Copito de Nieve da miedo a los políticos

Guillem Bota
14.03.2022
5 min

A Ada Colau no le gusta Copito de Nieve, y el pobre gorila no tendrá monumento en Barcelona, que se joda. La excusa es que el simio que se convirtió en emblema de Barcelona, es un símbolo colonialista. O sea, que al bebé gorila lo sacan de su selva, lo encierran en el zoo durante cuarenta años, y por si no fuera suficiente, una vez muerto le cuelgan el sambenito de símbolo colonialista.

Digo yo que, más que un símbolo, Copito sería una víctima de aquel colonialismo. Eso es como si el consistorio vetara un monumento a una mujer asesinada por su marido, con la peregrina excusa de que simboliza la violencia machista. O que en Madrid derribaran el monumento a los abogados de Atocha, aduciendo que simboliza el terrorismo de extrema derecha.

Que el equipo de gobierno de Ada Colau lo forman un montón de analfabetos, es cosa sabida. Pero incluso tales paletos deben de ser conscientes de la diferencia entre una víctima y un símbolo. Puestos a encontrar una excusa para denegar a Copito su merecido monumento, podrían haberse estrujado un poco las meninges, evitando así que su jefa Colau hiciera --una vez más-- el más absoluto ridículo. Cada vez son más los barceloneses que creen en el principio de Peter y están convencidos de que Colau tocó techo cuando se disfrazó de presunta superheroína.

Supongo que la verdadera razón de denegarle el homenaje póstumo al gorila blanco fue evitar que el monumento se convirtiera en lugar de peregrinación y culto de los ciudadanos. Los barceloneses, e incluso los catalanes en general, saben perfectamente que un gorila al frente del ayuntamiento o de la Generalitat velaría por sus intereses mucho mejor que los actuales mandatarios. Por ello, el monumento a Copito de Nieve se llenaría al poco tiempo de flores, velas y mensajes escritos, reclamando a los dioses que alguno de los descendientes del gorila, o por lo menos cualquiera de sus congéneres, sean nombrados alcalde y presidente de la Generalitat.

No hay duda de que mucho mejor nos irían a todos las cosas con un gran simio al frente de la ciudad y de la autonomía, y debía hurtarse como fuere a los ciudadanos la posibilidad de tan lógica reclamación. No había otra opción que denegar la construcción del monumento. Si Ada Colau hubiera sido sincera reconociendo ese temor como motivo del veto, yo mismo la habría aplaudido, ya que no ha de ser fácil sentirse inferior a un gorila. En lugar de eso, ha optado por vincular a Copito con el colonialismo, dando la razón a quienes piensan que este era bastante más inteligente que ella.

Copito tenía por costumbre saludar a los mirones que se agolpaban frente a su jaula de cristal, lanzándoles sus excrementos. Ello ya era un indicador de sus dotes para la política local y autonómica, donde todo es una inmensa mierda desde hace unos años. Si el monumento nonato hubiera inmortalizado al gorila albino en el instante de lanzar un mojón a los ciudadanos, su semejanza con los políticos catalanes hubiera sido total. O sea que el problema del monumento a Copito de Nieve no es que simbolizara el colonialismo, eso es mentira, sino que simbolizaría demasiado fielmente a los políticos catalanes, Ada Colau incluida.

Es una suerte que Copito de Nieve tuviera más sentido del humor que muchos humanos, y mucha más inteligencia en su culo pelado que en todas las cabezas sumadas del consistorio barcelonés, de forma que debe estar partiéndose de risa, allá por el cielo de los primates.

--Mira King Kong, en mi ciudad son todavía más cretinos que en la tuya.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Botap

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla.