La conciliación laboral de Esther Andreu

Guillem Bota
09.05.2022
5 min

Si hay que colocar al niño, se le coloca, que por algo la mamá tiene un cargo en la empresa y es el ojito derecho de la patrona. La empresa, naturalmente, es el Parlament, que en eso se ha convertido lo que debía ser representación de los catalanes, la patrona es Laura Borràs, que, como tal, hace allí lo que le da la gana, y la mamá es Esther Andreu, secretaria general de la Cámara, que no advirtió a nadie de que Jan Forner, el nuevo ujier, es su hijo.

"No lo consideré pertinente", razonó la mamá. Y no le faltaba razón, porque en el Parlament, es solo pertinente lo que estimen pertinente los que allí mandan. Si toda una secretaria general no considera pertinente comentar que el muchacho que opta al puesto salió de sus entrañas, pues no es pertinente y punto. Probablemente si el chico no hubiera conseguido la plaza, entonces sí, Esther Andreu habría alzado la voz: oigan, que mi hijo es el mejor ujier del mundo, hagan ustedes el favor de darle la plaza. Ahí hubiera sido pertinente.

Es bueno que el Parlament, ya que no sirve para otra cosa, sirva por lo menos para que los niños no anden por la calle. Esther Andreu lleva una vida muy atareada, y mientras hace como que trabaja en la Cámara representativa, no puede controlar a su hijo, a saber con quién andará. Los chicos, ya se sabe, necesitan una madre que les ate en corto, no sea que se desmanden, que las malas amistades, ya se sabe. Lo mejor para que Esther Andreu trabaje sin tener la mente ausente es que su hijo también entre a trabajar en el Parlament. Con el niño ahí, al alcance de la vista, la buena mujer dejará de preocuparse por si Jan come bien o por si ha ido esta semana al peluquero, y podrá dedicarse a ejercer de secretaria general, sea eso lo que sea.

Al fin y al cabo, de eso trata la conciliación laboral, y si se ha dado el caso de diputadas que han acudido a una sesión con su hijo en brazos --incluso dándole el pecho--, bueno es que Esther Andreu haga lo mismo, no me refiero a darle el pecho sino a ir al curro con su retoño. Y a estar pendiente de él, que una cosa no quita la otra, y una madre puede revisar unos papeles y a la vez mojar con la lengua la punta de un pañuelo para limpiarle a Jan el café de la comisura de los labios, ven aquí, guapo, que hay que ver lo desaliñado que eres, suerte que mamá está aquí, ay, qué harías sin mí. ¿Que pretendía esta gente que la critica? ¿Que el chico se pasara el día en casa jugando a la Play? Seguro que quienes la ponen de vuelta y media no quieren a sus hijos como ella quiere a Jan. Y si encima el chaval se saca un sueldo, miel sobre hojuelas, a ver si así se independiza, que ya va teniendo edad.

Se ha sacado de quicio lo que no es más que el lógico interés de una madre en tener a su niño controlado, que mi hijo es muy guapo y ahí afuera hay mucha pelandusca que me lo iba a descarriar. En el Parlament, a la vera de su mamá, Jan Forner se hará un hombre de provecho y, quién sabe, quizás un día logre ahí trabajo fijo. Menudo orgullo para la familia.

Antes, las madres aspiraban a que sus hijos entraran a trabajar en una sucursal de La Caixa, como forma de tener un empleo para toda la vida. Las cosas han cambiado, hoy trabajar en La Caixa ya ni es fijo ni es nada, cualquier día eliminan la mitad de las oficinas y el chaval se queda en la calle. No, ahora el trabajo seguro es en la administración pública, aunque sea para llevar un vaso de agua a un diputado con la boca seca, como va a ser el caso de Jan. De momento, como interino, pero tú no te preocupes, guapo, que a poco que mamá pueda, sacamos tu plaza a oposición y de aquí no te mueve ni Dios.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Botap

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla.