Cataluña es una gigantesca 'rave'

Guillem Bota
04.01.2021
5 min

Yo no sé si cuando usted está leyendo esto, continua la fiesta en una nave industrial de Llinars del Vallés. Espero que sí, que se haya convertido ya en una fiesta perpetua, para que todos los catalanes podamos irnos allá de juerga cuando tengamos un rato libre. Ratos libres no nos faltan, porque entre empresarios que han tenido que cerrar sus negocios dejando en la calle a sus trabajadores, autónomos a quienes no les llega la ayuda prometida y dueños de restaurantes que no pueden abrir más que en el par de franjas horarias que les permite la normativa catalana, tenemos gente ociosa para llenar no la 'rave' de Llinars, sino un par de ellas en cada población, chumba, chumba, chumba.

Se quejan los dueños de locales nocturnos y de restaurantes, de que a ellos les exigen cumplir la ley y en cambio, a quienes organizan una fiesta clandestina sin medida alguna de seguridad, se les permite infringirla impunemente. Se quejan los ciudadanos de que no pueden salir de su comarca ni para ir a buscar espárragos al bosque, y a la fiesta acudió gente incluso de otros países. Se quejan todos por vicio, claro, porque deberían saber que en Cataluña las normas se dictan solamente para los ilusos que creen en ellas, como ha demostrado la fiestecita de Llinars y como lleva años demostrando la clase política del lugar. En vez de quejarse tanto, deberían divertirse un poco, coger los bártulos y plantarse en la fiesta, que las penas con rave son menos, chumba, chumba, chumba.

Sé de restaurantes a los que se ha abierto expediente porque a las 10 de la mañana estaban sirviendo todavía algún desayuno. ¡A las 10 de la mañana, cuando debería saber todo el mundo que se permite sólo hasta las 9:30, ni un minuto más, que viene el virus y nos comerá! Esos dueños de restaurante, llegada la hora establecida por nuestros siempre prudentes gobernantes, deberían agarrar a sus clientes por el pescuezo, así estuvieran a medio terminarse el café, y echarlos a patadas a la calle, para que los transeúntes vieran que con el Covid no se juega, habrase visto. Eso sí, después, esos mismos clientes podrían superar el mal trago acudiendo a Llinars del Vallès, donde podrían tomar mucho más que café, y ello durante unos cuantos días sin parar, chumba, chumba, chumba. Paradojas de la civilización catalana.

Lo que el dueño del café debe hacer con sus clientes, aunque el cliente sea su propia madre, no lo hace la autoridad catalana, al parecer por motivos de orden público. Se ve que desalojar un café con tres o cuatro clientes desayunando fuera de horas, es una cosa, pero una nave industrial con centenares de personas bebiendo y metiéndose durante horas es más complicado, eso mejor lo dejamos para otro día, o esperamos a que se marchen por su cuenta.

Entre que los asistentes son demasiados para echarlos sin problemas, y que casi con toda seguridad los organizadores ni tienen licencia ni permiso ni nada que se les pueda retirar, la fiesta de Llinars puede durar para siempre (y si cuando usted lee este artículo ha sido desalojada, lo ha sido después de unos cuantos días y tenga por seguro que, de no ser por el escándalo provocado, allá seguirían todos tan tranquilos). Más que criticar la fiesta, lo que debería hacerse es elogiarla, porque está mostrando el camino a todos estos ilusos empresarios catalanes que siguen a rajatabla las ordenanzas que se les dicta, por variables y absurdas que éstas sean: empresarios catalanes, si hay que saltarse a ley, hay que hacerlo a lo grande, sin permisos, sin aforos máximos, sin limitación alguna y sin medidas de seguridad. Sólo de esta forma se os permitirá sobrevivir en esta jungla en a que se ha convertido Cataluña. Aunque más bien diría que se ha convertido toda ella en una gigantesca rave. Chumba, chumba

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.