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Las cosas, por las buenas

Guillem Bota
24.09.2018
5 min

Hay que ver cómo nos gusta a los catalanes recalcar que hacemos las cosas pacíficamente. Hace unos días, los que se manifestaban recordando los actos de un año atrás ante la Conselleria de Economía --ya saben: destrozar coches de la policía, intimidar a funcionarios hasta el punto de que bastantes tuvieran que salir del edificio a escondidas, etc.--, insistían en el carácter pacífico de aquella movilización. También los miembros del entonces Gobierno, ahora huidos o encarcelados, insisten en que todo lo que llevaron a cabo --referéndum, declaración de independencia, violación de Constitución y Estatut, etc.-- fue por la vía pacífica. ¿Y qué? La no violencia no legitima una causa. Es más, se pueden cometer delitos pacíficamente. Haga usted la prueba, entre en un comercio de su barrio, meta mano a la caja registradora, y si el tendero intenta detenerle, hágase el ofendido, cual miembro del Gobierno catalán de aquel entonces o de un CDR de la actualidad.

--¡Oiga, no me toque, haga el favor! Que yo me estoy llevando su dinero de la manera más pacífica que puedo.

Si el maldito comerciante le amenaza con denunciarle, ríase en su cara, que en Cataluña todo el mundo sabe que nada que se realice sin violencia puede ser considerado delito. Y muy importante, no olvide grabarlo todo con el móvil para, si llega el caso, demostrar al mundo que usted ni es ladrón ni es nada, sino un simple ciudadano que se comporta pacíficamente. Alce las manos, alce las manos bien arriba una vez tenga los billetes a buen recaudo en el bolsillo, y ay de quien intente pararle en su huida o trate de registrar a un hombre de paz como usted.

Los catalanes somos gente de paz, y aquí por las buenas se consigue todo. Si ha salido bien de la jornada, al caer la noche intente colarse en la cama de su vecina, la que vive sola y duerme con la ventana abierta. Con sigilo y sin pedir permiso, por supuesto, no sea que se lo niegue. Si se pone a gritar como una condenada, no pierda la calma y hágala entrar en razón con el inefable argumento de su pacifismo. Y arrímese más. Si la vecina, arisca ella, le araña o le golpea, no pierda ocasión de denunciarlo ante la autoridad competente, Mossos d'Esquadra por supuesto, que esos ya saben de qué va la cosa y entienden a los pacifistas. Si es necesario, exagere un poquito y jure que a pesar de las buenas intenciones que usted llevaba, la vecina le ha roto todos los dedos de la mano, la muy fascista. Que todo lo que usted quiso, y no nos engañemos, a fe que quiso mucho, lo quiso pacíficamente. Si votar no es un delito, menos lo ha de ser amar. Hemos de ver todavía a los miembros de La Manada alegar en su juicio que no hicieron más que seguir las enseñanzas del Gobierno catalán, para el cuál todo es legal si no media violencia.

Ya sé que eso puede sonar extraño, pero así están las cosa en Cataluña. No hace tanto tiempo, un par de años a lo sumo, muchos ciudadanos, y lo que es peor, no pocos representantes públicos, defendían que la voluntad popular está por encima de la ley, axioma que avergonzaría a cualquier estudiante, no ya de derecho sino de ESO. Hasta que la ley les cayó encima, no se dieron cuenta de su error. Ahora unos están aprendiendo de leyes tras las rejas, como El Lute, y los demás cursando un Erasmus por distintos países de Europa. Cualquiera les hace entender a lumbreras como estas que el pacifismo no otorga legitimidad a nada.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.