El autobús perdido de la ANC

Guillem Bota
12.04.2021
6 min

La última vez que vi un bus de propaganda circulando por Barcelona, informaba con letras bien gordas de que los niños tienen pene y las niñas tienen vulva, que no es precisamente algo que ignorara, por lo menos a los de mi edad nos enseñaron eso, aunque ahora haya quedado desfasado. Ahora puede tener vulva cualquiera que se lo proponga, y no digamos pene, incluso puede uno poseer ambos atributos, para ir cambiando según el día, según apetezca mear sentado o de pie. Las cosas son así y de nada sirve ir contra el signo de los tiempos.

Por eso, cuando este sábado vi por mi barrio un autobús amarillo con --otra vez-- letras legibles a la legua, imaginé que las cosas del sexo habían cambiado de nuevo y se nos informaba de que ahora ya nadie tenía ni vulva ni pene ni nada, habiéndose conseguido por fin la tan ansiada igualdad. Resultó que no, que se trataba de un autobús fletado por la ANC instando, mejor dicho, exigiendo, a los políticos catalanes que proclamen de una puñetera vez la independencia, que ya llevan años prometiéndola y han llegado antes los niños sin pene que la república catalana, quién nos lo iba a decir.

La ANC se apunta por tanto a la moda de los autobuses con mensaje sexual, sabedora de que lo de la república catalana estuvo entre el coitus interruptus y la eyaculación precoz, más que precoz precocísima, ocho segundos se alargó la cosa, no más, hay conejos más resistentes. No faltan quienes sostienen que de eso nada, que ya quisieran, que aquello fue uno de los gatillazos más vergonzosos que se recuerdan, ya que dejó con las ganas a unos cuantos miles al mismo tiempo, lo nunca visto. Sea lo que sea, es un indudable problema sexual. No sé si a base de fletar autobuses se solucionan esas disfunciones sexuales, yo diría que lo que van a conseguir va a ser poner más presión sobre ERC y JxCat, y ya se sabe que la presión y los nervios son enemigos de la líbido. Si uno tiene ya dudas de sus propias capacidades, echar una ojeada por la ventana y ver un autobús que le exige cumplir como un hombre, suele producir un efecto contrario al deseado. Así no hay manera.

Independència, ara”, llevaba escrito el bus en su parte frontal, como quien le cuenta a los transeúntes si las niñas tienen pene o vulva, y despertando el mismo interés, es decir ninguno. Qué lejos quedan aquellos inicios del sueño, cuando se nos instaba a viajar a ítaca, símbolo de la libertad. Del romanticismo de llegar a la independencia a bordo de un bajel, desafiando a polifemos, sirenas y elementos, hemos pasado a querer alcanzarla a bordo de un autobús, como si fuéramos reclutas de permiso. De aquí a montarnos en un borreguero, no hay más que un paso.

Hay una novela corta de John Steinbeck, titulada El autobús perdido, en la cual se retrata a una serie de personajes --los pasajeros-- mientras viajan por la California rural de los años 40. Todos ellos perdedores en mayor o menor medida, igual como son perdedores sin remedio los líderes el procés y los propios jerifaltes de la ANC, que llevan años de derrota en derrota. El libro, al fin, es sobre todo un retrato de la decepción del sueño americano. Nuestro autobús perdido, el que está circulando en estos momentos por las calles de Barcelona, retrata a su vez la decepción del sueño independentista. Incluso estoy por asegurar que el autor estaba pensando en los miembros de la ANC cuando describía a alguno de los pasajeros del autobús californiano:

“Sus pensamientos e ideas no se veían sometidos nunca a la crítica, pues de forma deliberada se relacionaba solo con aquellos que eran como él”.

 Steinbeck olvidó anotarlo, pero el dichoso autobús de su novela era amarillo y en su parte delantera lucía el rótulo “Independencia, ahora”.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.