Cuchillos largos en el independentismo

Guillem Bota
14.06.2021
5 min

Yo, de los presos del procés, solicitaría continuar en la cárcel. Ellos sabrán lo que hacen, pero según están los ánimos, ya empiezan a ser considerados traidores a la causa por todos los que han visto desde su casa cómo se pasaban cuatro años entre rejas. Primero fue Junqueras pasto de críticas e insultos, y hace poco Jordi Sànchez fue el centro de las iras de quienes no perdonan ni un atisbo de conciliación. Yo de ellos, insisto, además de permanecer en prisión hasta que se calmen los ánimos, no abriría la boca. Tan indignados están ciertos sectores del independentismo, tan traicionados se sienten por quienes lanzan desde la cárcel mensajes en favor del diálogo, que las rejas de la prisión, que tiempo atrás servían para impedir la huida de los presos, hoy en día sirven a su propia seguridad, impiden a la turba que vaya a por ellos. Les aconsejo que se queden a la sombra, que ahí están tranquilos. Si, Dios no lo quiera, el Gobierno les concede el indulto, ¡rechácenlo! De salir en libertad, no sería extraño vivir en Cataluña una noche de los cuchillos largos como la que en Alemania acabó con el exterminio de las SA a manos de las SS, pero esta vez entre quienes reconocen que el procés está muerto y quienes se niegan a reconocer su muerte, por más que haga años que no respira e incluso hieda un poco. Si es posible, no salgan de la cárcel. Y si no hay más remedio y se ven obligados salir, enciérrense en casa y no abran la puerta a nadie, mucho menos a quienes no hace mucho fueron sus amigos, que esos son los peores. De verdad se lo digo: como en la cárcel, en ningún sitio.

El independentismo se compone en estos momentos de dos facciones irreconciliables: unos tipos que quieren salir de la cárcel y otros que --desde fuera, cómo no-- quieren que permanezcan en ella, ya que con ellos a la sombra se aseguran la imprescindible cuota de mártires que toda causa necesita, curiosamente en eso coinciden con los más duros antiindependentistas, que también los quieren entre rejas ad calendas graecas. Será que el patriotismo, y no la política, como se creía, hace extraños compañeros de cama. Además, si los presos no ven ni siquiera cercana su libertad, no hay peligro de que se les ocurra largar contra el procés, como está sucediendo los últimos días. Nada más peligroso para la causa que alguien que tenga posibilidades de recuperar una vida medio normal, puesto que para conseguirlo será capaz de todo, incluso de decir la verdad. Hay que evitarlo.

Al pobre Jordi Sànchez le quieren presentar una moción de censura dentro de su propio partido, lo cual en román paladino significa que ha perdido el favor del inquilino de Waterloo, así funcionan las cosas en las monarquías absolutas. En fin, más vale eso que despertarse con la cabeza de un caballo en la cama. El motivo es que se le ocurrió decir que el famoso referéndum del 1-O no tenía como objetivo la independencia, sino forzar al Gobierno a negociar (dicho sea de paso, no consiguieron ni una cosa ni la otra, como es sabido, o sea que no sé a qué viene rasgarse las vestiduras). Según quienes quieren echar al preso Sànchez a los leones, sus manifestaciones suponen "un insulto a los exiliados, presos y represaliados". No seré yo quien defienda a Jordi Sànchez de sus amiguetes, pero uno diría que lo que fue un insulto, no sólo a "exiliados, presos y represaliados", sino a dos millones de catalanes que confiaron en ellos, fue engañarlos como a chinos prometiendo lo que sabían imposible. Quédate en la cárcel, Jordi, que es donde estás más seguro, y pasa el recado a Junqueras y a los demás. Por aquí fuera están los ánimos muy caldeados.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.