El Covid tomó la Feria de Abril

Ignacio Vidal-Folch
6 min

Unas llamadas telefónicas confirman mis malos presagios: entre los que participaron en la Feria de Abril de Sevilla ha circulado el Covid con la velocidad del Correcaminos, amigos y conocidos han caído como chinches, como cucarachas. Post festum, pestum: (después de las fiestas, la hediondez). La vida es muy moralista. En consecuencia, son días de fiebres altas, de escalofríos y dolor, y de sueños alterados en los que se aparece fantasmal la rotunda silueta de María del Monte...

Visto lo que fue la feria, no hacía falta tener la presciencia de Nostradamus: no podía acabar bien aquella aglomeración de miles, y docenas de miles de seres humanos apretados como sardinas en lata en la calle Asunción…

La Feria de Abril es una prueba irrefutable del talento del pueblo sevillano, que tiene tal instinto para entender la vida que multiplica las fiestas, doblando casi las vacaciones anuales preceptivas con una semana para la Semana Santa, otra semana para la Romería del Rocío, y otra semana, en fin, para la Feria de Sevilla, semana en que en las oficinas y tajos se sigue trabajando por las mañanas pero de forma como distraída y soñadora, hasta que llega el mediodía. Es la hora de ir casa y vestirse, y de ahí a la feria, a cantar, conversar, dar palmas, bailar e ir manteniendo el espíritu alegre mediante la ingesta sostenida y controlada de rebujito y manzanilla, que es el vino, por cierto, menos resacoso del mundo, el más seco, gracias a unos hongos esenciales en su maduración que absorben todo el azúcar. Tiene la manzanilla una graduación un poco más alta que el vino normal, unos quince grados.

El sevillano, la sevillana, sabe que el secreto del éxito y la diversión de las fiestas consiste en tomárselas totalmente en serio, respetar escrupulosamente sus ritos, asumirlos como propios. Así, los vestidos femeninos, los vestidos de flamenca, que son el elemento vertebral del colorismo de la feria, más que el canto de sevillanas o la manzanilla, los vestidos de faralaes y festones y volantes característicos, variadísimos dentro del patrón tradicional, hacen de las mujeres que los lucen una presencia gentil y una invitación al buen humor. Como los coches de caballos y los jinetes pintureros, son anacronismos que se imponen porque sí.

Ahora bien esos vestidos requieren modista, ratos de pruebas y tomas de decisiones en las que a veces puede participar toda la familia: decisiones sobre cuál es el vestido más adecuado para hoy y cuál el mantón más adecuado para el vestido, y sobre los pendientes y demás abalorios, sobre el peinado y la exacta colocación de la flor en la cabeza, si su instalación debe ser lateral, en el moño o arriba del todo, coronando la obra. Todo esto puede llevar su tiempo pero he visto que en Sevilla, por lo menos en esas fechas, nadie se impacienta y desde luego a nadie se le ocurriría decir que estos son temas de poca importancia.

El llamado alumbraó, como el lector quizá sabe, es el momento inaugural de la feria, cuando, a las doce de la noche, se encienden de repente las 25.000 bombillas de la portada y las calles y casetas del recinto. Allí, esperando en la oscuridad de la calle Asunción, la multitud se apretaba hasta el ahogo, rebosante de ansiedad y expectación. El resto del mundo había dejado de existir, lo único que existía era aquella puerta enorme y oscura de entrada a la feria, y detrás las hileras de las casetas... hasta que se produjo el deslumbrante big bang.

La luz se hizo y fue acogida con un rugido de éxtasis por docenas de miles de gargantas: se confirmaba la repetición del rito, del ciclo, de la feria, la fiesta iba a empezar. Teniendo en cuenta que el coronavirus ha suspendido la celebración durante dos años seguidos, el deseo reprimido de los aficionados era devorador... De ahí aquellas aglomeraciones ingobernables, aquellos atascos tan irrespirables que algunos, viendo que, lejos de irse naturalmente disolviendo, la presión crecía y la multitud se espesaba, se apretaba, se ahogaba, temieron que fuera a producirse una desgracia.

¡Morir aplastado, como los peregrinos musulmanes en una aglomeración en el Puente de la Meca, vaya y pase, sería un final piadoso, con recompensa segura en la Yanna! Pero morir asfixiado y probablemente contagiado de Covid en la entrada de la Feria de Abril, mientras alrededor suenan sevillanas, oé, oé, oé oé oé… hombre, pues no es plan.

En fin, esto ya fue. Como decía, la vida es moralista, y en castigo por apretarnos tanto los unos contra los otros, por haber prescindido de la mascarilla y estar juntos tantas horas, el virus ha hecho su cosecha. Et in Arcadia Ego. Habrá quien lo dé por bien empleado...

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.