Los chicos de Arran apuntan maneras

Guillem Bota
01.02.2021
5 min

Con lo que les cuesta a los de Arran escribir dos frases seguidas, no vamos a pretender que encima las pinten donde deben, trabajo tienen con pergeñar cuatro palabras sin cometer falta alguna. Bueno, deber, lo que se dice deber, no deberían pintar ninguna casa que no sea la suya propia y con permiso de sus papás, pero si quieren mandar un mensaje al conseller Calvet, lo menos que se les puede pedir es que antes se informen y no enguarren la puerta del garaje de un señor que pasaba por ahí. “Damià, aturarem els JJOO”, pintaron en la casa de un tipo que ni se llama Damià ni tiene poder alguno --es un suponer-- para detener ningunos Juegos Olímpicos. Tampoco especificaron a qué Juegos Olímpicos se referían, quien sabe si a los de Tokio, que ya se han postergado en una ocasión. Con Arran nunca se sabe, como para pretender que encima concreten.

Más que incívico, que también, es incluso peligroso que los chicos esos, la rama infantil de la CUP, se dediquen a pintarrajear chalets de la Cerdanya, porque el día menos pensado van a ensuciar la segunda (o tercera) residencia de uno de sus mayores y la vamos a liar, que no son pocos los de la CUP que se relajan en la casita del Pirineo entre acto revolucionario y acto revolucionario. Hacer pintadas en las urbanizaciones de alto standing es un riesgo, háganme caso los cachorros del independentismo-stalinismo, no vaya a ser que se confundan --otra vez-- de objetivo y se queden sin paga semanal.

Lo de estar contra los JJOO es un rasgo del carácter de los independentistas catalanes, un rito iniciático por el que deben pasar en su juventud. Los papás --biológicos o políticos, tanto da-- de los niños de Arran, también estuvieron contra los Juegos de Barcelona, allá por inicios de los noventa, cuando eran jóvenes, y también amenazaban con actos de boicot y hacían pintadas contra aquellos Juegos, si bien no recuerdo si eran tan cazurros como sus descendientes y tampoco acertaban dónde hacerlas. Son cosas de juventud. En cuanto se dieron cuenta del dinero que se movía en Barcelona 92 y de que quien estaba medianamente bien situado se llevaba calentita una parte del pastel, se olvidaron de boicots y reivindicaciones y se afiliaron en masa a Convergència, como estaba mandado en aquel tiempo. Y ahí están ahora, con segunda y tercera residencia, aunque eso suponga el riesgo de que sus propios hijos les emponzoñen la puerta del garaje.

Lo mismo va a suceder con los nenes de Arran, eso se lleva en la sangre. De celebrarse efectivamente los JJOO de invierno de 2030 en Barcelona y el Pirineo --y suponiendo que a esos se refieran las pintadas--, ellos van a ser los que van a pillar cacho. Cataluña es un lugar donde esas cosas están muy bien organizadas y el dinero siempre va hacia los mismos, da igual que sean de derechas o de presuntas izquierdas, mientras sean de los nuestros. Aquí, la defensa “del territorio” --como pomposamente le llaman-- y de la naturaleza, está muy bien hasta que uno se da cuenta de que el territorio sirve sobre todo para construir y especular. Y la naturaleza, para hacer pagar un plus por las vistas a los compradores de apartamentos de montaña. La cadena no se detiene.

Y, quien sabe, dentro de unos cincuenta años, cuando esos nenes de Arran que hoy no saben ni siquiera dónde deben hacer la pintada, hayan hecho su propia fortuna gracias a sus contactos políticos, verán a sus hijos salir de casa con un espray, dispuestos a pintar la fachada de algún político --o del vecino de algún político--, reprimiendo un leve gesto recriminatorio porque, en el fondo, sentirán el orgullo de padre. Y la voz de la esposa a su espalda.

--No les riñas, hombre, que todos hemos sido jóvenes. Deja que disfruten ahora que pueden. Así empiezan a labrarse un futuro.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.