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En Cataluña "todo el mundo quiere ser curator”

Andrea Rodés
15.02.2020
10 min

Hay gente que desconecta en el mar, yo soy más de montaña. A pesar de mi pésimo sentido de la orientación y de que siempre acabo perdiendo de vista las señalizaciones de las rutas --¿quién decide dónde pintar esas dos rayitas de colores?--  mi mente se olvida de los problemas diarios cuando salgo de excursión y estoy rodeada de picos, bosques y lagos.

También es cierto que algunas excursiones me han marcado más que otras: hace quince años, por ejemplo, subí el Mulleres (3.010metros) un día de julio, en plena ola de calor, acompañada de tres chicos y un perro, que acabó derrapando de culo y con tantas agujetas como yo. Y el verano pasado, sin ir más lejos, se me ocurrió subir sola al ibón de Rebuñe, un lago cerca de Benasque, porque, según mi amiga Marta, era “una excursión fácil, apta para niños, es imposible que te pierdas”.

En qué momento confundí las señalizaciones, no me acuerdo. Pero de pronto, después de tres horas andando, me vi escalando por una tartera empinada, sin rastro de lago ni vegetación. Mi --imitado-- sentido común me alertó de que eso no podía ser una excursión para niños, así que di la vuelta. La bajada fue lo peor. Con lágrimas en los ojos, me disponía a bajar de espaldas una roca enorme cuando oí una voz firme de hombre: “¡Por aquí no, mujer!”.  Allí estaban mis salvadores: un padre y un hijo de Madrid, que volvían de coronar un tres mil (al parecer, a donde me dirigía yo). El padre me prestó su bastón y me ordenó que los siguiera por una ruta de más fácil descenso, hasta que llegamos a la vistosa señalización al Rebuñe que yo, incomprensiblemente, no había visto.

Ese día me prometí no volver sola a la montaña. Así que hace un mes, cuando me entraron ganas de subir al valle de Camprodón, tuve que engatusar a un amigo para que me acompañare. El amigo tenía una capacidad de orientación igual o inferior a la mía, y estuvimos un buen rato dando vueltas en bucle por el pueblo de Llanars antes de encontrar el inicio de la ruta. Nuestra referencia era el campanario de la iglesia. Y, al encontrarla, ¡qué agradable sorpresa!

Construida a finales del siglo XII, la iglesia de Sant Esteve es un bonito ejemplar de la arquitectura románica que salpica el Pirineo, con sus pesados muros de piedra aguantando la bóveda de cañón y su fachada presidida por un portal con arco de medio punto. Entramos. En el interior, escondido en la oscuridad de una capilla lateral, nos esperaba lo mejor: el frontal de madera del altar, original del siglo XII, restaurado hace nueve años, y él único de la comarca que se conserva in situ. 

Introdujimos una moneda de un euro en una máquina que prometía que los focos iluminarían el altar, pero nada sucedió. Insultamos a la máquina y después encendimos las linternas de nuestros móviles: allí estaba, delante nuestro, majestuosamente inmóvil, el Pantocrátor, sentado en su trono, mirándonos con los ojos muy abiertos y bendiciendo la escena con la mano derecha. A su alrededor, los cuatro símbolos del Tetramorfo: ángel, buey, león y águila, los cuatro evangelistas, y a los lados, escenas bíblicas que mis neuronas se esforzaban por identificar. Tantos años estudiando Historia del Arte, ¿para qué?”, me pregunté.

Mi amigo seguía iluminando el frontal con el móvil mientras yo trataba de rescatar de mi memoria las explicaciones de mi antiguo profesor de arte medieval en la UB, un tipo alto, con gafas, que hablaba muy rápido y se hacía un lío con las diapositivas.  Al regresar a Barcelona, me alegró descubrir que Pere Beseran seguía siendo profesor en la facultad, ubicada hoy en un moderno edificio del Raval, y no en los barracones de la Diagonal.

“El frontal de Llanars es importante por su pervivencia y conservación in-situ. La mayoría están en museos”, me explicó Beseran por teléfono, con la misma velocidad de habla que recordaba. También por la técnica aplicada, la corladura ( barnizar con finas láminas metálicas para que parezca de oro) y su temática original: “En Catalunya hay pocos dedicados a la vida de San Esteban”, añadió, en referencia a las escenas bíblicas que rodean al Pantocrator: que van desde la ordenación de San Esteban como diacono a su lapidación y el momento en que encuentran su sepulcro.

 “Oye, ¿estás segura de que yo te di clase de románico?”, me soltó luego, extrañado. Tuve que admitir que no. Era el año 2003. “Los profesores siempre nos quejábamos de que el románico se enseñaba poco, pues quedaba al final del temario del primer curso y nunca lográbamos terminarlo a tiempo. Así que cuando empezábamos Medieval 2, ya íbamos directamente al gótico”, se rio.

En cambio, en el terreno público pasaba lo contrario: “El románico ha tenido mucho prestigio en Cataluña, hemos sido más injustos con la riqueza de nuestro gótico. Supongo que tiene que ver con eso de buscar los orígenes de la patria”. 

Hoy en día, sin embargo, el interés público por lo medieval ha perdido peso frente a lo moderno, según Beseran. Pone como ejemplo el museo del Born, “que coloca el énfasis en las ruinas del 1714" e ignora la dimensión medieval que hay debajo”. O el mismo Museu Nacional d’Art (MNAC), que en los últimos años ha organizado más exposiciones de arte moderno que exposiciones medievales, a excepción de la dedicada a Bartolomé Bermejo, “que encima nos vino de Madrid”.

En la Facultad ocurre lo mismo: “Los alumnos que quieren estudiar arte medieval han caído en picado, ahora todo el mundo quiere ser curator”, (comisario o conservador) se lamentó mi exprofesor, convencido de que en general el interés por la Historia ha bajado en favor de temas contemporáneos. "Pero, ¿cómo puede entenderse el arte de hoy sin entender el pasado?"

De vuelta al frontal de Llanars, mis neuronas seguían esforzándose por recuperar conceptos olvidados:  “Mira como conseguían el volumen de las figuras”, le decía a mi amigo enfocando los pliegues de la túnica del Pantocrátor. Los contrastes cromáticos (rojo, azul, amarillo) y el trazo de líneas ayudaban a los artistas del románico a dar volumen a sus figuras, tan rígidas de formas, y a la vez tan expresivas.

 “Los egipcios plasmaron lo que sabían que existía, los griegos, lo que veían; los artistas del medievo aprendieron a expresar lo que sentían” escribió el profesor Ernest Gombrich en La  Historia del Arte, libro de referencia para el estudio del arte occidental. Según Gombrich, los artistas del medievo no se proponían crear una imagen convincente de la naturaleza o realizar obras bellas, “sino que deseaban comunicar a sus hermanos en la fe el contenido y el mensaje de la historia sagrada”.

Al salir de la iglesia, mi amigo yo, llenos de fe, conectamos nuestros Wikilocs y Google Maps con la esperanza de continuar la excursión. A los pocos minutos, volvíamos a estar perdidos.

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¿Quién es... Andrea Rodés?
Andrea Rodés

Andrea Rodés (Barcelona, 1979) es periodista y escritora. Licenciada en Administración y Dirección de Empresas por ESADE, amplió sus estudios con un postgrado en Historia del Arte en el Courtauld Institute of Art (Londres) antes de dedicarse al periodismo y la escritura. Fue corresponsal del diario Público en China y ha publicado varios libros de ficción y no ficción en catalán y castellano, entre  ellos: Por China con Palillos (Destino, 2008), El Germà Difícil (La Magrana, RBA 2012) o Cuando se vaya la niebla (Huso Editorial, 2019).