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Bozzo nos facilita la vida

Guillem Bota
11.01.2021
5 min

El director teatral Joan Lluís Bozzo ha compartido en las redes su propósito para 2021. Todo el mundo se marca propósitos cuando empieza un nuevo año, pero solo los verdaderos genios van más allá de dejar de fumar o apuntarse a un gimnasio, y eso que esto último le convendría al amigo Bozzo. El comediante Bozzo tampoco se conforma con desear la paz en el mundo o que los negritos dejen de pasar hambre y frío, no, él piensa a lo grande, no se anda con chiquitas. Bozzo se propone para 2021 ni más ni menos que no responder en castellano, aunque su interlocutor se le dirija en esta lengua, aunque no entienda el catalán, aunque, de rodillas, llore suplicando que le hablemos en un idioma que entienda. Y no solo en Cataluña, también en Baleares y Valencia, quién sabe si para más adelante se propondrá extender tal norma a todo el orbe. No contento con eso, o quizás pensando acertadamente que, si mucha gente se comporta de la misma manera, él dejará de quedar como el único estúpido intolerante, realiza un llamamiento a que todo el mundo actúe igual. “¿Hace? A saco”, termina su arenga, a la manera de un adolescente incitando a los colegas a fumarse un cigarrillo a escondidas de sus papás.

Bozzo es un señor de dientes prominentes, no por tamaño, sino porque parecen tirar permanentemente, hacia adelante, del resto de la cabeza, como si la naturaleza le hubiera dotado de serie con un artilugio para andar por la vida mordiendo. Y a ello se dedica con constancia. Hace unos años ya intentó conseguir sus minutos de gloria insultando al vigilante de un párking porque este no se le dirigió en catalán, usted no sabe con quién está hablando, mire bien estos dientes. O solicitando que el Teatre Nacional de Catalunya no contratara a su colega Joan Ollé, porque, al parecer, las críticas de este al procés le convertían en mal catalán, sea eso lo que sea, aunque sospecho que mal catalán es todo aquel que Bozzo cree que es mal catalán, y no hay más que hablar.

Como se ve, sus dientes no engañan, al comediante Bozzo le encanta morder a quien piensa distinto a él; es decir, a quien simplemente piensa. Uno se imagina a Bozzo enfurruñado este año que acaba de empezar, en cuanto alguien se le dirige en una lengua distinta al catalán, amenazando con dejar de respirar si alguien comete la desfachatez de decirle algo así como “¿sería tan amable de hablarme en castellano, que no he entendido lo que me dice?”. Por el momento, la campaña iniciada por el comediante no incluye abofetear al interlocutor, ni siquiera escupirle en la cara, supongo que eso serán propósitos para 2022.

Hay que reconocer que la idea de Bozzo​ tiene su utilidad. No es fácil distinguir a la primera a los berzotas. Antes, todo el mundo conocía a los tontos de su pueblo, pero, hoy, entre que las ciudades han crecido y que todos vamos con prisas, no es extraño que algunos se nos pasen por alto, con los problemas que ello conlleva. Lo que intenta el comediante Bozzo es facilitarnos desde el primer momento la identificación de los más tontos entre los tontos. Gracias al sencillo método de dirigirnos en castellano a este hombre que acaba de sernos presentado, a aquel otro que quiere vendernos un seguro de vida o a esa señora a quien hemos cedido el asiento en el metro, podremos saber a la primera si son gilipollas: si, a pesar de nuestra educada insistencia, se resisten a dejar de hablarnos en catalán, será señal inequívoca de que estamos ante uno de los tontos del pueblo. Bozzo queda excluido de esta prueba, en su caso no es ni siquiera necesario que nos hable para que lo sepamos con certeza.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.