El ‘aggiornamento’ (improbable) de ERC

Jordi Garcia-Petit
7 min

En el Congreso de los Diputados tienen representación parlamentaria e intervienen con sus siglas originales solo tres partidos fundados antes de 1936: PSOE en 1879, PNV en 1895 y ERC en 1931. Cada uno ha tenido un papel histórico de ámbito y peso distintos, pero relevante.

La historia contemporánea de España no puede escribirse sin destacar la participación del PSOE. El PNV ha sido el partido de la burguesía industrial del País Vasco y de un nacionalismo oscilante, de extremo a moderado, pero en general inclinado al acuerdo con las instituciones centrales. ERC es de difícil calificación. Lo fundaron sectores de las clases medias urbanas de Cataluña identificadas con el republicanismo de la época, con un cierto tinte de izquierda (no mucho) y un nacionalismo catalán de amplio espectro: de moderado a cobijo de radicales fascistoides.

ERC quedó profundamente marcada por la Guerra Civil, sus militantes pagaron un alto precio en la derrota de la República, e hizo una larguísima travesía subterránea, más que del desierto, hasta reaparecer en 1980 como coadyuvante del nacionalismo convergente de Jordi Pujol, al que facilitó con el voto de sus 14 diputados la primera elección como presidente de la Generalitat, inaugurándose así la era pujolista de 30 años.  

ERC se autodefine de izquierda y el término figura en su rótulo. Pero esa denominación es un equívoco, un engaño incluso. ERC no es de izquierda por mucho que lo aparenten las ocurrencias verbales de Gabriel Rufián –como la de mentar en vano la clase trabajadora—, las trampas dialécticas de Joan Tardà y la (tímida) pretensión de serlo de Pere Aragonès.

No es de izquierda representar políticamente el secesionismo de clases medias insolidarias, impulsar junto con la derecha nacionalista el procés, un movimiento reaccionario donde los haya, y apoyar los recortes de Convergència, que, además, cuando pudo no los revirtió. Tampoco es de izquierda el rechazo agresivo al PSC, el partido reformista de izquierda con el que debería entenderse en lo social. Los acuerdos parlamentarios con el PSOE son de interés mutuo, sin coincidencias ideológicas.

Pero, seamos justos, ERC tampoco es exactamente un partido de derecha. Entonces ¿qué es? Si lo situamos en el socorrido centro, ¿dónde, en el centroderecha o en el centroizquierda? Digamos para salir del paso que ERC tiene potencialidades para ser un partido útil –socialmente útil, no los trapicheos parlamentarios de Rufián—​, a condición de que haga un aggiornamento, una modernización tomando un baño de realidad.

Su republicanismo antimonárquico –un radicalismo fácil, de salón, que, llevado a la práctica, con atajos sería caótico, violento, con la calle como protagonista, y sin atajos, dentro de la Constitución, llevaría a España a la división y la paralización durante años— debería mutar en “republicanismo civil”, un republicanismo de virtudes sociales y de ejercicio honesto de la política que encontraría una buena acogida en la sociedad.

Autoproclamarse independentistas​ sirve a los dirigentes de ERC para vivir en política “esperando la independencia”. En las condiciones de Cataluña y de España entera, considerada la fortaleza del Estado español, la pertenencia de España a la UE y a la OTAN y el contexto internacional, lo que anunció Pere Aragonès como propósito de su presidencia en el debate de investidura (“culminar la independencia” por medio de la autodeterminación), es más que ilusorio, es ideología para consumo callejero. Y encima, al poco, le puso fecha: 2030.

ERC tiene un modelo de aggiornamento en la historia reciente de España en el que inspirarse, con las diferencias de rigor. En 1979, el PSOE hizo su puesta al día, abandonó el marxismo como ideología oficial, sin exigir a sus militantes que lo abandonaran, los que quieren lo conservan como conocimiento crítico. Pero, claro, el PSOE tenía dirigentes lúcidos y capaces, encabezados por Felipe González.

El aggiornamento en relación con el republicanismo antimonárquico y la independencia ilusoria haría de ERC un partido moderno y competitivo en el espacio social entre el PSC y el popurrí de la derecha nacionalista, despegándose de la paródica izquierda de la CUP. ERC dispone además de la referencia cercana de Josep Tarradellas, que ya inició una modernización, interrumpida al distanciarse del partido –aunque ERC sigue reconociendo su legado— y asumir un papel institucional alejado, precisamente, del independentismo. Las condiciones existen, solo le faltan a ERC los líderes.

De no hacer una puesta al día, ERC quedará –gravosamente para Cataluña, como se está viendo— anclada en su pasado, encajonada entre Junts y la CUP, obligada a competir con ellos en un radicalismo independentista estéril, prisionera de ambos en la acción de gobierno, capitidisminuida en la presidencia de la Generalitat, socialmente inútil, en definitiva.  

Para el aggiornamento no basta con torear a la CUP, separarse (algo) de Junts y pactar coyunturalmente con En Comú Podem. Se requiere una revisión conceptual de los pilares por los que se define: antimonarquismo e independentismo. De dejarlos intactos sumaría un engaño más a su supuesta posición de izquierda.

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¿Quién es... Jordi Garcia-Petit?
Jordi Garcia-Petit

Doctor en derecho.