Cómo está el servicio

Guillem Bota
17.06.2019
5 min

Les doy mi palabra de que no miento, que lo que relato a continuación lo vieron y escucharon esos ojitos y esas orejitas que han de comerse los gusanos. Estaba visitando hace unos días una galería de arte en la parte alta de la ciudad y tenía a mi vera a tres señoras, catalanas de las de verdad, de varias generaciones, que eso se nota en la mirada y los andares, altiva aquella, seguros éstos. Ya talluditas, clase alta y, por supuesto, lacito amarillo en la solapa. Agucé el oído, no fuera que encima entendieran de arte y me dieran una pista sobre lo allí expuesto, un montón de objetos que yo intentaba desde hacía rato averiguar si se trataba de un grupo de esculturas, de una muestra de acuarelas o de las herramientas que habían olvidado ahí los obreros que preparaban la sala antes de la inauguración. Pues no. Hablaban de sus chachas. Porque las señoras catalanas tienen chacha, que una cosa es vivir oprimidos y la otra es tener que pasar el mocho en casa.

-"Lo que es indignante, es que estas chicas no aprovechen las tardes libres para ir a clases de catalán. ¿Así como van jamás a integrarse?"- se lamentaba una (en catalán, en el original).

Las otras dos asentían y opinaban lo mismo, porque al parecer sus chachas eran igual de ingratas con Cataluña, un país que no sólo las ha acogido, sino que les permite repasar el inodoro, limpiar los cristales, recoger la caca del perro y, cuando se portan bien, comer las sobras de lo que han cenado los señores. Y las muy... no me obliguen a escribir palabrotas, lo pagan saliendo a divertirse en sus ratos libres en lugar de sacarse el nivel C de catalán. No porque lo necesiten, a ver, que las señoras catalanas son bien capaces de pasarse al castellano para comunicarse con subalternos y personal del servicio, pero ¿y lo bien que queda ante las visitas una sudamericana que diga "tingui, senyora, aquest és de sobrassada" mientras sirve los canapés?

Pues no, en lugar de esforzarse en aprender la lengua de los señores, dedican sus tardes libres a estar con la familia, o a descansar, o a ir al cine, quien sabe si a bailar, que eso sí que les gusta, uy si vieras cómo mueve el culo la mía cuando escucha la radio y cree que no la veo. Así no hay quien prospere, y no me refiero a las chachas, que bien sabe Dios que no van a prosperar jamás sirviendo en casas de la burguesía catalana, sino a las señoras, que tener una criada que habla la lengua de Verdaguer abre muchas puertas. Hasta hace poco, para impresionar a las amigas de la partida de bridge era suficiente con tener un caniche que supiera dar la patita, pero eso ya está al alcance de cualquiera desde que hasta en la tele echan programas de adiestramiento canino. En cambio, mientras no los hagan de adiestramiento del servicio, una criada recitando La vaca cega, sí que es un puntazo. La envidia de todas las amistades.

No es un problema nuevo. Ya las madres de las actuales señoras catalanas tuvieron que lidiar con criadas llegadas de toda España que también se negaban en redondo a aprender el catalán. Pero tenían por lo menos la excusa de que por aquel entonces no había tantos lugares donde estudiarlo. No como las de ahora, que les ponemos todas las facilidades del mundo para que lo aprendan, y siguen erre que erre con su castellano materno. No me extraña la indignación de las señoras catalanas: una empieza negándose a aprender la lengua de los amos y acaba creyéndose con derecho a ser dada de alta en la seguridad social.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.

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