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Artur Mas ha perdido la dignidad

Roberto Giménez

por Roberto Giménez

17.07.2016
6 min

Este artículo es la continuación del publicado el jueves ('Los separatas tienen la manivela para vivir del cuento'), en el que les contaba que no entendía el harakiri voluntario de CDC auspiciado por un hombre aparentemente sensato como Artur Mas, pero que no tiene los pies en el suelo. La sensatez es como la cultura que tiene, de barniz. Lo disimula bien gracias al don de la palabra. Es la versión catalana de Felipe González.

El sueño de llegar a Ítaca le ha enloquecido y le ha hecho quemar sus propias naves para regocijo de su principal rival político, que no es el PP sino su socio de gobierno Oriol Junqueras.

La política crea extraños compañeros de viaje.

En sus seis meses de destierro en su Palacio de Invierno del Palau Robert había urdido un plan para volver a la primera línea de fuego de la Plaza de Sant Jaume porque tiene adicción al poder, ser el centro de atención de las cámaras y los flashes. Al revés que Mariano Rajoy, que les tiene indisimulado pavor, a Artur Mas le encanta. Es nuestra Marilyn Monroe con pantalones y a lo loco. Es Narciso que, antes de despedirse de la ajada Marilén, le gusta mirarse al espejo todas las mañanas y darse un delicado beso. Se le ve en la cara y en su complaciente sonrisa profident. Es difícil encontrar en la política un Zapatero igual.

El sueño de llegar a Ítaca ha enloquecido a Artur Mas y le ha hecho quemar sus propias naves para regocijo de su principal rival político, que no es el PP sino su socio de gobierno Oriol Junqueras

En estos seis meses en la sombra preparó la estrategia para volver a ocupar el sillón presidencial: fundación de un nuevo partido que hiciera tabla rasa al anterior, la colocación de Neus Munté como pareja de baile pensando que con este barnizado progresista exculparía su liberalismo de cuna, y colocando a Jordi Turull como fiel recadero siempre dispuesto a complacerle.

El nombre que ambicionaba era un cóctel a partes iguales de onanismo y vanidad: Más Cataluña que defendiera la transversalidad política de la asesinada CDC con un mensaje soberanista (todos somos soberanistas: la soberanía recae en la nación; es un principio inalterable de la Revolución Francesa de 1789), pero no explícitamente independentista, porque ese había sido una parte del secreto del éxito de la antigua Convèrgencia. Vamos, quería una Convergència sin Jordi Pujol, ese nuevo partido sería Más Cataluña de Mas. Círculo completo y tenía que llegar mucho más lejos que el partido muerto...

Sin embargo, es bien sabido que el ser humano acostumbra a creer en lo que desea, por eso los embaucadores engañan tan fácilmente, y aunque no me crean, Mas es un hombre que no mea la última de Calvin Klein ni depone rosas flagrantes, sino que tiene que tirar de la cadena cuando va al escusado dos veces al día como cualquier vecino de la escalera.

Pues ese plan urdido durante seis meses en el Palau Robert fue directo al waterclós cuando autorizó que el congreso de refundación se convirtiera en una asamblea estudiantil made in ERC y las chicas alegres de la CUP. Y ya se sabe lo que pasa en las asambleas de la facultad cuando se pierde el guión preestablecido. Mas estaba tan embebido de sí mismo, tantas loas y ditirambos había recibido de sus paniaguados, que creyó, cual Moisés, que con su voz y su vara de mando conseguiría abrir la Vía Catalana en el mar Rojo.

Y la asamblea de asociados (ya no militantes) decidió atropellar no sólo el discurso del vanidoso sino el sentido común porque entró de lleno en el universo de la ERC de los últimos veintiséis años. La vieja ERC de Macià y Companys se declaraba confederal, fueron Àngel Colom y Pilar Rahola quienes la asaltaron en 1990 y le pusieron la etiqueta independentista. Lo de republicano sí que es de nacimiento.

El PDC se ha proclamado independentista y republicano en su declaración de principios, y tan encoñados están que no parece que sea la jocosa declaración de Grouxo Marx: estos son mis principios pero si no le gustan puedo cambiarlos.

Así fue como los convergentes el viernes 8-J en el Congreso de fundación se convirtieron en un hombre masa, el Bruto colectivo, y apuñalaron a su líder, guía espiritual y sucesor del ex Molt Honorable Jordi Pujol. Pero como pasa en el teatro, no en la vida real, Julio César no murió. La vanidad le puede. Si tuviera la dignidad de la que carece habría muerto, dimitido, pronunciando las palabras que William Shakespeare puso en su boca: ¡Tú también, Bruto, hijo mío!

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