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Castigan a Torra, castigan a todos

Guillem Bota
21.09.2020
5 min

Cuando escuché al presidente catalán, Quim Torra, declarar que lo que pretende hacer el Tribunal Supremo con la sentencia de su inhabilitación, es "castigar a un país entero", me dije: ya está, lo han absuelto. No podía imaginar yo mayor castigo para los catalanes --di por hecho que con "país" se refería Cataluña, uno se ha acostumbrado a la jerga de esa gente-- que continuar sufriendo a Torra de presidente. Afortunadamente, no era así. Al poco, entendí que, en su prodigiosa imaginación, daba por sentado que su más que probable inhabilitación supondría una sanción a Cataluña entera, lo cual es mucho más que decir simplemente "a los catalanes", ya que incluye también a todos los animales, vegetales y minerales que esta región habitan. Y a un puñado de exiliados, no olvidemos a los exiliados.

Mientras Torra se dirigía así a los catalanes, por su mente iban desfilando ya miles de éstos clamando al cielo por el horrible castigo a que les sometía la justicia española, privándoles de seguir disfrutando de un presidente como no se había visto otro desde Adenauer. Muy capaz es de creerlo. Así como de Pujol todos sabíamos que, cuando acusaba a España de ir contra Cataluña por querer investigar su pufo en Banca Catalana, él era perfectamente consciente de estar orquestando una farsa para salir de rositas --y vaya si lo consiguió--, Torra parece estar convencido de ser un chivo expiatorio. Tengo para mí que sobra el adjetivo "expiatorio", porque sólo desde una mente caprina puede alguien llegar a la conclusión de que a alguien le importa ni así el futuro político del actual presidente catalán. Peor aún: no sé qué terribles desgracias debe de pensar que les van a suceder a los catalanes con su inhabilitación, que nos incluya a todos en su castigo.

Será cosa de verse. Como quiera que es imposible que el gobierno catalán se torne con la inhabilitación, más inútil e inoperante de lo que ya es en la actualidad, no será por aquí por donde nos acechen las desgracias. Igual se refiere Torra a otro tipo de desgracias más introspectivas, digamos una especie de tristeza en el alma que nos va a dejar a los catalanes acongojados al saber que el buen hombre deberá retirarse a sus quehaceres domésticos, con una miserable pensión que dobla y redobla el sueldo de la mayoría de ciudadanos, no en vano tuvo el buen tino de incrementarla hace pocos meses. Igual sí. Pero así, a ojo, entre ver a mis vecinos llorando a moco tendido por la calle al conocer la noticia de la inhabilitación de Torra, y verlos comportarse exactamente como cada día --incluso con algo de alivio en sus miradas--, me inclino más bien por la segunda opción.

Esos personajes que se creen tan importantes como para sumir en el desánimo y el dolor a otros miles de personas según sea su suerte, padecen una grave megalomanía, lo cual significa que sufren un acusado complejo de inferioridad, nada extraño tratándose de Torra, no hay más que verle o escucharle. No veo yo a los jueces dando una patada a todos los catalanes en el culo de Torra.

No seré yo quien le eche en cara a un vendedor de seguros que por arte de birlibirloque se vio convertido en presidente de una futura república catalana, tal megalomanía. Al mencionado complejo de inferioridad, se suma una corte de aduladores que --por intereses personales-- no cesa de alabarle y ensalzar su visión de estadista. Cómo no creerles. Cómo no creerse el rey del mundo. Cómo no ligar su futuro al de toda la nación. A qué mindundis que jamás ha hecho en su vida nada provechoso, no le causaría eso un trastorno mental, tal vez irrecuperable.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.