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Ni lágrimas ni besos en la boca

Ni lágrimas ni besos en la boca

Domènech no tiene ni la más zarrapastrosa idea de qué demonios quiere ser, no ya cuando sea mayor, sino el 21D

10.12.2017 00:00 h.
3 min

El candidato de este artefacto --con un nombre tan largo que cuando llego al final ya me he olvidado del principio-- nos ha perpetrado en el Jazz Cava de Terrassa un mitin de formato casi íntimo, apenas setenta sillas y dos docenas de taburetes --en uno de los cuales yacían mis posaderas-- contra siete cámaras de televisión, una veintena de tiernos periodistas y la consabida nube de fotógrafos, todos llegados para la ocasión. O faltaban caballos o sobraban indios. Xavier Domènech estaba en modo contenido, sin los habituales aspavientos, limitándose, como toda excéntrica modernidad, a utilizar el género femenino, hasta que se ha pasado definitivamente al consabido latiguillo de "compañeras y compañeros" que siempre queda más apañado con la Real Academia Española.

Después de escucharle con toda la atención que me ha permitido mi posición sobre el taburete, he llegado a la conclusión de que no hay ninguna conclusión. Es decir, que el señor Domènech no tiene ni la más zarrapastrosa idea de qué demonios quiere ser, no ya cuando sea mayor, sino el próximo día 21 de los corrientes por la noche. No quiere ni esto, ni aquello, ni todo lo contrario y entre los bloques quiere ser un corta hielos. ¡Ah, caray! Ni con el tripartito del 155 ni con los independentistas, porque a la hora de la verdad, son simples circunvalaciones que conducen al mismo sitio: la malvada derecha de siempre.

"Un solo pueblo"

No le gusta nada de los otros contrincantes, a todos les ha puesto a caer de un burro, y entre Arrimadas y Rovira se queda con Évole. Ahí le alabo yo el gusto. Algo querrá, se preguntarán ustedes. Tiene, por lo visto, la extraña perversión de pretender resucitar a un muerto, de devolverle la vida al extinto PSUC, el partido de los comunistas catalanes, que en paz descanse, sacar a pasear a ese zombi del catalanismo popular de izquierdas y del "un solo pueblo" para mayor gloria de Jordi Pujol. Y para ello nada mejor que Terrassa la Roja, cuyo último gran logro fue municipalizar el suministro de agua --ríanse de expropiar la tierra o nacionalizar la banca-- para sana envida de un hijo de Sabadell, ciudad vecina, rival, íntimos enemigos, como reconoce ser él mismo.

Habla bajito, para ponerse interesante, casi susurra al oído de los asistentes. Víctima de un arrebato, alza de repente la voz para exclamar que quiere "una Cataluña en la que nos podamos mirar a los ojos, los unos a los otros". Me ha recordado que tengo que pedirle hora al oculista.

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