riesgo de que se confunda y acabe amenazando a su jefa y haciéndose selfis con periodistas malévolos, de los que preguntan lo que no deben. No parece Dalmases alguien a quien se le puedan pedir funciones demasiado intelectuales, con lo de posar en fotos y amenazar a periodistas, logrando no confundirse, va que chuta.

El propio Dalmases ha salido en su propia defensa --bien es verdad que porque nadie más lo ha hecho, ni siquiera la jefa, estaría ocupada-- asegurando que durante toda su vida ha defendido a la prensa. Y en eso ha sido de nuevo sincero. ¿Acaso hay mejor manera de defender a la prensa que enseñando a sus profesionales que al poder se le debe respetar? En la Cataluña ideal que el partido de Dalmases todavía no ha descartado imponer, solo estarían permitidos los medios de comunicación que agasajaran sin fin a Laura Borràs y a los suyos y, por supuesto, estarían prohibidos los que hicieran preguntas incómodas, no digamos los críticos, esos estarían en la cárcel. Dalmases defiende a la prensa por el método de enseñarle a comportarse antes de que sea demasiado tarde y deba ser purgada. Y encima hay quien le critica.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Botap

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla.