Como cuando éramos niños

Ignacio Vidal-Folch
7 min

Este fin de semana he leído El naufragio, uno de los muchos libros de cronología del “prusés”, que conforman una nutrida biblioteca del aburrimiento, de un aburrimiento relativamente interesante.

Lo he leído esperando revelaciones que apenas he encontrado, aunque sí hay en sus páginas un ordenado desarrollo de los acontecimientos entre 2012 y 2017, cinco años convulsos, y también por consideración a la autora, que es un alto cargo en la redacción de La Vanguardia a la que suelo leer porque expone los hechos sin recurrir a adjetivos calificativos: esa voluntad notarial sin decantación que caracteriza sus artículos seguro que mantiene abiertos para ella muchos teléfonos y caudalosas fuentes de información, y es valiosa para los lectores. Una buena periodista.

Esta lectura de fin de semana ha tenido efectos emocionantes al hacerme recordar episodios que había olvidado, debidamente contextualizados. Como se dice a veces en estas circunstancias, he visto, he vuelto a ver, pasar en seis horas cinco años. Me ha emocionado particularmente la página en que se refiere el discurso del rey, Felipe VI --escribí aquí un artículo sobre el tema-- y los efectos que tuvo; la lectura me ha hecho concienciarme de que toda esta historia tartarinesca y bufa --¡los burgueses oprimidos y rebeldes!-- también es trágica, porque acaba mal para algunos de los implicados, que como ya alguna vez he expuesto aquí no nacieron para ir a la cárcel sino para mandar, ser libres y gozar moderadamente del país; pero Tartarín no regresa a su casa en Tarascón, sino que va a la cárcel.

Y también me ha emocionado un poco la deriva de Artur Mas desde las metáforas navegantes --tan facilonas que a un hombre tan bien educado hubieran debido avergonzarle-- hasta el naufragio; y las agudas salidas de tono de Carme Forcadell exigiéndole que “pusiera las urnas”, contradictorias con su vano intento, días después, de resistirse, advertida por su abogado, de que podía acabar donde ha acabado, a las presiones de Puchi: “¡Esto no lo puedo hacer, presidente!”

Y las horas de los golpistas en un salón suntuoso decorado por Tàpies que de repente toma una irrealidad ominosa, cuando los conjurados esperan sentados, con el estómago encogido, las consecuencias de un golpe que algunos de ellos, en el fondo, muy en el fondo, no querían dar... Son especialmente interesantes las escenas en el palacio de la Generalitat esperando el castigo: ¡Como cuando éramos niños y cogimos el bote de los dulces prohibido, e iba a llegar mamá! Me identifico, simpatizo. Pero ya no somos niños, ya estamos todos en la madurez...

Todas estas barrabasadas... en realidad no son la segunda Guerra Mundial ni La Depuración 1943-1953 de Lottman, y no tendrían para nosotros mayor importancia si no fuera porque se nos ha obligado a que tomemos en consideración esos gestos y dichos y salidas de tono como cosas importantes, esa habilidad para convertir en trascendentes los llantos de Rovira, los tuits de un rufián, la determinación ciega de Puchi, la calculada circunspección de Junqueras en los cónclaves conspirativos, que a la vista de lo que pasó luego parece que no estaba tan bien calculada (pero quién sabe, la historia no ha terminado). Y un teléfono que suena y que nadie quiere descolgar.

El teléfono me lo he inventado para darle un poco de nervio al asunto. No sonó el teléfono.

En resumen: ¿recomendaría este libro a un forastero o a un marcianito que quisiera enterarse de qué iba el prusés? Pues no, no se lo recomendaría. Como he dicho, el texto es ordenado, es distante y fija los acontecimientos relevantes con discretas pinceladas de factor humano. Para mí es interesante y valioso como aide-mémoire, pero es que yo ya entiendo sobradamente bien el prusés, así que relleno los huecos. A un observador exterior me parece que se le escamotea un elemento fundamental, que es la permanente operación de agit-prop, decisiva para movilizar a las distintas capas sociales.

Sobre este tema capital la autora pasa un poco de puntillas, lo cual a fin de cuentas no es extraño, pues en lo relativo a agit-prop, además de los órganos públicos de desinformación, fueron decisivos los medios privados de conformación de masas financiados por el poder, entre ellos destacadamente el periódico donde ella trabaja. Así que no es extraño que pase de puntillas sobre la creación periodística y bienpagá de un clima insurreccional, en fin, años de clamor e indignación por las placas de los coches, de sentencias del Estatut y de editoriales filisteas sobre la dignidad afrentada de Cataluña y el derecho a decidir. (Cuando te hablen de dignidad, echa la mano a la cartera: hay tendencia a sisarla).

La agit-prop fue decisiva para arrastrar a la fea burguesía catalana hacia el independentismo, y la verdad, no la encuentro reflejada en El naufragio, ni veo que en general se hable mucho de ello, quizá por sensación de bochorno colectivo. Esto fue así, y quienes lo vivimos lo sabemos. Igual que sabemos que en una sociedad dada, cuando se entienden la burguesía y lo que Sarkozy llamaba la racaille, la chusma --cuando Artur Mas se abraza con el cupero aquel de las sandalias, Fernández creo que se llamaba-- el cóctel es Molotov, el cóctel es explosivo.

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.

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