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Añorar a los amigos

Andrea Rodés
04.04.2020
11 min

Una de las ventajas de estar confinada en casa sin tener mucho trabajo ni hijos de los que ocuparme es que me sobra tiempo por un tubo. Así que he aprovechado para abrir la caja de los recuerdos familiares y empezar a leer todas las cartas y dietarios personales que guardamos de mi abuelo paterno, Manuel Rodés, a quien no tuve oportunidad de conocer. La mayoría de los documentos están fechados entre junio de 1934 --mi abuelo tenía entonces 19 años y acababa de licenciarse en Derecho-- y mayo de 1940, cuando se casa con mi abuela, así que su lectura me ha permitido imaginarme un poquito cómo fue de joven.  

Y… ¡oh! ¡cuántas sorpresas! He descubierto que mi abuelo, aparte de ser un ferviente lector y estar enamorado hasta la médula de l’àvia, tuvo cuatro grandes amigos de adolescencia y juventud, algo así como su “pandilla basura”, entre los que se incluía el poeta Joan Vinyoli, cuya obra, como buena ignorante que soy, apenas había leído hasta hoy. El resto de la pandilla lo formaban el médico Josep M. Sala y Esteve Monegal, primogénito del fundador de Myrurgia, que más tarde se convertiría en su cuñado.

Los cuatro se conocían de Santa Coloma de Farners, de donde era originaria la familia de mi abuelo, y se convirtieron en compañeros inseparables durante las largas vacaciones de verano, que empezaban el día de la verbena de San Juan. Juntos iban al cine, al baile de Festa Major, o al casino… pero, sobre todo, a hacer excursiones. Los cuatro amigos eran apasionados de la montaña y, a la que podían, acampaban al raso por los alrededores: Olot, Rupit, el Montseny.…  

En invierno, en Barcelona, también se veían. Vinyoli estudió en los Jesuitas de Caspe, como mi abuelo, y durante los años de universidad y posteriores, quedaban para dar largos paseos por la Bonanova, ir al cine o hablar de libros. Incluso llegaron a viajar juntos, como la escapada a que hicieron a Mallorca durante la Semana Santa de 1936, en la que no faltó el ascenso al Puig-Major (1.445).

Pero entonces estalló la Guerra Civil y los cuatro amigos fueron forzados a separarse: Manuel y Joan se quedan en Barcelona, Sala es enviado a hacer prácticas en el Hospital de Lleida, y luego a Manrersa, mientras Esteve se exilia en Ginebra, donde se ubicará temporalmente el laboratorio de perfumería de Myrurgia. Las cartas que se envían entre ellos, contándose sus vidas y diciéndose lo mucho que se echan de menos, despiertan el mismo sentimiento de añoranza que yo tengo estos días de mis amigos. Daría lo que fuera por ir a comer unos espaguetis con berenjena al bar de siempre con mis amigas de la uni, tomarme una cerveza con Marta, jugar al tenis con Miriam…

“Pensa que quan vaig a una cerveseria o algun lloc, el més segur és que tot seguit se m’acudeixi pensar “que bé anavem amb en Manuel, en Joan i en Sala”, és més, donaria qualsevol cosa perque pogués ser, però noi, no hi ha res a fer”, escribe Monegal a mi abuelo desde Ginebra el 7 de junio de 1937. En la misma carta, le agradece que le haya dado noticias de sus amigos y dice sentirse muy contento de saber que Sala se ha convertido en un “operador de hernias” y que por fin ha salido el primer libro de Vinyoli: “Primer Desenllaç” (publicado por Edicions de la Residència d'Estudiants, que entonces dirigía el poeta y crítico literario Bartomeu Rosselló-Pòrcel).

El título del libro, sin embargo, hace reír a sus amigos, algo habitual cuando un escritor pide la opinión sobre un título a sus conocidos. “No está mal”, escribe Esteve, “encara que em fa pensar sense voler amb “primera part” i si continuo dient en el que em fa pensar encara acabaré per sortir amb un títol de novel·la pornogràfica, bromea. “És evident que en Joan té idees!!”, añade, incrementando el cachondeo. “Les necessita fer sortir amb un titolet (ay) així. Ara que opino com tú –le dice a mi abuelo – “o sigui, que l’Assumpció hi té la seva part en “la descoberta” del títol.

Según las cartas que tengo en casa, “l’Assumpció” era la chica de quien Vinyoli estuvo enamorado durante toda su adolescencia. Cuando estaban juntos, los cuatro amigos tenían la confianza para hablar de chicas, contarse sus ligues y penurias, pero Vinyoli, parece ser, era un romántico empedernido que solo tenía ojos para Assumpció. “En temes de noies (excloent a Assumpció) en Vinyoli viu a la lluna o a la xauxa. Pero veuràs, o veurà ell, com es queda al primer disgustet que tingui una mica serio”, escribe Esteve. No es de extrañar, entonces, que el primer poema de “Primer Desenllaç” lleve como título “Assumpció”:

 “El somni amb tú es conlliga,

com el perfum al taronger.

El desmai en tu, però ets l’arbre

que intensament esvelt eleva

la fortalesa jove.

Un deix en tu, com l’ombra fina

del pollancre a la seva alçària.

La fatiga en tu, com el vespre

en la blancor viva del mur”.

Más allá de “la conyeta”, Esteve admite estar muy feliz por su amigo Joan y lamenta no poder estar en Barcelona para celebrar la publicación del libro.

“Ben mirat, encara que li haguem fet broma de la seva poesia, em fa una mica d’enveja. Veig en Joan com l’únic d’entre nosaltres quatre que ha sigut capaç d’agafar-se fort a una cosa del seu interès. Més aviat, li envejo pel que representa com a solució a passar les hores mortes”, escribe Esteve, admitiendo su admiración por una persona que no abandona su vocación. (Vinyoli, que era huérfano y su familia era de pocos recursos, no estudió en la universidad y ya de muy joven empezó a trabajar en la editorial Labor).

Quién más solo y distanciado se sentía de sus tres amigos era Josep. M. Sala, que durante la guerra fue enviado a hacer prácticas en el Hospital de Lleida, y más tarde, de Manresa. Mientras él está perdido “en un racó del món”, “a lo millor a en Vinyoli ja li han donat el Premi Folguera o a tú t’han acabat encantant les 8 hores de treball de perfumista”, le escribe a mi abuelo en una carta con fecha 17 de mayo de 1937.

Cuatro meses más tarde será mi abuelo Manuel quién se sienta profundamente deprimido y aislado, al ser encarcelado en la prisión de Girona. La noche de fin de año, Vinyoli le escribe una carta entrañable para felicitarle el santo (1 de enero) e intentar animarlo:

Et faria somriure que et digui això?: que fa cosa d’un mes m’agrada i bec, amb mesura, naturalment, conyac i vi? Fins ara no m’he donat compte de la importància inaudita d’aquestes coses. Pero no vull arribar a “ser un musclo aferrat a la roca, vingui tramuntana, vingui tempesta”, com una nit de fa molt temps volies ser tú amb insistència abrumadora i profunda. Aquell temps!! Aquell temps, Manel, de les anades al Montseny, de les acampades, etc, etc…. Tant de bo que ben aviat poguem tornar a estar junts. Hi confio”.

“Estaria tan bé que poguéssim reunir-nos en Joan, tú i jo a Santa Coloma”, escribirá Sala a mi abuelo Manuel casi un año después. Los tres amigos siguen separados y consumidos por la nostalgia. Pero al menos, como dice Sala, les queda la ilusión de pensar que pronto volverán juntos de acampada a la montaña: “Pesi el que pesi, tornarem a aplegar-nos al voltant de la “Bungalow”, la “Good Companion” i del “3 Cepas” [brandy] que allí es gastarà. L’aigua prendrà el color groc i en Vinyoli no donarà l‘abast de tanta xocolata, sucre i mermelada com li farem engolir”.

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¿Quién es... Andrea Rodés?
Andrea Rodés

Andrea Rodés (Barcelona, 1979) es periodista y escritora. Licenciada en Administración y Dirección de Empresas por ESADE, amplió sus estudios con un postgrado en Historia del Arte en el Courtauld Institute of Art (Londres) antes de dedicarse al periodismo y la escritura. Fue corresponsal del diario Público en China y ha publicado varios libros de ficción y no ficción en catalán y castellano, entre  ellos: Por China con Palillos (Destino, 2008), El Germà Difícil (La Magrana, RBA 2012) o Cuando se vaya la niebla (Huso Editorial, 2019).