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Catalanes diferentes, según Buch

Guillem Bota
27.04.2020
4 min

A ningún español le puede molestar que todo un conseller de interior de la Generalitat como Miquel Buch, asegure que los catalanes «somos diferentes». Más bien al contrario, imagino el suspiro de alivio, las celebraciones y los festejos de todos los no catalanes al saberse distintos de semejante individuo. Si yo fuera un señor de Majadahonda, o de El Ferrol, o de Don Benito, lo último que querría es ser igual, qué digo, ser remotamente parecido a este hombre con aspecto australopithecus y, lo que es peor, con cerebro tan evolucionado como el de dicho homínido. Si Miquel Buch encarna el ideal catalán, si su persona muestra aquello que nos diferencia del resto de españoles e incluso del resto de habitantes del planeta, habremos de convenir en que sólo por algún inexplicable milagro los catalanes no estamos todavía encaramados a los árboles. No queda sino felicitar al resto de españoles por ser diferentes de lo que representa Buch. Y envidiarles, claro.

El problema, en todo caso, lo tenemos los catalanes, a quienes las irresponsables palabras de Buch nos colocan en su mismo plano, para vergüenza nuestra y de nuestras generaciones posteriores. Me niego a considerarme un igual de este hombre por el solo y casual hecho de haber nacido en su misma región. Escucho a Buch balbucear expresiones supuestamente humanas en cualquiera de sus intervenciones, le veo con su aspecto de haber aprendido a andar erguido hace apenas unos meses, y no puedo sino desear, y si hace falta rogar, que no me incluya entre «los diferentes» de los que dice formar parte.

Uno agradecería que el conseller precisase un poco sus palabras, aunque fuera para remarcar, parafraseando al Napoleón de Rebelión en la granja, que los catalanes son diferentes, pero algunos como él son más diferentes que otros. Ello me permitiría quedar excluido lo que sea que esté pensando --es un decir-- Buch cuando habla de diferencias, sin dejar de ser catalán. Hay frases que sólo puede pronunciarlas un cerdo. Me refiero a Napoleón, como sabrá cualquier lector de la novela de Orwell.

Yo aspiro a pocas cosas en la vida. Una de ellas, formar parte de los catalanes «poco diferentes», y si es «nada diferentes» mejor todavía, al resto de españoles. Dejo para el conseller Buch todas las diferencias, que además hay que reconocer que saltan a la vista, para desgracia suya y de sus allegados, a la vez que para alegría del resto de la humanidad, que ni en sus peores pesadillas quisiera sufrir el menor parecido con el conseller.

Ignoro si serán muchos los catalanes que, a la vista del conseller Buch, considerarán un elogio parecerse a él, formar parte de su misma tribu, esa que es tan distinta del resto de los españoles. Más bien me barrunto lo contrario, que donde habrá colas va a ser en la ventanilla donde se tramiten las solicitudes para ser considerados oficialmente diferentes a Buch. Empieza a ser necesario un certificado --plastificado, para poder llevarlo siempre en la cartera-- que diga bien claro que cualquier parecido del abajo firmante con el titular de Interior de la Generalitat es pura coincidencia. Un carnet que nos permita, en cualquier momento, certificar ante la autoridad que lo demande, que el portador es completamente diferente al conseller Miquel Buch. Eso sí que sería útil, y no la mandanga del carnet de no ser portadores del coronavirus que nos querían endosar los cerebritos del Govern, esos sí parecidos a Buch.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.