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La amplitud de miras de Laura Borràs

Manuel Peña Díaz
5 min

“Hay que tener amplitud de miras” fue el comentario más reseñable que le hizo la diputada electa Laura Borràs a los periodistas de una tertulia televisiva que aparentaban debatir sobre el conflicto catalán. Y no iba desencaminada la política independentista. Esa respuesta es, sin duda, la más usada por esta nueva generación de políticos que ha ido ocupando el poder desde hace algo más una década.

No hay duda de que sin amplitud de miras es incomprensible la conclusión del ministro Ábalos sobre la primera sentencia de los ERE: “No es un caso del PSOE”. Con esa capacidad para otear el horizonte desde el Polo Norte al Polo Sur se puede entender, también, que el presidente en funciones Sánchez eluda cualquier responsabilidad, por pequeña que sea, sobre la multimillonaria corrupción en su partido. Qué se le va a exigir si por aquel entonces él era concejal en el Ayuntamiento de Madrid (sic).

Ítem, hay que conocer la latitud y la altitud, meridianos y paralelos en su más amplia extensión, para compartir los cortes de carreteras y demás vías que alegremente realizan decenas de (in)activos y (legi)timados ciudadanos. Aragonès lo dijo bien claro: hay que ser ponderado –otra versión de la amplitud de miras– y respetar los derechos de unos y otros, de sus deberes mejor hablamos otro día.

Ítem, sin la vista de un azor nadie es capaz de distinguir la inalcanzable inteligencia de la portavoz de Arran cuando afirma que ellos tienen la razón y punto. Resulta, pues, imprescindible ver por delante y por detrás para saber que no hay diferencia entre un español y un facha, entre el Estado español y el Gobierno o entre Constitución y represión del poble català. Y quien no tenga esa capacidad de utilizar el ojo trasero que se abstenga de cuestionar el dogma nacional.

Ítem, sin amplitud de miras no se puede comprender que a un posible gobierno de socialistas con podemitas​ apoyado por nacionalistas reaccionarios se le denomine gobierno progresista. Es necesario tener una vista camaleónica para entender que ilustres pensadores y locutores aboguen por un diálogo entre iguales, sin líneas rojas ni respeto a la mayoría ni a la ley. Hay que tener una mirada de lince para asegurar, sin temor a equivocarse, que Vox es el retorno a la España en blanco y negro, que los ultras nacionalistas no saben de colores, sólo de caspa, costureros, peineta y mantilla. Insistan en ello, que por los próximos resultados los conoceremos.

El vehículo principal de esta nueva manera de proyectar la política es el discurso por el discurso, con los símbolos y las imágenes como fundamento ideológico. No interesa tanto las prácticas cotidianas del buen gobierno al servicio de los ciudadanos como salir lo mejor parado posible ante las exigencias tribales, los compromisos con las elites, las deudas con sus partidos o con las respectivas mayorías parlamentarias. La política de la política ha triunfado como culminación del giro lingüístico posmoderno del discurso como única práctica de poder.

De ahí que el trasfondo de la amplitud de miras –lo mostró una y otra vez la admirable Laura– es la sonrisa absoluta, otro gesto con el que se desprecia a los que suponen que no se enteran de nada: la gran mayoría de los ciudadanos. Quién nos iba a decir que, por fin, íbamos a alcanzar la anhelada Era Acuario sin necesidad de ácidos lisérgicos ni de peligrosas sobredosis. Queramos o no, hay que admitir que estamos instalados en el tiempo de una versión simple de la metapolítica, o cuando amplitud de miras es sinónimo de enormes tragaderas.

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¿Quién es... Manuel Peña Díaz?
Manuel Peña Díaz

Historiador y profesor universitario, autor de Una Historia no oficial de Cataluña (2019).