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Bismarck, Napoleón y Puigdemont

Guillem Bota
01.10.2018
5 min

Los amigos de Puigdemont, si los tuviere, harían bien de aconsejarle que se encerrara en el chalecito de Waterloo, que buenos dineros nos está costando a los catalanes, y dejara de conceder entrevistas, publicar libros y, si me apuran, incluso de hablar con los vecinos. El prófugo expresidente se asemeja a alguien que se está hundiendo en arenas movedizas y cuanto más bracea e intenta salvarse, más se hunde. Sólo que en su caso no son arenas sino materia fecal. Mierda, en román paladino.

No hace mucho, se prestó el hombre a una entrevista en una televisión belga, creyendo que sería como en TV3, donde incluso cuando va a orinar hay un palanganero que se la coge para evitar que las presidenciales manos toquen lo intocable. Sucedió que un periodista --no en todas partes están a sueldo del Govern-- le soltó a la cara lo que tanta gente, e incluyo a muchos cargos de ERC, piensa en Cataluña pero se atreve solo a decirlo en familia y con la radio a todo trapo como si viviera en la extinta RDA, que las paredes oyen. Le argumentó dicho periodista a Puigdemont que, si tuviera dignidad, no estaría en un plató televisivo concediendo una entrevista, sino en la cárcel, compartiendo pena y penalidades con los que fueron sus amigos. La respuesta balbuceante de quien cuando era presidente no se atrevió a votar en su colegio electoral al saber que allí estaba la Guardia Civil, fue digna del personaje:

--Si estuviera en la cárcel no podría estar en este estudio.

Lo cual es una forma sencilla de decir que a pesar de las preguntas incómodas se está mucho mejor aquí, calentito y con catering de gorra, que compartiendo celda y rancho carcelario con Junqueras. A la vez, es una forma de hacerle al mismo Junqueras una pedorreta televisiva y en prime time.

De todas formas, con tal reconocimiento explícito de no poseer el don de la ubicuidad, Puigdemont bajó un escalón en su estatus, puesto que renegó de su condición de divinidad, algo inconcebible. Para sus fieles debió de ser un shock saber que aquél a quien tenían por Dios, no es más que un humano que ni siquiera puede estar en dos sitios a la vez. Desde que Hiro Hito renunció a ser Dios, no se veía en la tierra cosa igual, si a los catalanes les da por empezar a comer arroz y pescado crudo, no habrá quien los distinga de los japoneses. A ganas de sacrificarse por el jefe, van empatados.

Que no sea un Dios no significa que Puigdemont se crea igual que los demás mortales, todavía hay clases. Coincidiendo prácticamente con su show televisivo, salió a la venta su libro, titulado La crisis catalana. Una oportunidad para Europa --atención al guiño europeísta--, un último intento por conseguir que algún líder Europeo le atienda al teléfono, ni que sea para saludarle. No me detendré en fruslerías contenidas en el mismo, como que tiene una pulsión anarquista, que la gente sigue sus "aventuras" (sic) por televisión, o que teme que los servicios secretos españoles le coloquen una bomba en el coche, eso son minucias para quien conoce al personaje. Mi frase preferida es "no me veo a mí mismo como un líder, pero la historia me acabará contradiciendo". Ahí lo tienen. El pobre no quiere ser líder, pero la historia, esa saboteadora de los humanos deseos, se ha empeñado en llevarle la contraria. ¿Qué hacer? ¿Cómo luchar contra el propio destino? Uno quiere pasar por la vida de puntillas, y la historia le reserva un lugar al lado de los más grandes, allí donde le esperan con los brazos abiertos Napoleón, Bismarck y Washington. Es decir, en el pabellón de irrecuperables del psiquiátrico de Geel, a solo 65 kilómetros de Waterloo.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.