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Baja el número de independentistas... y más que bajaría

Guillem Bota
18.11.2019
5 min

Qué raro que los partidarios en Cataluña del independentismo caigan al 41%, ¿verdad? Qué raro que el porcentaje haya caído ocho puntos, ¿verdad? Con lo moderados, razonables y conciliadores son los dirigentes políticos y parapolíticos (ANC, Òmnium...) catalanes, parece mentira que los partidarios de lo que éstos propugnan vayan descendiendo con la misma celeridad con la que aumentan los partidarios de seguir siendo españoles. No me lo explico. Cuesta de creer que mientras los CDR perjudican en todo lo posible a empresarios y trabajadores, la gran mayoría de ciudadanos que aspiran nada más (y nada menos) que a seguir dignamente con su vida e intentar llegar a fin de mes, se vayan desmarcando de la ideología de quienes envían niñatos encapuchados a joderles la existencia. Y todo ello según el Centre d’Estudis Estadístics, o sea el INE de la Generalitat catalana, que vayan ustedes a saber si no habrán hinchado las cifras para que la derrota, porque de una derrota en toda regla se trata, resulte menos humillante.

Da igual que quieran disfrazarlo o maquillarlo, ya ni siquiera pueden. A la hecatombe política del independentismo le siguió la hecatombe judicial, y ahora la hecatombe ciudadana no hace más que echar las últimas paletadas de tierra sobre el cadáver. Y no se trata de un cadáver joven y hermoso, como propugnaban algunos allá por los 60, sino de un fiambre hediondo que llevaba meses al sol.

Y aún con todo, la cifra podría ser mucho más baja, lo sería sin duda, si no se limitara a preguntar a los catalanes si quieren la independencia, que querer algo en abstracto y regalado es muy fácil. Lo que se les debería preguntar es cuánto están dispuestos a pagar, o a sacrificarse, por ella. Porque claro, una cosa es que alguien me pregunte a mí si me gustaría tener una aventura con mi vecina del quinto, y la otra es si estoy dispuesto a pagar por ello 5.000 euros y a asumir las altas probabilidades de que me pille su marido el artificiero.

La pregunta buena, la auténtica, para hacer a los partidarios de la independencia, es a qué precio quieren ser independientes. Siendo el más alto, pongamos por caso, la vida de un hijo, y el más bajo el sueldo de un mes, porque no estar dispuesto ni siquiera a perder una triste mensualidad no es querer la independencia ni nada, es soñar despierto.

Aunque a oídos de gente racional suene extraño, estoy seguro de que no faltarían los dispuestos a perder un hijo por la "libertad de Cataluña", se lo digo yo, que conozco el grado de locura de esta tropa. Pero dudo que el porcentaje llegara al 1%, ni siquiera en Cataluña hay tanto majara suelto. A partir de ahí, se trataría de ir rebajando el precio.

- "¿Estaría usted dispuesto a perder su casita en la Costa Brava por la independencia?"

- "¿En lugar de eso no puedo sacrificar un hijo?", respondería más de uno.

Y perder el coche por la república. O el televisor extraplano. O el abono al Nou Camp. O el amor de la vida, no vamos a centrarnos sólo en temas mesurables económicamente. O la salud. O una pierna. Etcétera. Veríamos entonces cómo desciende alarmantemente --todavía más de lo que está bajando-- el número de partidarios de la independencia. Porque sí, es muy bonito declarar que se aspira a algo, pero uno demuestra que quiere algo de verdad cuando está dispuesto a todo para conseguirlo. O a casi todo. O a mucho. O a un poquito. A algo, por lo menos. Y el problema de los catalanes es que vivimos demasiado bien como para querer perder nada de lo que tenemos. Aunque lo digan con la boca pequeña. Aunque en las encuestas salga un triste 40% de independentistas. Mentira. Ni a eso llegan si les piden sacrificios.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.