El contrato social y Colau

Ricardo Gómez de Olarte
6 min

Rousseau publicó El Contrato social en 1762 y está considerado como uno de los antecedentes de la Revolución Francesa. El título original es El contrato social: o los principios del derecho político. En la última parte comienza hablando de la bondad y rectitud de los hombres sencillos. Estos necesitan pocas leyes. Rousseau se siente emocionado “cuando se ve en la nación más feliz del mundo a grupos de campesinos resolver los asuntos del Estado bajo una encina y conducirse siempre con acierto”. Un poco ingenuo, aunque se considera la base de las relaciones legales entre el ciudadano y la administración.

En definitiva, citando a Wikipedia, para vivir en sociedad, los seres humanos acuerdan un contrato social implícito que les otorga ciertos derechos a cambio de abandonar la libertad de la que dispondría en estado de naturaleza. Siendo así, los derechos y los deberes de los individuos constituyen las cláusulas del contrato social, en tanto que el Estado es la entidad creada para hacer cumplir el contrato. Del mismo modo, los seres humanos pueden cambiar los términos del contrato si así lo desean; los derechos y los deberes no son inmutables o naturales. Por otro lado, un mayor número de derechos implica mayores deberes, y menos derechos, menos deberes.

Rousseau defendía la dictadura como único sistema válido para prevenir y solucionar los tiempos de crisis de la república. Denostaba la administración estatal y tachaba de corrupción del Estado la aparición de representantes del pueblo. Era más pobre que las ratas y para no dar mala vida a sus hijos, sencillamente los abandonó en una casa de acogida. Con un par. Digo yo que podía haberse abstenido de traerlos al mundo. Voltaire lo criticó precisamente por ese motivo y el odio mutuo duró a lo largo de sus vidas. Se moría de hambre hasta que Diderot le hizo ganar mucho dinero contratándolo para su Enciclopedia. Venía a ser una especie de ácrata revolucionario de salón hasta que tocó parné. ¿Les suena?

Colau, que pretende acabar con el uso del automóvil, sigue cobrando el Impuesto de Circulación y ofreciendo una circulación pésima en Barcelona. Si quiere  fomentar el desuso de los automóviles, podría favorecer una rebaja en otras tasas e impuestos municipales a quien acredite no poseer coche. Por no hablar del incremento exponencial de los nuevos “funcionarios municipales” dedicados a aligerar el peso de las carteras de los usuarios del Metro barcelonés. Yo mismo los veo cada mañana salir de la boca de la parada delante de mi despacho profesional y compruebo como se reparten el botín diario. Menudean los comentarios de las víctimas en las que solo denuncian cuando ha desaparecido la documentación y callan si únicamente se trata de dinero: "Total, ¿para qué? Si no sirve de nada". La sangría de efectivos de la Urbana barcelonesa viene siendo denunciada por los diferentes sindicatos policiales sin nadie que los escuche.

Lo anterior no solo perjudica a la seguridad de los barceloneses y usuarios de la ciudad, sino que también se refleja en hechos que se vienen produciendo con frecuencia e impunidad: obras de particulares en solares o en viviendas durante el fin de semana; juergas en pisos sin que intervenga nadie hasta las tantas de la madrugada; disturbios callejeros que podrían haber sido evitados con una mayor eficacia de la Urbana o de su desaparecida Unidad Antidisturbios disuelta por Colau; rocas ciclópeas o vallas instaladas por la propia alcaldesa destrozando el uso de los chaflanes; choros que campan a sus anchas; descomunales atascos cotidianos provocados por los bolardos para carriles bici que apenas se usan; bicis y patinetes que no usan sus propios carriles porque les es más divertido usar la aceras o las calzadas según les convenga; restauradores que van cerrando unos detrás de otros; ciudadanos que huyen de Barcelona a las afueras, y otras cosas más.

El Rousseau adorado por Colau está siendo traicionado por ella misma subvirtiendo los deberes legales que le obligan en la gobernanza municipal y exigiendo a los ciudadanos que no dejemos de cumplir con nuestras obligaciones. Colau ha roto el contrato social que pedía. Como muy pocos pueden huir como hizo el cobarde de Valls al coronar a Colau, ya es hora de que los ciudadanos de Barcelona exijamos contundentemente nuestros derechos.

Recuerden al propio Jean Jacques: “Un mayor número de derechos implica mayores deberes, y menos derechos, menos deberes”.

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¿Quién es... Ricardo Gómez de Olarte?
Ricardo Gómez de Olarte

Abogado especializado en delitos económicos y en Derecho mercantil. Responsable de las areas penal y civil/mercantil en CDM Consultores y ejerciendo la abogacía desde 1989.