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La parábola del hijo pródigo... y no hablo de religión

Roberto Giménez
6 min

El día del 6 a 1 de orgía culé un viejo amigo, y empresario, de Barcelona estaba viendo el partido en un bar de Albacete durante un viaje de trabajo con un socio parisino del PSG. El francés quedó ojiplático al ver que el personal de la cantina estalló de júbilo cuando el delantero uruguayo del PSG metió el gol que obligaba a los blaugranas a hacer la machada sin minutos en el reloj. El francés se extrañó al ver que estaba rodeado de tantos tifosi galos en la tierra de San Andrés Iniesta. No entendía nada.

Le voy a explicar el porqué. No con una comparación de un pasado no muy lejano sino con una metáfora. El distingo entre comparación y metáfora es importante porque, gracias a Dios, en Cataluña no se ha dado el terrorismo separata vasco.

A principios de 1980 el profesor de política en la Facultad de Periodismo nos explicó una historia que me inquietó y que no he olvidado. Nos dijo que era un secreto de Estado que no podía llegar a oídos de ETA porque, si llegaba, los efectos del terrorismo serían demoledores contra la voluntad de la conciencia nacional de impedir que los criminales se salieran con la suya, que era romper España. La epidermis de España tiene la dureza diamantina contra quienes pretenden romperla, dantes y ahora.

Lo que había detectado la encuesta encargada por el Cesid era que, conforme se iban produciendo atentados fuera del País Vasco (entonces se centraban en Madrid), aumentaba el número de españoles que cambiaron su percepción del terrorismo --pasando de ser una cantidad muy minoritaria a minoritaria (y así quedó)-- opinando que para acabar con la sangre lo mejor sería abrirles la puerta...

El profesor nos dijo que, si los etarras conocieran esta delicuescencia emocional, el terrorismo golpearía con más fiereza al resto de España.

Es importante que los catalanes que no queremos dejar de ser españoles lo digamos alto y claro. No podemos permanecer silentes. Que el resto de españoles sepan que la Cataluña separata es una parte, pero no la mayor

Esta reflexión sirve para Cataluña. Los catalanes hasta hace pocos años éramos bien vistos, y considerados personas serias y educadas, que no montábamos escandalera cuando viajábamos por las Españas.

El obispo Torras i Bages decía que el catalán era práctico, moderado, tenaz y de pocas fantasías.

La España culta nos consideraba los españoles más europeos. Era la imagen que teníamos hasta hace cuatro días. Años ha y desde siempre, a los catalanes se nos envidaba porque éramos el soplo europeo que llegaba a la península. No seré tan presuntuoso de decir que se nos admiraba, pero sí que se nos tenía un respeto señorial. De un catalán te podías fiar.

La frontera francesa no era una barrera, como los Pirineos centrales son para Aragón, sino una puerta de entrada por la que llegaban los vientos de modernidad europea. No diré que se nos amara por eso, pero sí que se nos respetaba y en el fondo se nos envidiaba porque el 15% del censo producía el 20% del PIB nacional. Josep Torras i Bages no sólo era un obispo sino un escritor que conocía la tierra que le había parido, Vic.

Por eso es tan importante que los catalanes que no queremos dejar de ser españoles lo digamos alto y claro. No podemos permanecer silentes. Que el resto de españoles sepan que la Cataluña separata es una parte, pero no la mayor. Son mayoría en el Parlament, pero no son mayoría social: conseguir un escaño en la provincia de BCN cuesta el triple que en Tarragona, Girona o Lleida (Trump ganó las elecciones con dos millones de votos menos que la depresiva demócrata).

El odio no es lo contrario que el amor. Lo contrario es el desprecio, cuyo escalón anterior es la antipatía. No hay desprecio pero sí que mi parabólica detecta antipatía a todo lo que huela a catalán. No es desprecio y mucho menos odio, como ocurrió en la antigua Yugoslavia entre serbios y croatas, y viceversa; y que acabó como el rosario de la Aurora.

La mayor felicidad que podría tener España, si pudiera ser encarnada en la persona del padre, incluso más que la recuperación económica, sería la parábola del hijo pródigo, aunque hubiera un hermano que se quejara a su padre...

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¿Quién es... Roberto Giménez Gracia?
Roberto Giménez

Durante treinta años ha sido director del Vallés, era el segundo semanario más antiguo de Cataluña, y fue director de Honor de El Vallès del siglo XXI. Ha escrito diez volúmenes de la serie 'Casi treinta años y un día' -en Sant Jordi de 2017 se publicó el último: 'Mis Enemigos Íntimos'-. Son las memorias del director del semanario comarcal más leído en Cataluña, que desapareció seis meses después de que lo dejara. Cada Sant Jordi publica una edición de 100 ejemplares que se agotan el mismo día. ¿Por qué no hace más? "Son para mis amigos", responde. Retirado antes de tiempo, con 55 años, por culpa de una bala traidora en la médula... También se le puede seguir en Facebook -cada día laborable publica 'La libreta azul'- y en Twitter. No es el capitán Araña. Sus amigos dicen que es honesto y leal, pero eso se lo dicen porque son sus amigos. Para entrar en su cofradía exige Derecho de Admisión. Vale quien sirve, pero no sirve cualquiera.