Menú Buscar

Cataluña o la idiocia 'non plus ultra'

Julio Murillo
10 min

Poco ha durado la alegría entre las "cabizbundas y meditabajas" hordas independentistas, al constatar que los cantamañanas a los que veneran, sandalia en mano, vuelven a ingresar en prisión tras varios días de contoneo, mofa y befa por las calles de Cataluña y por los pasillos de TVen3 y otros medios del régimen. Ante el recurso presentado por la fiscalía ante el Tribunal Supremo, en el que se alega que la concesión del tercer grado no puede otorgarse en estos momentos --debido a que nuestros “delincuentes habituales” sólo llevan seis meses en segundo grado, y a que una decisión de este calado transmite a la sociedad una imagen de "impunidad" absoluta--, la fiesta se ha acabado de forma abrupta.

Al Juzgado de Vigilancia Penitenciaria número 5 no le ha temblado la mano al revocar la prebenda concedida por la Particularitat de Catalunya a Junqueras, Romeva, Rull, Turull, Cuixart, Forn y Sánchez. Como diría el gran Berlanga de regresar cámara en mano de la tumba: "Todos a la cárcel". A la cárcel por mucho que Ester Capella, y también Pere Aragonès, reclamen al Gobierno la amnistía como solución al problema político, como única vía de continuidad de la Mesa de Diálogo y requisito indispensable en vistas a su apoyo a los Presupuestos Generales del Estado. Lo que deberían hacer nuestra consejera de Justicia y el vicepresidente del Govern es plantarse frente a Lledoners un par de añitos con un megáfono, un bombo y una pancarta de "llibertat presus pulítics", emulando a Lluís Maria Xirinacs ante La Modelo, y quizá así les hagan casito, porque a Pedro Sánchez le resbala todo, y lo que menos le preocupa ahora mismo es el apoyo de ERC a los dichosos presupuestos.

Lo que sí es cierto es que ver a Oriol Junqueras masajeado al estilo tailandés, con final feliz, por Vicent Sanchis (director de una cadena pública que debería ser de pago por suscripción popular tractoriana), suscita grima y sonrojo. La entrevista, infumable, sirvió, eso sí, para unas cuantas cosas:

  1. Para volver a escuchar por enésima vez el sempiterno argumentario estelado, trufado de ideas-fuerza: pacifismo, democracia, voluntad popular, violencia estatal, diálogo, lo volveremos a hacer, la independencia es imparable y blablablá.
  2. Para enterarnos de que Junqueras fulminará a los del PSC con su mirada de kriptonita por ser cómplices de la represión; así que ya sabemos que no habrá tripartito con Miquel Iceta y los de Ada Colau.
  3. Para constatar que pese a la inquina que le profesa el “confinado de Waterloo” él está a partir un piñón con Puchi, con quien se habla tres veces por semana y trabaja codo con codo en la hoja de ruta del próximo coup d’État, que requerirá de un nuevo Govern de coaflicción nacionalista, gane quien gane.
  4. Y para reír una vez más oyendo de sus labios eso de que el "junquerismo es amor cósmico, crístico y universal y dejad que los constitucionalistas se acerquen a mí" que tanta vergüenza ajena nos produce a todos.

Del regreso de Junqueras a la celda la reacción más comentada ha sido el tweet de Gabriel Rufián, en el que con impostada dignidad proclama a los cuatro vientos la grandeza de su jefe: “No tenéis cárceles suficientes para este gigante, carceleros”. Las respuestas del personal son dignas de ser leídas y conservadas. No se las pierdan. Básicamente le dan la razón, viniendo a decir que el problema no son las cárceles sino la imposibilidad de alimentar en plena crisis, con tanta gente haciendo cola en las parroquias, a “Fray Tumbaollas de la Andorga Insaciable”, porque hay que ver la descomunal orondez que se gasta el amigo. Creo que deberíamos ahorrarnos la pasta que cuesta mantener el Circuito de Montmeló y que los bólidos y motos den cien vueltas a Junqueras, porque en sus lorzas hay espacio hasta para boxes y cheerleaders. No se rían que hablo muy en serio.

En medio de todo ese vodevil no podía faltar el enajenado Carles Puigdemont, líder de JxCat, que no sabiendo qué hacer para ser noticia, aunque sea en VilaWeb, se dedica a descuartizar al PDECat y a las mil siglas y facciones de lo que en su día fue CDC, a comprar voluntades y a urdir cómo volver a engatusar a republicanos, a cuperos y a todo el rebaño estelado de cara a las elecciones catalanas. Y a tal fin nada mejor que desnudar su alma, mostrar las marcas de los clavos en sus manos y la lanzada en el costado, desgranando sus memorias heroicas al periodista Xevi Xirgo en Me explico, al parecer “su” libro más autobiográfico --que ya es best seller en La Garrotxa, en el Ampurdán y number one en las Repúblicas Reunidas Geyper--, obra en la que repasa cómo el destino, o el dedo de Artur Mas, le llevó desde la investidura hasta el exilio. La verdad es que ardo en deseos de leerlo, porque seguro que además de despotricar contra el universo entero cuenta con todo lujo de detalle sus peloteras con la histérica insoportable de Marta Rovira, lo cabrón que era su vicepresidente, que no tenía nada preparado para el día después, y lo jodido que es hacer el amor con la Topor en el maletero de un Simca 1000 camino de Bruselas. En fin, Serafín...

Y mientras todos esos majaderos entran y salen de escena por puertas, ventanas y armarios, el pobre Quim Torra surca las procelosas aguas de la pandemia, que brota o rebrota como las setas en noviembre lluvioso, atado a un timón que en mala hora se le ocurrió reclamar. Ante la ineptitud de Alba Vergés, consejera de Salud, a la que el Sindicato de Enfermeras de Cataluña eleva al podio de la más absoluta incompetencia, y el “ahí me las den todas” de Meritxell Budó, portavoz del Govern siempre con cara de “a mí no me miren que yo pasaba por aquí”, solo el temple de Torra, ese prohombre, ese estadista, nos salvará de la catástrofe. Ha anunciado solemne que no le temblará el pulso si es necesario volver a meternos a todos en casa y ha dictado orden a alcaldes, Mossos y guardias municipales para que disuelvan sin contemplaciones todo “botellón insolidario” que detecten, imponiendo multas que van desde los 3.000 a los 15.000 euros. Eso sí, si el botellón es solidario, es decir, a base de ratafía o aromas de Montserrat, con una amonestación bastará.

Por si esto fuera poco, dado que nuestro pichidén vicario está muy ocupado batiéndose el cobre contra el Covid-19, decidió ausentarse en la cumbre de presidentes autonómicos de San Millán de la Cogolla, diciéndole por carta a Pedro Sánchez que si quiere hablar con él deberá ser de “presidente a presidente”, al más alto nivel entre Estados soberanos, con mascarilla y por FaceTime o similar. Añadiendo, además, que le repatea los higadillos que la cumbre de presidentes la inaugurara Felipe VI, al que no quería saludar, porque una cosa es lidiar con el coronavirus y otra con la peste burbónica. Jódete, Pedrín, que las tiran con balín.

Así está, queridos amigos, el patio de la idiocia non plus ultra catalana ahora mismo, en pleno yunque del verano. Protéjanse del sol, del virus, de la crisis que vendrá, pero sobre todo de esta cuadrilla de diletantes y anormales que nos desgobiernan. Sean felices.

Artículos anteriores
¿Quién es... Julio Murillo?
Julio Murillo

Periodista, escritor, director creativo y experto en publicidad y comunicación. Formé parte del elenco de periodistas especializados en música y cultura durante los años setenta y ochenta en revistas como 'Vibraciones', 'Ajoblanco', 'Rock Espezial', 'Rock Deluxe' y 'El País'. He sido director de publicaciones mensuales en RBA Revistas y Grupo Godó-La Vanguardia, al frente de la edición española de 'Playboy'. También he sido responsable de innumerables campañas de publicidad para grandes marcas. En los últimos diez años me he dedicado a la literatura, con seis novelas publicadas y una séptima en camino. He sido finalista y ganador del Premio Alfonso X El Sabio de Novela Histórica, en 2005 y 2008 respectivamente. Melómano hasta la médula, yo soy yo y mis vinilos. Asisto con perplejidad y desazón al armagedón social, político y económico de nuestro tiempo.