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Un cuento chino

Pedro Vega
17.02.2020
7 min

El mejor antídoto para el miedo es la transparencia y la información. Justo lo contrario de lo que ha ocurrido con el frustrado MWC. Con la excusa del coronavirus como causa de "fuerza mayor", la realidad es que vivimos instalados en la desconfianza en todo o casi todo. Ni ayuntamiento, ni Generalitat, ni Gobierno han sido capaces de transmitir una imagen de seguridad, salvo la insistencia en la calidad de nuestra sanidad. En un momento en el que "el diálogo" se repite como un mantra, han sido incapaces de proyectar una foto de unidad para salvar el evento. El mutismo ha sido la norma, generando más desconfianza. La proverbial locuacidad de la vicepresidenta Carmen Calvo, apuntando a "otras razones" para la cancelación sin decir cuáles, solo ha hecho que aumentar la confusión. Queda un regusto a cuento chino, entendido como embuste confuso, de dudosa veracidad, gran enredo para incautos.

Llevamos una temporada en que todo se esfuma como por arte de magia: en tiempo breve, el proyecto de Hermitage en Barcelona ha quedado en el limbo, ahora se cae el MWC. Atrás queda la tirria de la alcaldesa hacia el turismo, entendido como plaga de langosta, o hacia el capitalismo tecnológico que, en su opinión, representaba este tipo de congresos. Ada Colau dejó el moribundo en manos de un inane Jaume Collboni y apareció en escena --espacio en el que tanto disfruta-- a última hora. Por desaparecer, ha desaparecido hasta el Tsunami Democràtic. El problema ahora, más allá de los efectos económicos, es pensar que tal vez Barcelona haya perdido, por falta de un proyecto claro, el empuje y la presencia en el mundo que supusieron los Juegos Olímpicos. Ahora, la ciudad vuelve a estar en el mundo, pero mal, muy mal. La cancelación parece el epílogo de una historia de éxito iniciada en 1986 con Pasqual Maragall brincando en Lausana tras la adjudicación de los Juegos.

Hace demasiado tiempo que Barcelona ha quedado en manos de quienes, más que pensar en su futuro, han querido apropiarse de ella para defender causas que la subordinan a otros objetivos: independentismo, populismo o batallas partidistas. El resultado ha sido una acumulación de tensiones en una ciudad que ahora no logra poner en valor su potencial. Las grandes urbes se fundamentan en la suma de gentes y valores. No sería raro que entremos en breve en una espiral de reproches, resultado de una confluencia de desintereses en donde los ciudadanos parecemos víctimas pasivas, sufridores de una especie de ancestral tortura china, mientras las malas noticias caen como gota fría de agua cada cinco segundos en la frente del seviciado

Por coordenadas geográficas, dicen que Barcelona es del signo de Sagitario. El pasado 12 de febrero, cuando se suspendió el MWC, el horóscopo de este signo del zodiaco (El Mundo) rezaba así: "Volverás a ser el de antes, con nuevos impulsos que te harán despertar del letargo en el que te habías sumido. Podrás retar al destino con la seguridad de que saldrás triunfador. Tendrás experiencias inolvidables. La luna menguante favorece el inicio de algo nuevo en tu vida". Que la suerte y la fuerza nos acompañe. 

Esperemos a los próximos meses a ver cómo evolucionan las cosas. De momento, me viene a la memoria Miguel Salabert, periodista, escritor y traductor de Julio Verne que acuñó la expresión "exilio interior" para referirse al silencio obligado de la intelectualidad española por la amputación de la libertad durante el franquismo. Pero tenía como propio otro vocablo para responder cuando le preguntabas un protocolario "¿Qué tal?" o "¿Cómo estás?". Si tenía el día cruzado, al margen de las circunstancias, respondía: "Comiendo cristales". Una frase lacónica que proyectaba una imagen gore de impacto perturbador. Ahora, científicos británicos han descubierto que la Mycobacterium vaccae, que vive en la tierra, es capaz de aumentar la alegría y la felicidad, mejorar el estado de ánimo. Quizá la solución sea, como antídoto al pesimismo, un concentrado soluble de tierra que nos saque del malestar. Mejor que mascar cristales...

Hemos perdido un gran festival de aglomeración humana, con todo lo que representa. Simposio procede del griego y se traduce por banquete, aunque realmente se tratase en la antigüedad, sobre todo, de una reunión de bebedores con motivo de alguna celebración. Hoy en día, alude a un encuentro de especialistas en algún tema. En general, a un simposio se acude por obligación o seguidismo, tiene más carácter concurrencial que de cualquier otra cosa. Por encima de las novedades que cada cual pueda presentar en el mercado, hay siempre un contagio de comportamiento, propio de las grandes compañías. El mejor ejemplo quizá es la banca: la competencia es dura y cada cual imita lo que hace el más grande.

Nadie quiere distanciarse de la realidad del momento y se replica la actitud de los demás para evitar riesgos. Es la realidad de un mundo global. Las grandes decisiones se adoptan a ese nivel y a larga distancia. El primero siempre marca tendencia y pesa decisivamente el riesgo al ridículo en el resto. La primera en dar la espantada del MWC fue la surcoreana LG, a 9.600 kilómetros de Barcelona y a apenas 400 de China. ¿Hemos de creer que pesa sobre todo el coronavirus y la seguridad y salud de los empleados, socios y clientes? ¿Acaso fue un ataque de hipocondría propio de los orientales?

Sólo falta que salga de nuevo la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, en plan de aquella tía de Gila que acudía a las bodas y, cuando preguntaban al novio si quería por esposa a la novia, gritaba “¡Y, si no, para mí!”.

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¿Quién es... Pedro Vega?
Pedro Vega

Santander; Aries, mientras los astrólogos no alteran las certezas zodiacales; cosmopolita residente en Barcelona tras pasar por Paris, Bucarest y Madrid. Colaborador de diversos medios informativos, es autor de libros como “Crónica del antifranquismo”. Dedicado desde hace tiempo a la consultoría de comunicación de grandes corporaciones empresariales.