La CUP levanta el puño

Guillem Bota
24.05.2021
5 min

A mí, lo que más me gustó de la elección de Pere Aragonés como presidente de una comunidad autónoma, fue ver a los chicos y chicas de la CUP levantando el puño, un gesto tan demodé que, al principio, pensé que pedían permiso para ir a hacer pis, como los niños en la guardería. Me extrañó que les vinieran las ganas a todos ellos en comandita, pero estos jóvenes que lo deciden todo en asamblea, bien capaces son de mear de la misma forma y además, sus rostros permanentemente en tensión invitan a pensar que lo suyo es incontinencia. En cuanto percibí que no era el dedo lo que levantaban, sino el puño, quedé más tranquilo: no iban a mearse en los pantalones, aunque la malévola presidenta Borràs no les diera el permiso para ir al baño.

Levantar el puño se ha convertido para esta tropa de revolucionarios en un gesto tan rutinario como ponerse una camiseta con el Che estampado. De la misma forma que el hecho de ponerse esta prenda no significa nada más que eso, ponerse una camiseta cualquiera, levantar el puño es para ellos un saludo como el hoy tan manido de tocarse los codos, nada más. Si salen de declarar en comisaría, levantan el puño; si entran a declarar al juzgado, levantan el puño; si Cataluña elige presidente, levantan el puño; si se fuman un porro, levantan el puño; si tienen pis, levantan el puño. Ser de la CUP es un levantar el puño perpetuo, pero que nadie se alarme, para ellos no es más que una forma de recordarse a sí mismos que son rebeldes porque el mundo los ha hecho así. La verdad es que si no se lo recordaran con gestos, correrían el serio peligro de olvidarlo. Con levantar el puño y no usar corbata, uno tiene patente de corso para dar apoyo a un gobierno autónomo que pone de conseller de economía a un exdirectivo de La Caixa, o para colocar a cuantos convergentes de nuevo cuño haga falta, en altos cargos excelentemente remunerados.

Levantar el puño ha pasado --por lo menos en Cataluña-- de ser un gesto revolucionario a ser una rutina, no sería de extrañar que alguno de la CUP de los que lo alzaba en el Parlament, estuviera al mismo tiempo mandando un whatsapp con la otra mano con el móvil, para concertar cita con el dentista o para saludar a sus papás, que los estarán viendo por TV3. Móvil de ultimísima generación, por supuesto, como corresponde a la izquierda antisistema catalana. Tan poca cosa representan hoy los puños alzados de la CUP, tan vacuo es su significado, que más de un lector no se habrá enterado del gesto hasta leer este artículo.

Hubo un tiempo en que un puño alzado significaba algo serio. Pero la importancia de un puño se mide por la de la mano que lo forma, y en el caso de la CUP son manos blandas, fofas, casi gastadas de tanto encajarlas con la derecha catalana y de tanto tenderla esperando recompensa. Cuando una mano ha perdido todo su prestigio, tanto da que se convierta en puño, puesto que este puño será un símbolo vacío.

Levantando el puño para saludar al nuevo presidente de la Generalitat, estos muchachos están llevando a cabo la acción más revolucionaria de toda su existencia. Eso que podrán contar a sus nietos. Es de esperar que se tomaran selfies para inmortalizar semejante proeza, eso siempre va bien para amenizar cenas familiares. Así como años atrás hubo quien en esos ágapes contaba que había luchado con la República española y aún más tarde formó parte de la resistencia francesa, nuestros héroes de la CUP podrán explicar a quienes quieran escucharlos, que un día alzaron el puño. Que dieron todo su apoyo una y otra vez a gobiernos conservadores, sí, pero lo hicieron alzando el puño, con toda la dignidad que ello conlleva.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.