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Con lo ancho que es el mundo

Guillem Bota
12.11.2018
5 min

Uno de los lamentos recurrentes del procesismo, que ha aumentado de volumen a partir de que se hicieran públicas las penas que solicita la fiscalía, es el de asegurar que en ningún otro país de Europa estarían en la cárcel los líderes independentistas. Más aún, que sólo la justicia española --esa tan corrupta que hizo caer al gobierno anterior y tiene en la cárcel al cuñado del Rey-- considera delito hecho tan inocente como el de organizar un referéndum de independencia y proclamar la misma. En ese caso, además de delincuentes son imbéciles, puesto que bastaba con algo tan simple como no delinquir en España sino en cualquier otro país y hoy estarían más libres que una recién divorciada de viaje a La Habana.

Andorra, sin ir más lejos, dicho sea en el sentido de que es el país más cercano y con el que anteriores presidentes catalanes han mantenido cordiales relaciones bancarias. Si en lugar de pretender la independencia de Cataluña hubieran promovido la de Andorra, los valientes revolucionarios hubieran corrido distinta suerte. No tenían más que colocar los bártulos en el coche --urnas, pancartas, botellas de ratafía y papeletas-- y plantarse en Andorra en menos de dos horas.

--Muy buenas. Que venimos a proclamar la independencia de Andorra.

Estoy seguro de que las autoridades andorranas les habrían proporcionado un local social, o por lo menos una sala desocupada de un asilo, en la cual Puigdemont, Junqueras, Marta Rovira y toda la retahíla de revolucionarios hubieran podido pronunciar discursos, proclamas y chascarrillos sin que nada ocurriera. Y aquí paz y después gloria. ¿Por qué promover independencias en España, único país donde tal cosa está penada?

Puede darse el caso que consideren Andorra poca cosa para sus propósitos, al fin y al cabo se trata de un paisito con dos jefes de Estado al alimón, uno de los cuales es un obispo catalán; más que un Estado parece una romería. No hay problema, lo intentamos en cualquier otro país europeo, esta vez para atentar contra la integridad territorial. Demostraremos que nunca jamás es delito. Colocamos de nuevo los bártulos en el maletero, ahora para plantarnos en Moscú. Mucho frío en Moscú, sí, pero vamos a lo grande: de la pequeña Andorra al país más extenso. Alguno de ustedes puede objetar que Putin no se anda con chiquitas, no hay más que ver como trata a chechenos y demás, a ver si Junqueras y Puigdemont se van a desayunar un te con polonio como no anden con tiento. Nada de eso: veremos cómo en ningún país de Europa se persigue a nadie por atentar contra la integridad territorial. Contra la española, por supuesto. Ni siquiera será necesario llegar hasta Moscú, bastará con detenerse en cualquier pueblecito y preguntar por el alcalde o, en su defecto, por el monje de guardia.

--Muy buenas. Que venimos a proclamar la independencia de Cataluña.

Y en un visto y no visto les prestarán una mesa en la taberna para que, ante el indudable interés de unos cuantos parroquianos cocidos a vodka, anuncien al mundo que Cataluña es un Estado de pleno derecho. Y tengan por seguro que no hará acto de presencia ni el juez ni la policía, como no sea para beber su ración de vodka a cuenta de estos señores tan simpáticos que no se sabe bien qué están diciendo.

Asumido que tienen toda la razón cuando sostienen que en ningún lugar fuera de España se les acusaría de haberse rebelado contra el Estado, debemos preguntarnos por qué son tan asnos de haberlo hecho precisamente aquí. Con lo ancho que es el mundo.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.