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Cataluña, amanece que no es poco...

Julio Murillo
7 min

Nadie duda de que el exasperante proceso catalán coleará todavía durante algún tiempo y que las brasas del incendio provocado por pirómanos con cargo institucional y despacho regio tardarán en extinguirse. A día de hoy el independentismo es un enfermo crónico, achacoso, que deambula dando imprevisibles palos de ciego, condenado a terminar antes o después en el corredor de paliativos.

Es innegable que la sensación de agotamiento propagandístico del independentismo es tremenda

El otro día leí de forma casual un tuit del polémico Alfons López Tena --sí, aún sigue ahí, con toda su mala leche intacta-- en el que decía lo siguiente: “El balance del 'procesismo' es una Cataluña devastada, infantilizada, fanática, autoritaria y sometida a España”. Suscribo esas palabras casi por completo, excepto en lo que hace referencia al sometimiento a España. Eso no se aguanta ni con puntales y lo sabemos todos; bueno, todos menos ellos.

Lo que sí es innegable es que la sensación de agotamiento propagandístico es tremenda. Hemos llegado al non terrae plus ultra. Imposible ir más allá, vender más falacias o inyectar moralina por vía intravenosa a los acólitos; imposible endosar más camisetas con rotulador de regalo o infundir arrestos a la parroquia estelada, que vive con absoluto desencanto --dense un paseo por los foros de la prensa independentista y compruébenlo-- la demolición del castillo de naipes. Jordi Sànchez, de la ANC, admitía hace escasos días que “o bien acabamos con el proceso o bien el proceso acabará con nosotros”. Y apostillaba resignado: “La gente está desorientada”. Yo añadiría que está absolutamente agotada y harta, porque a sólo veinte días del 11S los inscritos en el flash mob de este año no llegan ni a cien mil. Auguro mucho retoque de Photoshop.

El independentismo siempre ha sido un corral con muchos gallos, una jaula de grillos, pero ahora más que nunca. De hecho, y tirando de ironía, se podría decir que están todos locos de encerrar y perder la llave. Mientras la ANC se embarca en una infame y vergonzosa campaña que va llenando de cruces las plazas públicas de Cataluña, el president Puigdemont hace gala de pluralismo y ecuanimidad, bloqueando en su cuenta de Twitter a todo constitucionalista que asoma la nariz. En los foros de los digitales subvencionados, los indepes utilizan toda la artillería contra Rabell, Coscubiela y Colau --que parece dispuesta a crear un nuevo partido para asaltar la Generalitat--, y en artículos y columnas de opinión, la prensa del régimen debate acaloradamente sobre si se debe llegar a la DUI mediante un RUI o un RUV --Referendo Unilateral Vinculante--, variante de nuevo cuño que debería desembocar en un GIES o Gesto Inequívoco de Ejercicio de Soberanía.

¡Glubs! ¿Se han perdido con tanto acrónimo? ¡No se pierdan, que está todo muy claro! Llegado el momento oportuno ya decidirán sobre la marcha si ese “Gesto Inequívoco de Ejercicio de Soberanía” se concreta enviando a los trabucaires de Cardedeu a tomar el control del aeropuerto del Prat o pasa por reunir, con gran despliegue de medios internacionales, al Estado Mayor de ERC, Convergència y la CUP ante la Delegación del Gobierno, en Barcelona, a fin de obsequiar a España con una butifarra colectiva o corte de mangas al estilo etrusco.

A esto le quedan dos cafés, o tres, o cuatro, vaya... no lo sé, pero que necesitamos decenas de miles de psicólogos, camisas de fuerza y celdas acolchadas, fijo que sí

El tiempo nos dirá cómo acaba esta comedia bufa. Ahora mismo muchos cargos de Convergència (dejemos lo de PDC, que demócratas y catalanes lo somos todos) están buscando la forma de salir de escena por alguna providencial “puerta giratoria” (¡David Madí, te necesitamos!), porque no tienen nada claro que Puigdemont supere la cuestión de confianza de septiembre, ya que la CUP obligará al presidente a fijar fecha para el RUI o el RUV, la DUI y el GIES (y no me pregunten en qué orden cronológico sucederá todo eso porque ni ellos mismos lo saben) y a consignar en los presupuestos una partida de 4 ó 5 millones de euros para celebrar ese glorioso butifarréndum 2.0 por todo lo alto.

Y a partir de ahí, sólo pueden pasar dos cosas: o bien Puigdemont accede a esa exigencia, enfrentándose a cara de perro con el Estado, el Tribunal Constitucional y la pareja de la Benemérita; o convocatoria de elecciones en Cataluña al canto, en tres, dos, uno...

Lo dicho. A esto le quedan dos cafés, o tres, o cuatro, vaya... no lo sé, pero que necesitamos decenas de miles de psicólogos, camisas de fuerza y celdas acolchadas, fijo que sí. Es una lástima no poder contar con un Valle Inclán o un Berlanga para inmortalizar esta monumental astracanada, este sublime disparate cósmico. En su ausencia me atrevería a pedirle a José Luis Cuerda una versión catalana de su inmortal “Amanece, que no es poco”. Porque esto es un sindiós.

Si no les importa, me pido el papel de Gabino Diego alucinando en colorines, you know...

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¿Quién es... Julio Murillo?
Julio Murillo

Periodista, escritor, director creativo y experto en publicidad y comunicación. Formé parte del elenco de periodistas especializados en música y cultura durante los años setenta y ochenta en revistas como 'Vibraciones', 'Ajoblanco', 'Rock Espezial', 'Rock Deluxe' y 'El País'. He sido director de publicaciones mensuales en RBA Revistas y Grupo Godó-La Vanguardia, al frente de la edición española de 'Playboy'. También he sido responsable de innumerables campañas de publicidad para grandes marcas. En los últimos diez años me he dedicado a la literatura, con seis novelas publicadas y una séptima en camino. He sido finalista y ganador del Premio Alfonso X El Sabio de Novela Histórica, en 2005 y 2008 respectivamente. Melómano hasta la médula, yo soy yo y mis vinilos. Asisto con perplejidad y desazón al armagedón social, político y económico de nuestro tiempo.