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Crímenes y castigos

Ignacio Vidal-Folch
6 min

Los actos que cometieron 14 jóvenes "ultras" en el “asalto” (en realidad, poco más que una irrupción) a la librería Blanquerna el 11 de septiembre del 2013 consistieron exactamente en lo siguiente, según los resumía con fidelidad ayer la nota de El País: "El grupo ultra irrumpió en el salón de actos entre gritos de ‘no nos engañan, Cataluña es España’, y se abrieron paso a empujones a varios asistentes, entre los que se encontraban algunos diputados y el delegado de la Generalitat, que se hallaba en el uso de la palabra. Tiraron al suelo el atril y causaron daños materiales".

Según creo recordar, durante el incidente uno de esos diputados catalanistas, Josep Sánchez Llibre, del partido Unió Democràtica de Catalunya (hoy en el basurero de la Historia), quiso plantar cara a los intrusos, “¡Escolti!”, pero fue en vano su gallardía, pues fue desplazado del paso por el indiferente manotazo de un grandullón. Otro tiró al suelo una bandera: en eso consistieron los "daños materiales".

De inmediato, dando por acabada la "performance", los agresores salieron del local, y la masa de beatos catalanistas allí reunidos en tan señalada fecha, tras rasgarse un poquito las vestiduras y posar como vírgenes ofendidas, pudieron seguir con el acto; acto tan discutiblemente necesario como casi todos los que se celebran en ese lugar caprichoso, frecuentado por ese “Delegado”, también caprichoso y a todas luces innecesario y prescindible.

Muy poca gente más lo frecuenta: siempre que me he asomado por la Blanquerna, tras asegurarme de taparme la nariz con un pañuelo bien empapado en agua de colonia, a modo de prevención contra cualquier clase de virus, me he encontrado con que el lugar es un remanso de paz deliciosamente vacío --el Śūnyatā de los budistas--, en perfecta sintonía con su vacuidad intelectual, social y económica-- pero que, eso sí, nos cuesta un ojo de la cara a los catalanes.   

El sistema de propaganda catalanista convirtió ese incidente insignificante en una especie de Kristallnacht. En el juicio, los abogados de CiU y Sánchez Llibre reclamaron, en castigo por el empujón y demás ofensas y daños materiales, '16 años de cárcel' para los acusados.

Teniendo en cuenta que el partido Unió, en el que militaba Sánchez Llibre, decía ser católico confesional, acaso su dirección podía haber recordado el crístico consejo de poner la otra mejilla y retirado los cargos, y a otra cosa mariposa. Claro que la gente de aquel partido más que cristianos-pata-negra parecían ligeramente fariseos. O, si se me apura, filisteos.

Ayer se cumplía el plazo para que, en castigo por tan horrendo crimen del 2013 --había empezado ya la loca deriva del Astut hacia la catástrofe--, los “asaltantes” a la Blanquerna ingresasen en prisión, a pasar dos años y nueve meses, que es la pena que se les impuso finalmente, o el tiempo que sea costumbre cuando aquella supera los dos años de cárcel, pero por poco.

Pero el ingreso ha sido suspendido mientras se tramitan los recursos que algunos de ellos han presentado ante el Tribunal Constitucional y los indultos que otros han solicitado.

De momento, esos jóvenes (ciertamente algo energúmenos) llevan ocho años con la espada de Damocles suspendida sobre sus cabezas. 

Si ese es el castigo por interrumpir a gritos un acto en una librería y dar un empujón, no quiero ni imaginarme qué penas les caerán a los jóvenes “antifascistas” que el otro día en el barrio de Vallecas agredieron a pedradas a la delegación de un partido político legalmente constituido que trataba de celebrar un mitin en la plaza de la Constitución y causaron 35 heridos, 21 de ellos, policías.

Lo que es seguro es que todos los Caifás y sepulcros blanqueados que, en nombre de la democracia, vienen alentando desde sus púlpitos y sus tribunas las agresiones contra ese y otros partidos políticos, se frotan las manos.  

En fin, así se va configurando una atmósfera calentita, calentita, cada vez más calentita; así se va extendiendo, poco a poco, la concordia y la convivencia en el mejor de los mundos posibles.

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.