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La inanidad y la debilidad perturbadoras de ERC

Jordi Garcia-Petit
7 min

Si el próximo gobierno de la Generalitat se formara en torno a una presidencia de Pere Aragonès (ERC) con el sostén y participación de los partidos independentistas, no habría ninguna garantía de estabilidad, moderación y cambio respecto a la deteriorada situación institucional de los últimos años, puede que incluso empeorara. Corre, sea bulo o no, que la CUP aspira a ocupar el Departamento de Interior. Sería algo así como confiar a la zorra el cuidado del gallinero.

Un partido de gobierno es su historia (memoria y antecedentes), su programa (objetivos políticos y sociales), sus dirigentes y su capacidad de gestión gubernamental.

ERC no saca buena nota en ninguno de estos capítulos.

Dejando ahora de lado el periodo excepcional de la Segunda República y la Guerra Civil, la experiencia gubernamental de ERC, antes de su participación en los gobiernos de Carles Puigdemont y Quim Torra, se reduce a los tripartitos de 2003-2010 (PSC, ERC, ICV) en los que destacó por su deslealtad y los problemas que creó, lo que en buena medida deslució el balance de los tripartitos.

Recordemos la insólita escapada a Perpiñán en enero de 2004 de Josep-Lluís Carod-Rovira, siendo conseller primer del Govern y presidente en funciones de la Generalitat en ausencia de Pasqual Maragall, para entrevistarse con ETA. Y la campaña de ERC en junio de 2006 a favor del “no” en el referéndum del nuevo Estatuto de Autonomía después de haber participado conflictivamente en su elaboración y de haber pujado al alza con CiU por su contenido.

ERC ha detentado responsabilidades importantes en los gobiernos independentistas: Economía, Justicia, Trabajo Salud… En 2015-2017 Oriol Junqueras fue vicepresidente y conseller de Economía y Hacienda sin otro mérito conocido que haber presentado una tesis doctoral sobre el pensamiento económico en Cataluña en los siglos XVI y XVII. Y así le fue a la economía.

Su paso por el gobierno se limitó a la preparación subrepticia de “estructuras de Estado” y a la organización del “referéndum” del 1-O. Tampoco vio venir la debacle económica de las más de 5.000 empresas que deslocalizaron las sedes sociales de Cataluña y de los más de 38.000 millones de euros que salieron de los depósitos de las entidades bancarias.

En el gobierno de 2018-2021 Pere Aragonès sustituyó a Junqueras en la vicepresidencia y en la consejería de Economía sin que haya hecho algo para propiciar el retorno de las sedes y para revertir los recortes que casi han desmantelado el Estado del bienestar en Cataluña.

Pero, ante todo, ha sido el gobierno que ha tenido que afrontar --con competencias plenas en sanidad-- las consecuencias de la pandemia. Nada fácil para éste ni para ningún gobierno, cierto, pero ellos --ERC y los otros-- estaban obligados a mucho más, puesto que pretenden demostrar que son los “mejores” y que en su “Estado” habría habido “menos muertos”.

Los objetivos políticos definen un gobierno, los de ERC giran, como un hámster, en la jaula de la imaginaria república y los objetivos sociales figuran como un relleno o como un desiderátum de lo que sería la república.

Aragonès anuncia su candidatura a la presidencia y llama a apoyarle con el lema “amnistía y autodeterminación”, como si fueran cosa de coser y cantar. Lo mismo que antes del 14F, justificándolo ahora con que el independentismo ha salido reforzado de estas elecciones --falso, ha menguado en más de 700.000 votos respecto a diciembre de 2017--.  Es como si quisiera ignorar la realidad del resultado electoral y la tremenda crisis que nos aplasta.

ERC no es un partido de izquierda aunque lo ponga el rótulo, lo pregone Gabriel Rufián y la etiqueta encuentre un asentimiento amplio. Desde 1980 en que entregó sus 14 escaños para hacer presidente a Jordi Pujol hasta hoy, ERC ha dado su apoyo a las políticas conservadoras y a los recortes de CiU primero y de sus herederos después. Si hubo un paréntesis con los gobiernos tripartitos fue por las aportaciones del PSC e ICV.

Definir un partido es arriesgado porque la complejidad social obliga a muchas contorsiones, pero la práctica no engaña. Vista ésta en perspectiva, ERC es un partido fundamentalmente nacionalista y de centro con toques liberales y de derecha en lo social. Ello no impide que pueda coaligarse con partidos de izquierda. En las democracias europeas la mayoría de los gobiernos son un mix de izquierda, derecha y liberales.

Otra cosa es engañar con el rótulo y pretender captar el voto popular de los llegados de otras tierras de España para --dicen-- ampliar la base social, no para atender sus necesidades, sino para proseguir en mejores condiciones con el ideario independentista. Eso es una monumental estafa.

La contradicción insuperable entre (aparentar) ser de izquierda y ser (copia) nacionalista sitúa a ERC en la inanidad para la izquierda y en la debilidad frente a la presión desestabilizadora de JxCAT.

El PSC ha sido el partido más votado --le saca cerca de 50.000 votos a ERC-- e hizo una campaña propositiva y de superación de la fractura civil, en este sentido ganó las elecciones. Pero la aritmética parlamentaria con dominio independentista en escaños no le deja muchas posibilidades, aunque tendrán que contar de alguna forma con él.

ERC debería  recuperar la memoria de Josep Tarradellas --secretario general de ERC hasta 1957, miembro de referencia del partido hasta 1979 y honorable presidente de la Generalitat en el exilio (él sí)--, y no olvidar la lección de estadista de su magistral grito “Ciutadans de Catalunya, ja soc aquí”.

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¿Quién es... Jordi Garcia-Petit?
Jordi Garcia-Petit

Doctor en derecho.