Artur Mas pasa un cepillo de alto standing

Guillem Bota
19.07.2021
5 min

Mientras espera a ver si los catalanes se marcan un detalle y le pagan la fianza del Tribunal de Cuentas, Artur Mas se ha llevado a su santa a pasar unos días a todo tren en Ibiza y Formentera. Las penas con pan, son menos, y con marisco y pescado fresco a razón de cien euros por cabeza, ni les cuento. Puestos a esperar a que los catalanes --porque, aunque al final pague el Govern, pagaremos todos los catalanes-- se muestren generosos con él, para qué hacerlo sentado en el sofá de casa, si puede uno esperar a bordo de un yate después de haber ido en jet privado a Baleares.

Supongo que Artur Mas aprovecharía que pudo codearse con gente pudiente --no todo el mundo tiene posibles para frecuentar los restaurantes, tiendas y establecimientos por los que se paseó ese matrimonio-- para pasar el sombrero. Imagino que los clientes del restaurante Sa Nansa agradecerían con monedas y quien sabe si algún billetito, que Mas y su señora interpretaran a dúo piezas típicas de las que alegran una cena, como Ojos verdes o Borriquito como tú. O quizás la señora tocaba la trompeta y Artur Mas trepaba a una escalera, este hombre de trepar sabe un rato y los espectadores seguro que recompensarían generosamente el espectáculo.

Uno escucha a Artur Mas y se diría que no tiene donde caerse muerto, lo recuerdo no hace mucho en la radio, diciendo que él no va a pedir dinero a los catalanes, pero que si alguno quiere dar, no lo va a rechazar. Esa es la manera fina que tienen de pedir caridad los que se creen importantes: yo no me voy a rebajar a pedir, pero aquí está mi cuenta corriente por si alguien tiene a bien hacerme un ingreso, Visa sí. Y claro, después de eso, uno lo ve pegándose vida de ricacho y lo toma por un caradura. Pero no es eso, no. Él va allí a pasar el plato. No va a ir a que le den dinero en las barracas del Somorrostro, si es que queda alguna, donde como mucho le iban a invitar a un plato de potaje. Si uno quiere recibir caridad de la buena, debe ir a donde van los ricos, o sea, o a la salida de misa o los lugares de lujo. Como en la salida de misa siempre encuentra a algún otro pobre que lo echa de ahí con cajas destempladas por querer quitarle el sitio, el bueno de Artur se va donde los ricos, a ver si hay suerte.

Probablemente ya en el vuelo que lo trasladaba a Baleares, pidió limosna, aunque al ser un avión privado tuvo que conformarse con pedir a la tripulación. Hágase usted piloto, quémese usted las cejas estudiando, métase usted miles de horas de prácticas entre pecho y espalda, todo con la esperanza de ver su esfuerzo recompensado con una vida de lujo y azafatas, para terminar rascándose el bolsillo buscando unas monedas, como si estuviera parado en un semáforo de la calle Aragón.

Peor sería en el yate de lujo a bordo del cuál navegó por aguas baleares, donde además de la tripulación, tenía a tiro al resto de pasajeros para pegarles sablazos. Uno puede huir por patas si está en un restaurante y entra Artur Mas pidiendo pasta, o pidiendo a su manera de "yo no digo nada, pero el que quiera, que apoquine", pero de un yate no hay escapatoria posible. Cuántos de los invitados no saltarían por la borda, aun sin saber nadar, sólo por librarse del pelmazo de Mas y de sus cuitas con el Tribunal de Cuentas.

Será maravilloso viajar hasta Mallorca, en avión privado y yate de lujo, después de haber salido en los papeles haciéndose casi el sin techo. Otro en su lugar disimularía, intentaría por lo menos no dejarse ver mucho. Pero para qué. Él es Artur, él es de los buenos, que pague el pueblo.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Botap

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.