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¿Cómo pasar del 48% al 51% de independentistas?

Manuel Peña Díaz

por Manuel Peña

22.01.2016
5 min

"¿Tenemos fuerza para proclamar la independencia de Cataluña con esta composición parlamentaria? No aún". Son palabras de Carles Puigdemont. Cuando un presidente de la Generalitat admite esta evidencia puede estar haciendo suya la conocida máxima maquiavélica: el fin justifica los medios.

Se preguntará acaso: ¿Cómo aumentar electoralmente un 3% el apoyo al procés para alcanzar el ansiado 51%? Caben muchas maneras de hacerlo, es cierto. No queda nada, o muy poco, por descubrir. Los métodos son los mismos que los empleados para lograr el histórico y tembloroso gatillazo del 48%. Pero quizás haya un cambio: que los políticos nacionalcatalanistas y sus intelectuales orgánicos estén ya convencidos de que sólo con poner el énfasis en uno de ellos culminarán la soñada cima del monte.

Rebobinemos. Hubo un tiempo en que el régimen pujolista se afanó por convencer. Con ese fin utilizó todo tipo de 'razones' históricas --de pueblo oprimido, decían-- para afianzar o hacer cambiar de opinión respecto a España a muchos catalanes de rancio abolengo, de nacimiento o de tentación conversa. No se descubre nada a estas alturas. Todos sabemos cómo el movimiento nacional puso a su servicio el sistema educativo y los medios de comunicación. De su éxito nadie puede dudar, y, si no, que levante la mano quien no se haya creído a ulls clucs que el catalán es la lengua pròpia de Catalunya que, per descomptat, es una nació.

A fines de los ochenta del siglo XX ya era un topos entre los hablantes castellanos que para vivir y trabajar en Cataluña no había sólo que dominar la lengua propia, había que pensar y soñar en ella, a ser posible hasta en la intimidad

Pero convencer no fue suficiente. De esa fase se pasó a la persuasión, se movió con razones a varios millones de catalanes para creer o para votar en clave nacionalista. A fines de los ochenta del siglo XX ya era un topos entre los hablantes castellanos que para vivir y trabajar en Cataluña no había sólo que dominar la lengua propia. La cosa fue a mayores, había que pensar y soñar en ella, a ser posible hasta en la intimidad. Y si los 'otros' catalanes --los llegados en los sesenta y setenta-- no lo podían conseguir, que se lo transmitiesen a sus hijos como un dogma nacional de supervivencia. No era tan sólo un tema lingüístico, era un asunto de categoría sociocultural y política. Se esgrimía como un mantra la ilusión de que sus hijos dejasen de ser ciudadanos de segunda.

Pero persuadir fue insuficiente y se pasó a la coerción. En esta nueva etapa se presionó todo lo que se pudo y más, todo lo que la desinhibición que un ebrio de nacionalismo se puede permitir cuando el poder le ampara, protege y subvenciona. Las exigencias 'razonadas' llevaron a muchos ciudadanos a tener que elegir entre todo o nada, o amb nosaltres o contra Catalunya, o trabajo o paro, o incluido o excluido, o nos votas o te abstienes, o te quedas o te vas...

En una comunidad en la que el dogma es la principal razón de la coexistencia, se teme mucho a la excomunión. Hace mucho frío fuera del régimen, seas profesor, médico, enfermero, sepulturero, abogado, camarero, periodista, sacristán, peluquero, sindicalista, y así hasta el infinito y más allá.

Y, después de 35 años de convicción, persuasión y coerción, ¿el movimiento nacional (procés) sólo ha alcanzado el 48% de apoyo electoral? ¿Qué queda por hacer aún en 18 meses? Veamos: aplicados ya los tres métodos anteriores, los poderosos 'Unos' sólo necesitan hacer pública y notoria la coacción, tendrían que forzar de manera violenta para que, al menos un 3% de los 'otros' se vea obligado a decir y a votar que sí. Y por supuesto, ya lo dijo Puigdemont, "si lo hacemos bien, no habrá ninguna inseguridad jurídica". Como hasta ahora, y como ya soñó Pujol en 1980: convicción, persuasión, coerción y coacción. Y todo en democracia, al igual que la televisión pública, la nostra.

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