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Arco 2016, el arte no participativo

Eva Moll de Alba

por Eva Moll de Alba

27.02.2016
4 min

En Arco una pantalla suspendida en vertical proyecta pequeñas cuadrículas de colores con números iluminados. El cambio constante de colores y números invita a acercarte. De repente, tu sombra se refleja en la pantalla que se ilumina con más intensidad y los números se empiezan a ordenar dentro de la silueta dejándonos intuir una fecha: 1984. La pantalla nos mira, big brother is watching. Esta obra de Rafael Lozano-Hemmer es una de las más representativas del momento porque, aunque haga referencia al clásico de George Orwell, obliga al espectador a participar para comprender, y su contenido es más actual que nunca, con esa nube que contiene toda nuestra información y que comenzó con el fenómeno de internet.

Esta edición de Arco, en la que celebra su 35 aniversario, homenajeando a las 33 grandes galerías internacionales que han tenido un papel importante en la evolución de la feria, presenta obras de primer nivel, menos provocativas y arriesgadas pero sin duda más comerciales y con mucha belleza visual, primando la utilización de elementos como el metacrilato, el papel y la fotografía.

Utilizando el recurso de la transparencia a través de la superposición de capas encontramos un big bangde frases literarias en tres metacrilatos del británico Idris Khan o la nube de Leandro Erlich que sutilmente escondida entre doce metacrilatos resulta imposible de fotografiar.

El papel se hace omnipresente, en grandes y pequeños formatos, con toda su sencillez, cortado, quemado o en fotocopias. En su forma más básica, la extensa instalación de Ignacio Uriarte de papel arrugado y vuelto a estirar; la belleza de las intuitivas figuras que se esconden bajo el papel quemado con pólvora de Tomás Espina; la sutileza de los papeles cortados de Claire de Santa Coloma, o los recuerdos de Adam Jeppesen en fotocopias unidas con alfileres.

También destaca una magnífica obra textil del artista madagascareño Joël Andrianomearisoa, premiado con el Audemars Piguet Prize de Arco 2016, un impactante tapiz de telas oscuras superpuestas acompañado de delicadas instalaciones de papel negro y blanco.

Sin embargo, me ha sorprendido cómo el tiempo se detiene en Arco, los materiales y las obras cambian y se reinventan lentamente pero el espectador conserva su papel de mero observador. Al contrario de lo que pasa en la vida real, en donde la información a través de las nuevas tecnologías fluye e invita a participar y opinar, en Arco el espectador mantiene una distancia que limita la comprensión de la obra y la difusión del mensaje.

Al contrario que en otras ediciones, los mensajes de los artistas se han vuelto mucho más sutiles y nuestra visita nos hace abstraernos del complicado mundo en el que vivimos y disfrutar de mucha belleza pero poca denuncia visual. Detrás de tanta belleza hay muchos mensajes, como el 1984 de Lozano-Hemmer, que quedan ocultos al espectador. En este sentido, el arte podría utilizar la tecnología para unir al artista con el público y potenciar de esta forma la difusión de la obra y la reflexión. La comunicación a través de plataformas tecnológicas ya existentes podría ser el canal para hacer del arte contemporáneo un arte más universal.

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