En el Congreso, como en la Generalitat

Guillem Bota
06.12.2021
5 min

Parece ser que en Madrid han visto que eso ideado recientemente en Cataluña de responder solamente las preguntas que hagan los periodistas amigos, es un buen invento, así que han decidido mejorarlo. Si en el Govern catalán se echa sin miramientos y se le retira la acreditación al periodista que realiza preguntas que no acaban de gustar, en el Congreso español deciden hacer lo mismo, aunque con apariencia de legalidad. En Madrid las cosas se hacen bien, que aprendan esos advenedizos de los catalanes: se reúnen un montón de partidos independentistas más otros de presunta izquierda --y digo presunta porque todavía me resisto a admitir que a eso haya llegado la izquierda-- y firman un documento para que se les conceda el poder de no responder a los periodistas que no les interesan, retirándoles asimismo la acreditación. No cabe duda de que es una forma de hacer las cosas distinta a la catalana, aunque sea para empeorarla: por lo menos en Cataluña podemos criticar al Govern por llevar a cabo prácticas mafiosas callando a periodistas molestos, pero en el Parlamento español han sido un montón de partidos los que se han puesto mafiosillos. Y además por escrito, lo que viene a ser como si la banda de Lucky Luciano hacía constar en acta sus intenciones, antes de montarse en los coches para ir a liquidar a la banda rival. Sin duda es un modo educado de actuar, pero sobre todo es cínico.

En Madrid, claro está, los políticos no se ensucian las manos como en Cataluña, donde ya están tan acostumbrados a llevarlas guarras que no les importa un poco más, aquí si se ha de echar a un periodista, se hace sin miramientos y por las bravas. Así que allí, en el Congreso, han sido los jefes de prensa de no sé cuántos partidos los que se han propuesto silenciar a periodistas acreditados. Se conoce que algunos periodistas, hay que ver qué malos son, “faltan al respeto” (sic). Y no sólo eso, sino que en algunos casos rozan ya el terrorismo, puesto que “generan tensión” (sic). Eso en Cataluña lo soluciona el gobierno no permitiendo que el señalado participe nunca más en una rueda de prensa, qué se ha creído. Madrid, en cambio, es ciudad de funcionarios, así que esas cosas se hacen de otra manera, siguiendo el procedimiento establecido por siglos de burocracia: se eleva una queja, se firma, ponen todos cara de ofendidos, y quien tenga que actuar, que actúe. Al final, se trata en ambos casos de callar al díscolo, pero hasta para eso se requiere un poco de clase.

La Generalitat de Cataluña y el Congreso de España han tardado años, pero se han puesto las pilas. Hay que impedir que se falte al respeto a los representantes públicos. O eso, o se les sube el sueldo a dichos representantes, ya que sus actuales emolumentos no incluyen el deber de responder a quien no quieren responder, ni mucho menos aquello que no quieren responder. Los jefes de prensa están para eso, para procurar que sus jefes no contesten nada que les incomode, ni mucho menos que les “cree tensión”, eso debe ser horrible, bastante tienen con llegar a fin de mes. Otra cosa sería si se les recompensara con un plus por atender a todos los periodistas sin excepción, eso sería negociable. De igual forma que cobran dietas y desplazamientos aunque se traigan la fiambrera de casa y vivan en Madrid, bien está que se les otorgue un plus de peligrosidad por aguantar a periodistas que no les rinden pleitesía, aunque entre sus deberes esté precisamente el de responder a la prensa, a toda. Todo es negociable, untándoles un poco, seguro que se avienen a contestar a quien sea y a permitir que alguien les “cree tensión”. Raro es que en Cataluña no hayan dado todavía con esa solución, con lo que les gusta el dinero.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Botap

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla.