De carroña a diamante

Ignacio Vidal-Folch
5 min

La transformación de las cenizas de los muertos en diamantes es una técnica que va embalada, sobre todo en Sudamérica, según nos explicaba ayer Núria Messeguer en su artículo Polvo eres y en diamante acabarás. Recordaba Messeguer que la industria de calentar a extremas temperaturas las cenizas de los muertos, de manera que cristalizan en diamantes (y, como dice la propaganda, los diamantes son eternos) tiene una fuerte salida sobre todo en Sudamérica. En España todavía no ha calado, pero es cuestión de tiempo.

Vemos en estos procedimientos cristalizadores una deriva hacia el abstracto muy interesante. Recuerdo que Fidel Castro hizo un discurso de varias horas cuando llegaron a La Habana las manos del Che Guevara, ajusticiado en Bolivia, que alguien cercenó de su cadáver e hizo llegar a la Isla. Creo ahora que están en no sé qué mausoleo de la capital. ¿No hubiera sido mejor convertirlas en un diamante, engastado en una sortija que el Comandante podría llevar consigo a todas partes? Durante la segunda guerra mundial el pobre Josep Tarradellas, huyendo de los franquistas de Barcelona a París, y de los nazis en París al sur de Francia, tenía que llevar bajo el brazo la urna donde se conservaba en formol el supuesto corazón de Macià, reliquia a la que tenía un gran apego patriótico. Para colmo de dificultades la urna de marras perdía líquido, y el corazón de Macià a punto estuvo de desecarse irreparablemente. Pues bien, ¿no hubiera sido mejor y mucho más práctico convertirlo en piedra preciosa, según el procedimiento del que da noticia Núria Messeguer, y llevarlo engastado en una discreta sortija?

Y ahora que tanto lío ha habido con el transporte de los restos mortales de Franco desde el Valle de los Caídos a un cementerio de la capital, ¿no está claro que si se hubiera cristalizado en su tiempo y sazón el cadáver, éste podría encoger y reducirse a una piedra preciosa, facilísimo de trasladar?

Y así con toda las personalidades famosas. Y también con los parientes próximos y queridos, parece que convertir los restos de tu primita en una esmeralda, o en algo parecido, algo con un brillo verde de una parecida limpidez, está tirado. Se abren aquí unas perspectivas fetichistas fabulosas. Empezando por los que llevarán a representantes de varias generaciones de sus antepasados en sortijas numerosas en los dedos, para que se vea que uno tiene una estirpe bien identificada, y acabando por el inevitable comercio de estos diamantes, sobre todo los que cosifican a personas importantes y famosas. Se desarrollará un coleccionismo de ricos que no sé adónde nos llevará. Habrá un millonario en Texas que poseerá una colección de diamantes de héroes del rock and Roll; el señor Ortega de Inditex  tendrá una colección de grandes escritores españoles, sacados de sus mausoleos --Galdós, Clarín, Fernán Caballero y tutti quantii incluido Juan Goytisolo--, en joyas de color malva. 

Los grandes coleccionistas alardearán de atesorar en sus cajones las piedras preciosas en las que se cifra gente muy noble. Dirán que es muy agradable y consolador llevar siempre consigo y de vez en cuando acariciar no sólo a papá sino también al general Prim o a Garibaldi, o llevar a Nabokov en un anillo. Habrá un ágil comercio de restos humanos reductibles a gemas para abastecer a los coleccionistas y fetichistas de Oriente Medio. Se formarán colecciones fastuosas. Habrá quien atesorará el diamante 'Marilyn Monroe' como obra maestra de una serie de piedras-actrices del Hollywood clásico, y quien poseerá el zafiro 'Eisenhower' entre otros políticos y militares vencedores, y los acariciarán a menudo, acariciarán su frío cristal. Por el anillo de Hitler se pagará una fortuna a un anciano que durante la segunda guerra mundial fue un jovencísimo cabo y estuvo en la toma del búnker de la Cancillería. Se abre una línea de comercio nueva que sin duda generará miles de puestos de trabajo.

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.