¿Por qué las llaman puertas cuando quieren decir verjas?

Ignacio Vidal-Folch
6 min

Como el porche del Liceu lo aprovechaban para dormir gente sin hogar, que se hacían un lecho con cajas de cartón y una manta, y el sombrío espacio era acogedor para que los yonquis se pincharan el veneno discretamente, e incluso para que alguna prostituta de la zona satisficiera el ardor urgente de algún turista de las Ramblas, la melodiosa institución ha dicho basta. Se ponen unas rejas, queda acotado el terreno, y se acabó el problema.

Y además, para darle a la restrictiva iniciativa un aire lírico, se le encarga el diseño de las rejas al artista de moda: gracias a su magia, las rejas se llaman “constelaciones”, y “dialogan” con el mosaico de Miró, y en vez de impedir el paso y el uso de los porches a los indeseables, lo que hacen es “rendir homenaje a la diversidad”. ¡Si lo piensas bien es muy divertido!

Era una operación de gran limpieza quirúrgica, ciertamente conducida con habilidad casi hasta el final: hasta el momento de exponerla a la consideración pública. Ahí ha faltado finezza. Entonces el discurso, que nos parece que hace diez o quince años todavía hubiera colado, ha sido chirriante y piedra de escándalo, porque los tiempos han cambiado, las sensibilidades se han agudizado en el terreno de las diferencias sociales y la marginación de grandes capas de la población, y el estado de ánimo de éstas no está como para tragar con mucho lirismo de chichinabo; y en este contexto anímico diferente, las palabras melifluas del director artístico del Liceu, el señor Víctor García de Gomar, y las del artista elegido para diseñar las verjas, Jaume Plensa, pueden sonar hipócritas y denotar de una manera muy evidente que ambos, representantes y proveedores de espiritualidad para los estamentos directivos de nuestra sociedad, están lamentablemente desconectados de la realidad de la calle y de la gente.

El hecho puntual de que a las verjas se las llamen puertas, convirtiendo un concepto en principio defensivo y restrictivo en una invitación a entrar --pero sólo en el terreno nominal, claro-- es una ocurrencia de publicista que también da para echarse unas risas.

Decía el director artístico que la realidad de “gente pinchándose heroína, prostitución, gente durmiendo... eran situaciones difíciles de sostener a las puertas del Paraíso". Es una frase que hay que paladear para disfrutar completamente de toda su autocomplacencia y de su carga de desprecio y de inocente cinismo, y que devuelve la idea del templo lírico al cliché de la transición, cuando unos cuantos melenudos se apostaban en las puertas para abuchear a los “cochinos burgueses” que salían del “paraíso” tras escuchar Norma o Lucía de Lammermoor y de fumarse unos puros en los antepalcos. A veces tenía que establecerse un cordón policial para evitar males mayores.

Recuerda a los tópicos de la ciencia ficción postatómica como Zardoz, donde una reducida casta de ricos vive feliz en el interior en una gran cúpula de cristal llena de bellos edificios y verde vegetación, mientras fuera circula una humanidad degradada, esclavizada, violenta y hambrienta, en lucha por la supervivencia.

En fin, adelante con las rejas, con las que Plensa ha querido “rendir homenaje al Liceu, a la música, a Gaudí y al mundo de Miró”. Hombre, podía haber añadido también a Picasso y a Dalí, y a Pla y a la penya gran de l’Ateneu, y hubiera tenido el santoral más completito.

Todo esto por supuesto no tiene importancia: han puesto unas rejas en el Liceu para que no les meen los porches y no tener que sacar cada mañana a un vagabundo y decirle que se lleve sus cartones a otra parte. (Y por cierto que ya he dicho aquí que es estupenda, muy excitante, la programación para el Liceu que ha ingeniado el señor García de Gomar. Una cosa no quita la otra).

Y ya. Lo significativo es el envejecimiento de los discursos. Así Plensa, consciente de que el artista tal como aquí lo queremos no debe estar ajeno a las consideraciones de la actualidad, al inaugurar en Ceret la exposición de sus grandes cabezas de niñas dormidas debió de percatarse de la levedad de esas cabezas en un mundo en guerra, y entonces dijo que esas niñas también son... "rostros de los ucranianos que...". Déjalo, no cuela.

Lo novedoso, me parece, es que estas cosas ya no cuelan y que empiezan a resultar irritantes.

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.