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Amor sincero de Cataluña a España

Guillem Bota
04.05.2020
5 min

Estamos los catalanes en plan conciliador, lo que decíamos de los españoles, que si colonos, que si estado fascista, que si España nos roba o España nos mata, nada, oigan, que era todo un purparlé, una cosa simbólica, como lo de proclamar la independencia. Ha sido darnos cuenta de que el turismo, la principal industria catalana, va a depender este año de que los españoles vengan a estos pagos a pasar las vacaciones, y recordar que los insultos, amenazas, desprecios, faltas de respeto y mentiras que llevamos vertiendo desde hace unos años, eran en plan de broma. Cosas del humor catalán, ya se sabe.

Vengan, vengan ustedes a nuestras playas, que lo de sembrarlas de cruces amarillas no fue más que una performance, aquí nos van mucho las cosas del arte. Y por supuesto, jamás España nos ha robado, de hecho lo del déficit fiscal surgió de un error de cálculo, algún funcionario que tendría la cabeza en otra parte cuando sumaba. Pelillos a la mar, pero vengan, hagan el favor. ¿Presos políticos, dicen? De políticos nada, quien la hace la paga, que si en algo confiamos los catalanes es en la justicia española, un ejemplo para todos. Por cierto, ¿conocen ustedes la Costa Brava? ¿La Sagrada Familia? Pasen y vean, tenemos en nuestros hoteles y restaurantes precios especiales para españoles, como demostración del amor que sentimos hacia pueblo tan laborioso y honrado.

¿Exiliados? ¿Qué exiliados? Unos farsantes que nos hemos sacado de encima, no hace alta decir que gracias a ustedes, los españoles. Que se queden en Bélgica, en Escocia o donde sea que anden ahora, aquí los que deben venir son ustedes, queridos hermanos españoles, a disfrutar de nuestra hospitalidad.

Cuando nuestro president se refiere a los españoles como «bestias con forma humana», ni que decir tiene que es elogiosamente. Aquí en Cataluña, cuando algo nos gusta sobremanera, decimos que es bestial. Lo que nuestro presidente intenta dar a entender es que los españoles, detrás de su humilde aspecto --porque entre otras muchas cualidades, gozan ustedes de la humildad y anda que no tendrían motivos para ser soberbios-- son grandes, eximios, superlativos. Bestias, en resumidas cuentas, pero no bestias como animales, sino bestias en el sentido de grandes personas, no sé si me explico, de hecho tanto da, si no les gusta lo que dijo el president, lo echamos y ponemos a otro de su agrado. Pero ustedes, vengan aquí de vacaciones.

Por supuesto, aquella campaña de catalanización de prohombres de la cultura española, tenía precisamente como objetivo, resaltar la grandeza de las tierras de España y de sus personajes. Cervantes, Santa Teresa de Jesús, Cristóbal Colón, Lope de Vega y tantos otros, todos ellos españoles de rancio abolengo, a los cuales simulamos catalanizar, pero únicamente porque queríamos resaltar que tanta es la admiración que les profesamos, que capaces seríamos de convertirlos en catalanes.

Todo ello, claro esta, en tono irónico, no sólo no dudamos ni por un momento de la españolidad de los citados, sino que estamos en condiciones de asegurar --y aquí el Institut Nova Història ha hecho un gran trabajo, después de que hayamos sustituido a toda su junta directiva, a la cual atropelló un camión en pleno-- que Dalí, Gaudí, Miró, Pla e incluso Xavier Cugat, eran extremeños (los dos primeros), andaluces (los dos siguientes) y murcianos (el último).

Vengan ustedes aquí de vacaciones a la que se levante el confinamiento, hagan el favor, que siempre les hemos querido y respetado, como no puede ser de otra forma si compartimos desde siempre patria, sangre, idioma, sueños y anhelos. Por favor.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.