Pulsión social suicida

Ignacio Vidal-Folch
4 min

Se detecta, últimamente, en las columnas de opinión de la prensa catalana, signos de desesperación y de incredulidad ante los acontecimientos de la vida política.

Menudean los artículos que el columnista escribe con una mano mientras con la otra se tira del pelo o de la oreja o se muerde las uñas. Es evidente, y cada vez se ve más en la prensa, que el infantilismo y la majadería está acabando con la paciencia de los observadores. ¡Cuidado, que alguno puede explotar de frustración, y dejarlo todo perdido de adjetivos denigrantes!

Qué extraño es que una sociedad adulta, moderna, con un nivel tan alto de educación, solo haya sido capaz de generar, para dirigirla, o haya decidido que debe dirigirla, la clase de gente que la dirige. Es un misterio dentro de un enigma dentro de un acertijo.

¿Se trata de una pulsión suicida en la sociedad? Todo tipo de especialistas deberían plantearse esta cuestión y tratar de encontrar explicaciones.

Solo en esta semana hemos visto dos movimientos bufos de extrema trivialidad, sin mencionar los juegos del escondite a los que se entrega el presidente de la Generalitat para no presentarse en ningún lugar, ningún acontecimiento, feria o cónclave donde se tomen decisiones que afectan a la economía o donde pueda correr el peligro de toparse y tener que saludar a otros políticos que acaso pudieran hacerle sombra, o salir más altos en la foto.

El primero de esos movimientos bufos es el intento de la presidenta del Parlamento regional, la señora Borràs, de cambiar la ley que rige esa institución para blindarse ante las más que fundadas acusaciones que en breve la llevarán ante la Justicia. Ella lo niega, pero se le ha notado tanto la intención que todos los grupos, salvo el suyo, se han opuesto. Es verdad que en caso de haberlo conseguido el ridículo hubiera sido formidable.

El segundo episodio de la semana lo ha protagonizado el que fue vicepresidente de ese mismo Parlament, el señor Costa​, negándose a presentarse en los juzgados a los que había sido convocado porque considera que la Cámara catalana es “soberana” y no reconoce autoridad a los magistrados. Han tenido que ir dos mossos a prenderlo y meterlo en el calabozo durante unas horas, hasta que el juez le ha llamado a su presencia.

Pienso que, en pura lógica, si el señor Costa no reconoce autoridad a los jueces, tampoco debería reconocérsela a los dos agentes enviados por aquel, y hubiera debido encerrarse en su piso a cal y canto, y defender, si fuera preciso, con el cuchillo jamonero –y con la ayuda de sus hijos, en el caso de que los tenga, y si no de la misma señora Borràs, cuya imponente presencia física y distinguido cargo político a lo mejor amilanaban a los guardias—, su libertad y la pregonada soberanía de la Cámara. En vez de eso ha ido como un corderito al calabozo. Mal, señor Costa, muy mal.

Todo es trivial y suena a patio de colegio donde un niño berrea porque otro niño le ha quitado la merienda, el pan con chocolate. No es extraño que los columnistas sientan palpitaciones, se tiren de los pelos, aumenten el consumo de tranquilizantes. Los editores deben aumentarles el sueldo. Lo merecen. Su trabajo no es fácil. Yo lo veo parecido al de un locutor de fútbol especializado en retransmitir exclusivamente los partidos del Alcoyano. 

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.