Que aprenda el Olentzero de la mafia catalana

Guillem Bota
14.12.2020
5 min

Tienen suerte en el País Vasco: ahí, el Olentzero se conforma con dar un tirón de orejas a quien se le dirija en castellano. Bien es cierto que la amenaza se dirige abiertamente a los niños, y a estas edades un tirón de orejas duele de verdad, pero bueno, mientras la cosa no pase de ahí, los chavales seguirán haciendo lo que les dé la gana y escribiendo en la lengua que les salga de la punta del bolígrafo.

En Cataluña quisiera yo verles. Aquí no tenemos Olentzero que nos tire de las orejas. Aquí si no hablas en cristiano, o séase en catalán del que sale por TV3, te mandan a unos sicarios que, de momento, te adornan la fachada con pintadas amenazantes conminándote a largarte de Cataluña, paso previo --es de suponer-- a enchufarte la picana a las partes pudendas hasta que te salgan gorgoritos en un catalán que ríase usted de Verdaguer. Es lo que le ha ocurrido a la pizzeria Marinella, cuya propietaria, italiana, cometió el pecado de pedirle a un cliente que si le hablaba en catalán lo hiciera despacio, puesto que le cuesta entender esta lengua. Eso fue suficiente para que el cliente la acusara en Twitter y desencadenara toda una campaña contra este negocio. Según parece, para ser catalán auténtico no basta con hablar en catalán, sino que debes hacerlo a la velocidad adecuada, hablar despacio es de charnegos. Bendito Olentzero, que se conforma con un tirón de orejas. Los olentzeros catalanes, si pudieran, tirarían no de las orejas, sino de todos los miembros de quien no hable con soltura catalán, después de atarlo al potro de tortura.

Incluso alguien que procede del sur de Italia como la propietaria del Marinella debe de sorprenderse con los refinados métodos de la mafia catalana, que ha perfeccionado a los de su lugar de origen. En Cataluña ni siquiera es necesario colocar delicadamente una cabeza de caballo en el lecho de la persona a quien se quiere intimidar. Aquí, puesto que los mafiosos cuentan con el apoyo indisimulado de su clase política, se pueden permitir amenazar desde las redes sociales, o mediante llamadas telefónicas, o con pintadas en la fachada, sin que nada ocurra. Esa impunidad total que sólo atisbaron de lejos los mafiosos italianos, la han conseguido sin esfuerzo los mafiosos independentistas. Puede esperar sentada la propietaria del Marinella a que algún político independentista salga en su apoyo. Los que gobiernan en la Generalitat son en realidad quienes la están amenazando, quienes están haciendo pintadas invitándola a marcharse de Cataluña, sólo que ellos, como buenos padrinos, no se ensucian las manos y mandan a sus soldados a realizar el trabajo sucio. Esas cosas las enmarcan dentro de lo que llaman “libertad de expresión”, que es una forma de decirles a sus sicarios que no se preocupen y sigan a lo suyo.

El Olentzero es un aficionado, nada extraño, no hay más que verle, si parece un pastor metido a Santa Claus. Los que de verdad defienden el idioma son los mafiosos catalanes. Su pensamiento está claro: puesto que el castellano es la lengua mayoritaria en Cataluña y que ni todas las campañas de inmersión que tantos dineros nos han costado han conseguido revertir la situación --más bien al contrario, ya que han conseguido que el catalán sea considerado en muchos casos un idioma antipático--, echemos de Cataluña a todos los que no lo hablen. Hay que reconocer que como método para conseguir que el 100% de ciudadanos de Cataluña hablen catalán, es infalible. Claro que, cuando de Cataluña se hayan marchado tanto los castellanoparlantes como los catalanohablantes que están hartos de mafias y crimen organizado, los que todavía queden aquí, mirarán a lado y lado y no verán más que una pandilla de vagos e ignorantes. Eso sí, todos hablando en catalán.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Botap

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.