Vaquer: "En Cataluña ha habido una suspensión voluntaria de las capacidades críticas"

El director regional para Europa de la Open Society asegura que decir que España es Turquía "es absurdo" y también decir que el independentismo es fascista

Jordi Vaquer, director de la Open Society Foundations para Europa / CG
01.07.2018 00:00 h.
13 min

Jordi Vaquer huye de las afirmaciones contundentes. No se trata de dudar de todo, sino de buscar un difícil equilibrio, con una obsesión por la racionalidad. Director regional para Europa de la Open Society Foundations y codirector de la Open Society Initiative for Europe, la fundación de George Soros​, Vaquer tiene claros los datos que explican mejor cómo se ha apoyado al independentismo en Cataluña, como sostiene en una entrevista con Crónica Global. Y lamenta que, tanto en un lado como en otro, “haya habido una suspensión voluntaria de las capacidades críticas". Tiene también un mensaje para los que critican con dureza a los países del este de Europa y señala que la distancia se explica por “el desencanto con la transformación política y económica, con la no convergencia con los estándares de vida. Los salarios no guardan correspondencia con el aumento de la productividad que han experimentado esos países, y los trabajadores lo notan”.

--Pregunta: Cuando el independentismo dice que España es Turquía, ¿a qué nos lleva?

--Respuesta: Decir que España es Turquía es absurdo, y decir que el independentismo es un movimiento fascista supremacista que adoctrina, que TV3 tiene abducido a un país entero, que en Cataluña se vive en estado de excepción, también lo es. Afirmar que los medios lo condicionan todo en Cataluña, o que en España no se puede decir nada crítico, que todo está manipulado, alentar la escalada retórica, ni es cierto, ni lleva a ninguna parte. Para mí muchas de las críticas al constitucionalismo desde el independentismo, como de éste al constitucionalismo, tienen una base muy sustancial y razonable. Pero la lástima es que no se las aplican a ellos mismos, en las dos direcciones. Y responder con el discurso de que el nacionalismo sólo te molesta si no es el tuyo, no me parece válido. A mucha gente nos molesta tanto el nacionalismo de unos como el de los otros. Se ha empobrecido todo el discurso público. Lo que ha pasado, y es lo que más me preocupa, es que tantas personas hayan renunciado a la capacidad crítica. Ha habido una suspensión voluntaria de las capacidades críticas hacia el bando propio. Lo he visto en mucha gente, de mi entorno, tanto antiindependentistas como  independentistas. Me gustaría haber oído, y seguir oyendo mucho más, el ‘así, no’.

--¿Hay diferencias entre Cataluña y el resto de España?

Hay diferencias socio-económicas, y de relato político, que ya existían antes. Pero la diferencia es que en Cataluña han surgido desde 2010 relatos que funcionan muy bien. Y, en contra de lo que a veces se afirma en Madrid, no son relatos que se los inventara Artur Mas. Los objetivos y buena parte de la estrategia se gestaron desde una parte de la sociedad civil, que sumó luego a Convergència y Esquerra, que son tan agentes como prisioneras de la situación. Después esos relatos los adoptaron partidos e instituciones, pero no son artificiales y exógenos a la sociedad como muchos fuera de Cataluña ha querido ver . El sentimiento independentista no es tampoco producto de las escuelas, como se insiste a veces, porque, entonces, no se entendería por qué el independentismo es apoyado por tanta gente mayor, que fue educada en castellano, en la escuela franquista e inmediatamente posfranquista.

--¿Qué relatos?

--El relato económico, con base objetiva, es uno de ellos. El argumentario del ‘España nos roba’ no resiste a un análisis serio, pero sí es cierto que hay intereses económicos distintos y divergentes, porque la estructura económica es distinta. Existe el relato identitario, que tiene que ver con la lengua, pero también con otras características, por ejemplo un  tejido asociativo más denso, una comunidad política a la que se atribuye cierta continuidad histórica desde la Edad Media, un ‘demos’ diferente. Por último, está la narrativa del derecho a la autodeterminación. Incluso personas contrarias  a la independencia han abrazado esa causa, el llamado derecho a decidir, y ha habido un vivo debate, sobre la democracia y la posibilidad de votar, y por otro lado sobre el respeto a las minorías y a las garantías procesales. Y claro que parte de la democracia es votar, como ha afirmado el lado independentista, y la democracia requiere cumplir la ley democrática, como insistió el Gobierno Central, pero también es evidente que la democracia no es sólo votar, y tampoco es sólo cumplir la ley.

--¿Cómo ha actuado George Soros, acusado por algunos sectores de favorecer el independentismo?

--Soros no se ha pronunciado públicamente sobre la independencia de Cataluña. Tampoco es este un tema en el que hayamos invertido, ni a favor ni en contra, desde Open Society Foundations. Se han lanzado acusaciones a veces por desconocimiento, a veces por intereses propios, o siguiendo teorías de la conspiración. Las raíces de lo que ha ocurrido con el procés hay que encontrarlas en Cataluña y en el resto de España, no en otros actores externos. Cualquier otra cosa es autoengañarse. Hay una muy minoritaria corriente de la ultraderecha española que ha querido señalar una conexión del procés independentista con Soros, y con nuestra presencia en Barcelona, hace ya seis años. Son acusaciones sin fundamento.

--Una de las cuestiones centrales de Open Society es su relación con los países del Este, la preocupación por su democratización. ¿Cómo se explica esa distancia que se ha creado con la Unión Europea, ese rechazo que se siente hacia Europa, pese a haber recibido muchas ayudas, en casos como el de Polonia o Hungría?

--Esta evolución, o tal vez involución política del este de Europa está relacionada con tres factores. El primero es el desencanto con la transformación política y económica, con la no convergencia con los estándares de vida. Los salarios no guardan correspondencia con el aumento de la productividad que han experimentado esos países, y los trabajadores lo notan. El valor añadido que se crea lo capturan los países centrales exportadores, como Suecia, Alemania o Italia, con grandes superávits comerciales que, en parte, logran con el valor añadido de sus subcontratas en países como Rumanía, Hungría, o Polonia. Eso es esencial. Se añade la transformación demográfica, con un envejecimiento y una alta emigración. Los casos más visibles son los de Bulgaria y los países bálticos, que han perdido y pierden población a un ritmo alarmante. El rápido declive demográfico es desolador, y acentúa la sensación de fracaso. Y todo eso se ha asociado a las políticas de la Unión Europea. Una cuestión importante es que los indicadores económicos agregados llevan a engaño. Las capitales capturan la riqueza de esos países, y el resto no se beneficia tanto. Tenemos, por ejemplo, el caso de las provincias que rodean Varsovia, Bratislava o Praga, que en renta per cápita ajustada al coste de la vida son más ricas que Viena, con la región de Budapest casi al mismo nivel, cuando todos esos países son mucho más pobres que Austria. Otro ejemplo es Bucarest. Como región metropolitana, tiene una riqueza per cápita (ajustada al poder de compra) más alta que Madrid o Roma, cuando Rumanía es mucho más pobre que España o Italia. Un segundo vector se encuentra en los proyectos políticos que saben aprovechar ese descontento, desde la derecha ideológica identitaria. Aprovechan la angustia existencial, y contribuyen a generar un clima de alarma social ante la inmigración, cuando su realidad demográfica incontestable y masiva es la emigración de sus ciudadanos nacionales. El tercer elemento es la construcción de unos estados mafiosos, que están en manos de intereses privados, y que rechazan la fiscalización de la Unión Europea. Hay elites oportunistas que se están adueñando de partes importantes de la economía, tanto en el sector público como en el privado. La involución democrática y la reacción anti-liberal no se entienden sin ese fracaso de la transición a la democracia, sin el mal trato económico, sin el éxito de las ideologías reaccionarias, y sin la acción deliberada de esas elites depredadoras, empeñadas en abusar del poder para beneficio propio. 

--¿Qué responsabilidad tienen países como Alemania, que sigue manteniendo un enorme superávit comercial?

--La política económica de la UE, en la que Alemania juega un papel primordial, es muy problemática y genera una dinámica perversa. El Este y, también cada vez más el Sur, de Europa  ven que el valor añadido que generan no se traduce en mejores sueldos. Los capitales acumulados no se quedan ni se reinvierten, se van hacia Londres o Alemania, o a paraísos fiscales. También se marchan las personas, en general las más formadas, a menudo  mujeres jóvenes, mientras se quedan los hombres, de más edad, y con menos estudios. Hay una hemorragia de valor añadido, de  capital financiero y de personas - capital humano, si se quiere -  de la periferia hacia los centros económicos de la UE.  ¿Es esta situación el resultado deliberado de un nuevo imperialismo alemán, de carácter nocivo? No lo creo, pero es en cualquier caso una situación devastadora de la que no se habla lo suficiente. La UE está obsesionada con la inmigración, en particular la extra-comunitaria, que es numéricamente una realidad pequeña. En muchas partes de Europa mueren pueblos e incluso ciudades, regiones enteras por despoblación, y emigración, con un envejecimiento  asociado.

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