Añorando los cortes en la Meridiana

Guillem Bota
21.02.2022
5 min

Como vivo cerca de la Meridiana, últimamente llego a casa más temprano de lo habitual, y una vez allí, entre las cuatro paredes, no sé qué hacer, mi vida se muestra completamente vacía. El motivo es que los amigos de Meridiana resisteix no han resistido nada a pesar de su bonito nombre, y a la que han aparecido los Mossos d’Esquadra se han ido con la música a otra parte. En cambio, durante los dos últimos años, gracias a la impagable labor de esas dos docenas mal contadas de vecinos que tenían por costumbre reunirse en mitad de la calzada cortando el tráfico, yo llegaba a casa con el tiempo justo para calentarme algo en el horno, ver un rato la tele e irme a dormir, tener la vida así de programada era comodísimo, no tenía que pensar en qué ocupar el tiempo libre, ya que, gracias a tan solícitos ciudadanos, no disponía ni de media horita. A fuer de sinceros, cabe reconocer que no todo el mérito era de esos vecinos --de hecho, ni siquiera sé si eran vecinos, tengo para mí que venían de otras zonas-- sino también de la policía, a quien no quisiera olvidar en los agradecimientos, puesto que los agentes colaboraban poniendo vallas e impidiendo la circulación de montones de vehículos, que llevaban en su interior otros vecinos del barrio como yo. Es decir, éramos cientos, quizás miles, los que nos beneficiábamos de los cortes de tráfico, éramos cientos o miles los que llegábamos a casa con el tiempo justo para comer, ver la tele y meternos en la cama. Un auténtico placer, una vida sin ratos que pudieran desembocar en aburrimiento. Los más afortunados conseguían incluso no ver a sus hijos durante días, ya que cuando lograban entrar en su domicilio, los pequeños ya estaban durmiendo. Y así un día tras otro. Eso sí que era vida. Y todo, gracias a menos de cincuenta individuos ahí plantados --más la policía, reitero el agradecimiento--, que se propusieron hacernos a los vecinos la vida así de sencilla durante dos años.

En cambio, ahora, llegamos a casa y no sabemos cómo comportarnos, en dos años hemos perdido la costumbre de saludar a los niños --eso, quienes tienen hijos con suficiente memoria para recordar a sus padres--, de dar un beso a la señora, de cumplir con el débito conyugal, de salir a cine, de sacar el perro a pasear. Todo eso ya nos es extraño, echamos en falta que alguien nos obligue a llegar tarde al hogar.

Somos un barrio de clase trabajadora, y encima con mucho castellanoparlante, supongo que esos detalles se tuvieron en cuenta a la hora de elegirnos para ser los beneficiarios de dicho experimento. No iban a cortar las zonas altas de Barcelona, donde ya la gente vive sin preocupaciones y sin apuros, mucho mejor cortar la Meridiana, donde los vecinos agradecen cálidamente que se les retrase la vuelta a hogar. Total, para cenar un poco de verdura y las sobras de ayer, mejor quedarse en un atasco de tráfico.

Algunos no han entendido que todo ha sido por nuestro propio bien. Lo de los presos --¿qué presos?-- era sólo una excusa, como lo demuestra el hecho de que en Madrid ni siquiera se han enterado de los dos años de cortes de tráfico. La verdadera razón era favorecernos a nosotros, los vecinos, que en la Meridiana somos pobres y miserables, y cuanto menos permanezcamos en casa, mucho mejor, así no tomamos conciencia de nuestra desgracia. Los independentistas son así, siempre dispuestos a ayudar a los demás, sea impidiéndonos llegar a casa por la noche, sea cortando las vías del tren para que no lleguemos al trabajo, sea invitándonos sutilmente a irnos de Cataluña. Pero siempre por nuestro bien, para que seamos más felices.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Botap

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla.