Colegio rico, colegio pobre

Guillem Bota
20.12.2021
5 min

No se ha elogiado lo suficiente el sacrificio de la plana mayor del Govern catalán llevando a sus hijos a colegios privados, bilingües e incluso trilingües, en lugar de llevarlos a colegios públicos, donde impera la inmersión y aprenderían a escribir y hablar el catalán como los ángeles, porque de todos es sabido que en el cielo se habla tan bonita lengua. Al revés, se les ha criticado, sin tener en cuenta que ellos ya quisieran llevar a sus churumbeles a colegios públicos de barrio, con el 50% o más de inmigración, con barracones convertidos en aulas y con profesores que se las ven y se las desean para enseñar lo más básico a pesar de no contar con medios suficientes, o con medios a secas. El deseo de Cambray, Aragonés, Plaja, Junqueras y tantos otros, sería educar a sus hijos en la inmersión, pero, ay, se sacrifican y los llevan a colegios de pago, para así dejar el puesto en el colegio público a quienes de verdad lo necesitan.

Después saldrán los de siempre a decir que los líderes catalanes no hacen nada por los ciudadanos, que no procuran más que por su propio beneficio y el de sus familias. Falso. Miren, miren, como se arriesgan a tener hijos que, de mayores, hablen tres o cuatro lenguas en lugar de limitarse al catalán, que es lo bueno. Eso lo dejan para el pueblo. Hijos que, probablemente, cuando sean mayores se marcharán a trabajar al extranjero por culpa de ser políglotas, mientras que los demás, los educados bajo la inmersión lingüística, no tendrán otro remedio que permanecer en Cataluña, disfrutando para siempre de su familia --puesto que probablemente continuarán viviendo en casa de sus padres hasta los 40, con todo lo que ellos supone de felicidad parental-- de su tierra, de los calçots y de TV3. El paraíso terrenal.

Usted le pregunta a Aragonès o a Cambray y seguro que le juran que el único conflicto lingüístico que hay en la escuela catalana es el que viven ellos en sus propias familias, con hijos que aprenden catalán, castellano, inglés y francés, un engorro para sus tiernas mentes. En cambio, los demás, los que van a colegios públicos, se apañan con el catalán, ya me dirán qué conflicto pueden tener, y encima aprenden la única lengua que merece aprenderse en el mundo. Los actuales dirigentes catalanes son héroes que hurtan a sus hijos, ¡a sus propios hijos!, la inmersión lingüística que todo lo puede. Prefieren gastarse sus dineros en llevarlos a otros colegios donde, pobres niños, deberán aprender lenguas bárbaras, mal que les pese. De esa pasta están hechos los titanes catalanes.

Los tribunales españoles, ya se sabe que español es sinónimo de malvado, pretenden que los niños catalanes, los del montón, conozcan dos lenguas. Anda ya, si con el catalán vamos sobrados. Lo que deberían hacer esos tribunales, si quieren solucionar el conflicto lingüístico que no existe, es obligar a los colegios privados donde las élites catalanas escolarizan a sus cachorros, a rebajar el precio de la matrícula. Que ya está bien que, encima que sacrifican a sus hijos haciendo que aprendan distintas lenguas, tengan que pagar tanto por ello, ni que en esos centros les dieran filete cada día para comer. Lo suyo, en Cataluña, sería que los colegios públicos fueran mucho más caros que los privados, ya que es en los públicos donde se practica la inmersión lingüística que tantos y tan buenos frutos da. ¿Acaso no estamos hablando del mejor tipo de enseñanza que ojos humanos hayan visto? Pues que se la paguen. Y que los privados sean más baratos, que bastante sufren esos niños y sus papás sin inmersión que llevarse a la boca.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Botap

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla.