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Joan Ferran

Ciudadanos y PDECat, buscando el centro desesperadamente

5 min

No teman, no voy a incordiarles narrándoles, por enésima vez, el auto sacramental protagonizado por Rocío Monasterio y Pablo Iglesias en el debate electoral de la Cadena SER. No obstante permítanme que, al hilo del paroxismo de la campaña madrileña y la parálisis de la situación en Cataluña, les comente las pretensiones y el papel de algunos actores políticos relevantes pero secundarios.

Ante Àngels Barceló, un expresivo y vehemente Edmundo Bal apeló a la serenidad de los tertulianos al mismo tiempo que se ofrecía como opción de centro frente a los extremos. Lo hizo, no sin antes anunciar su deseo de flanquear a la señora Díaz Ayuso en el futuro gobierno de Madrid. Ciudadanos ha optado, legítimamente, por ese rol, y no hay nada que objetar al respecto. Ofrecerse a los populares como antídoto de Vox no deja de tener su morbo.

Paralelamente, en las páginas de La Vanguardia, como aperitivo del congreso que el PDECat ha de celebrar a medianos de mayo, un desinhibido David Bonvehí anunciaba que su partido tiene la pretensión de ocupar aquel centro político nacionalista, moderado y con cultura de gobierno que era propio de Convergència Democràtica de Cataluña (CDC). Tras su afirmación ”el centro político del país sigue huérfano”, se intuye la voluntad de volver a competir electoralmente para llenar el vacío que ha dejado la radicalización de Junts y el funambulismo de Esquerra. El bueno de David Bonvehí incluso aventura en la entrevista que uno de los principales objetivos de la nueva etapa del partido va a ser presentar una candidatura central y potente para la alcaldía de Barcelona. Tomen nota: es muy probable que la futura dirección del PDECat opte por la exalumna de Duran Lleida, Joana Ortega, para ese cometido.

Curiosamente, Cs y PDECat, dos partidos que han visto mermada su capacidad de influir políticamente, se lanzan ahora a la conquista del centro perdido como si en ese hipotético espacio se hallara la piedra filosofal, el elixir de la vida. No pretendo desanimarlos, pero creo recordar que fue la primera ministra del Reino Unido, Margaret Thatcher, la que refiriéndose al centro político afirmó: "Estar en el centro de la carretera es muy peligroso; te atropella el tráfico de ambos sentidos". Y es cierto, si no pregunten a los viejos militantes del CDS o de UPyD.

Es indudable que el autoproclamado centro ha conseguido en España espectaculares éxitos --por poco tiempo-- aplicando valores flexibles y moldeables en función de la necesidad o la coyuntura. Pero no es menos cierto que ante temas importantes, su supuesta moderación no ha sido más que indefinición. Y esa forma de proceder en política, a medio plazo, tiene un precio electoral. Los bandazos no son recomendables, desorientan al ciudadano, crean desafección y abstención. Alguien dijo recientemente que el centro, como tal, no existe; que es una isla evanescente que solo emerge en función de los desplazamientos de adversarios situados en los extremos. Así las cosas me parecen muy loables las intenciones, tanto de David Bonvehí como de Edmundo Bal, para atemperar el clima político en Cataluña y España. Apelar al respeto de los valores democráticos y a la sensatez les honra, claro que sí; pero hay momentos en que la buena voluntad que ambos acreditan no es suficiente; momentos en los que se hace imprescindible la definición, en los que hay que comprometerse y plantarse. Ahí es donde suelen fallar muchos de los que buscaron, y aún buscan para seguir viviendo,  el centro con manifiesto desespero.