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El odio como fuente de ingresos

Ramón de España
7 min

El odio a España resulta muy rentable en la Cataluña actual, siempre disfrazado, eso sí, de amor (loco) al terruño. Algunos lo practican gratis, como el inefable Joan Galobart, natural de Argençola, en la comarca del Anoia, que acaba de ser detenido por colgar en Facebook un vÍdeo delirante en el que animaba a la población lazi a matar policías; lo han pillado con 136 plantas de marihuana, lo cual demuestra que, además de no estar en sus cabales, es tonto de baba, pues si te dedicas al cultivo de droga, más te vale adoptar un perfil bajo. Pero este merluzo es una excepción a la regla. Aquí, en general, quien manifiesta su odio a España es para acabar lucrándose a base del dinero público que tan generosamente reparte el régimen entre sus leales.

Los odiadores profesionales son de distintos tipos. Abundan entre los políticos, que son los que más trincan. Después ya vienen los (supuestos) periodistas, entre los que destacan los directores, redactores y colaboradores de los medios de intoxicación separatista, una larga lista que va, para entendernos, de Vicent Partal, alma de Vilaweb, a los mal pagados becarios de Pepe Antich en El Nacional. Entre los (digamos) periodistas, la cosa se reparte entre los opinadores (supuestamente) sensatos y trascendentes (Rahola, Bassas y tutti quanti) y los  bufones del régimen, esos que, cuando se cansan de hacer como que razonan, defecan un tuit que pone “Puta España” y ya han cumplido lo suficiente para que no deje de llegarles la pasta (la nómina va del millonetis Toni Soler a la influencer Juliana Canet, pasando por el demente de Toni Albà o el majadero de Jair Domínguez).

Últimamente, el sector botarate goza de una repercusión muy notable. Todos se parecen mucho en su modus operandi --hasta el punto de que podrían ser el mismo con diferentes seudónimos-- y gozan de gran aprecio en los medios de agitación y propaganda del régimen (no quisiera olvidarme del seudo humorista cazurro Peyu y de un calvo siniestro que sale en Està passant y cuyo nombre nunca recuerdo). Sus gansadas suelen ser amplificadas por El Nacional --que también cuenta con una sección fija para que los que no vemos ni que nos maten el programa en YouTube de Pilar Rahola nos enteremos de las cuatro frescas que le ha soltado la verdulera mayor del reino al unionista de turno (o a alguno de ERC, ese partido que pone en peligro el futuro de Puchi y, lo que es peor, el suyo)--, narradas por alguno de los becarios explotados por el bueno de Pepe. Es así como asistimos al auge de lo que podríamos denominar Majaderismo Lazi, auge del que se benefician una pandilla de energúmenos simplones cargados de odio y carentes de gracia y talento cuya única misión es insultar al enemigo. Por regla general, lo hacen con unas cuantas frases en la tele de mierda que pagamos todos o en las redes sociales. Y cuando el coco no les da para más, “Puta España” y a seguir tarifando.

Este modelo de imbécil patriótico se reproduce a mayor velocidad que los conejos. Y últimamente lo hace con singular energía en el sector juvenil, dado que el agit prop del régimen anhela conectar con la muchachada y se pasa el día buscando influencers, graciosillos y raperos que se expresen exclusivamente en catalán. Como son pocos y malos, acabamos viendo siempre a los mismos (no sé cuantas veces ha salido ya en TV3 un rapero espantoso apodado Lildami que, como casi todos sus colegas, se dedica a propagar tópicos sobadísimos, pero lo hace en catalán). La última estrella fulgurante del movimiento de los Nuevos Majaderos es una tal Juliana Canet, una chica de pueblo que podría ser atractiva si el odio que la consume dejase alguna vez de deformarle los rasgos. Como el mundo de los influencers se expresa mayoritariamente en inglés y en español, cuando sale alguien que utiliza el catalán, hay que canonizarlo ipso facto y soltarle unos mangos en la mejor tradición puix que parla català, li darem uns dinerets. De ahí que la señorita Canet salga últimamente hasta en la sopa. Y, hasta el momento, es la última en darse cuenta de que, en la Cataluña del prusés, el odio a España se puede monetizar rápidamente.

Evidentemente, lo que trincan todos estos tontos de capirote es una miseria si lo comparamos con lo que pillan los políticos y los grandes comunicadores del régimen. Pero por algo se empieza, tú. Todas las sociedades albergan taraditos como Jair Domínguez y Toni Albà, pero es posible que Cataluña sea el único paisito del mundo que, en vez de ignorarlos y condenarlos a la irrelevancia que merecen, los alimenta con dinero público, del que nos sacan a usted a y a mí con nuestros impuestos. Ante semejante chollo, cualquier miembro de los Nuevos Majaderos (que no me olvide de Pilar Carracelas, eterna y voluntariosa aspirante a tertuliana fija en TV3) se lanza a por la pasta a los gritos de “¡Tonto el último!”. Puede, incluso, que haya una tarifa especial para cada vez que sueltan lo de “Puta España”. Y es que, como diría Manuel Fraga, aquí el más tonto hace relojes. O cultiva marihuana y se larga un monólogo sobre la necesidad de matar a policías, como el badulaque de Argençola, a quien solo le queda el consuelo de convertirse en el nuevo Pablo Hasél si a la turba de ladrones de bolsos de Loewe y patinetes de Decathlon les da por exigir su libertad inmediata en nombre de la libertad de expresión. Algo que, en este paisito absurdo y con tendencias suicidas que hemos fabricado entre todos, puede suceder mañana mismo.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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