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Los comandos de la república catalana

Guillem Bota
11.11.2019
5 min

Se han hecho públicas las declaraciones de los CDR detenidos por la Guardia Civil, y créanme que la cosa es para echarse a llorar. Unos de risa y otros de pena, según si uno esperase o no que la liberación del pueblo llegara de la mano de esta tropa, pero a llorar todos. El experto en informática del comando, el pobre, asegura en el interrogatorio que se metió en el fregado por dinero, porque había terminado la campaña de la recogida de la almendra, allá por el campo de Tarragona, y no tenía ni para comer. Así que le propusieron entrar a formar parte de un comando y claro, a bodas nos convidan, a ver quien se niega, que triste es de meterse a terrorista pero más triste es de pedir. Que sí, que es cierto que se jactaba ante su chica de formar parte de un grupo peligroso, que le susurraba al oído que si lo pillaban se iba de cabeza a la cárcel, pero era para dárselas de malote, a ver quien es el guapo que no se ha echado pisto alguna vez, para intentar mojar. Hay quien se da de alta en Tinder y hay quien se pone un pasamontañas y se echa al monte, aunque que sea un monte metafórico. Distintas estrategias de ligue.

El experto en explosivos no le anda a la zaga al informático. Se confesó autodidacta, y ante la extrañeza de quien lo interrogaba, aclaró que su conocimiento del tema lo había adquirido en tutoriales en internet. Tal como suena. Tutoriales en Internet, que hoy en día los hay de todo tipo, añadió el menda. Experto en explosivos del comando CDR y autodidacta adiestrado en tutoriales de Internet, atiendan, que así se ganan las guerras hoy en día. Por si a estas alturas quedaba alguna duda sobre la edad mental del supuesto experto artificiero, empezó después a explayarse sobre el Proyecto Manhattan (Estados Unidos, años 40, como quien dice, a la vuelta de la esquina), hasta el punto que quien dirigía el interrogatorio tuvo que pedirle que se centrara un poquito y que volviera a los tutoriales que tan buen rato les estaban haciendo pasar hasta entonces.

El presupuesto total de la acción, que no era otra que encerrarse unos días en el Parlamento catalán acompañados del presidente Quim Torra, se cifraba de 6.000 euros, una fortuna para el experto informático curtido en los campos de avellanas y amante con ínfulas, pero una cifra más bien modesta para ir por el mundo. Hoy en día todo se mide por dinero, y si la intención es situar el conflicto catalán en el mapamundi, esas no son formas. Lo primero que pregunta cualquier gobierno extranjero, y por supuesto cualquier medio de comunicación internacional serio, ante la toma de un Parlamento, es cuánto ha costado, y sólo después se interesan por si ha habido víctimas. Más tarde, quizás quieran saber cual era el motivo. Una toma de Parlamento con 6.000 euros en el bolsillo es una miseria, aunque hubiera triunfado --y es dudoso, con expertos procedentes de la avellana y de tutoriales-- todo habría quedado en casa, o sea en TV3. Seis mil euros, por Dios. Aquí pudo más el proverbial espíritu ahorrador catalán, que una auténtica estratega de comunicación. Así no vamos a ninguna parte. Si por lo menos echaran la culpa del ridículo presupuesto a que Madrid nos roba. Pero ni eso se les ocurre.

Entre unas cosas y otras, no es extraño que el independentismo se esfuerce en descalificar las declaraciones de los detenidos, acusando a la Guardia Civil de manipularlas, incluso de haber drogado antes a los declarantes. No lo hacen por la suerte que puedan correr los alegres muchachos del CDR, que a nadie importan ya. Lo hacen porque esos tipos están dejando a los catalanes como gilipollas.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.