Menú Buscar

Ovnis en Montserrat

Ignacio Vidal-Folch
6 min

Entre los memoriales del 1 de octubre que se celebraron, el más significativo y conmovedor fue, sin duda alguna, la performance que hicieron unos cuantos muchachos decididos a todo, que se subieron a 131 pedruscos de Montserrat y allí encendieron unas farolas, en alusión a los 131 presidentes de la Generalitat que, según postula la leyenda, se han sucedido en la gobernación de esta región tan especial y diferente que inventó la democracia y el pan con tomate.  

Estoy seguro de que las 131 linternas sobre aquellos escultóricos e impresionantes roquedales del sagrado macizo, en la oscuridad de la noche recortándose contra el cielo, aquellas lucecitas como luciérnagas, hubieran causado una gran impresión a quien las viera titilar desde la Anoia o el Bages, y esas trémulas luces hubieran acelerado el palpitar de muchos corazones sensibles y motivados… de no ser por la niebla espesa e inoportuna que arruinó el bonito espectáculo e impidió ver nada más allá de la punta de la nariz.

Da igual, lo que cuenta es la intención. Lo más valioso, lo más discretamente luminoso, no es la gesta realizada, sino la voluntad de realizarla; lo más bonito es que docenas, cientos de excursionistas patrióticamente motivados se tomasen esa tarde-noche la molestia de salir de casa, subir y subir por a saber qué tortuosos senderos de montaña y trochas borrosas, hasta llegar a lo alto del carismático macizo, resoplando y jadeando y sudando en sana camaradería, alcanzar las cimas y allí encender esas luces, luces de memoria y de esperanza.

Subieron, pues, 131 grupos de voluntarios, unos más numerosos que otros, con sus farolas y sus banderas. ¿Alguien se ha tomado la molestia de hacer el recuento, después de la bajada? De noche, con la humedad de la niebla, esas rocas tan redondas pueden ser muy resbalosas y traicioneras. ¿Faltaban algunos farolistas? ¿Cuántos faltaban? Me gustaría creer que todos los que subieron bajaron, que ninguno se torció el tobillo entre las peñas o se tropezó con el mástil de su estelada, y se quedó allí dolorido y abandonado, con la sola compañía de una cantimplora mediada de ratafía para templarle el corazón. Ojalá que no se extraviase ninguno por el camino. Que ninguno se despeñase y ahora yazga al fondo de un barranco, acaso contemplado por los ojos glaciales de un lobo hambriento. Y que ninguno haya sido abducido por los marcianos.

Porque es de todos sabido que en el macizo de Montserrat, de tan caprichosa geomorfología, confluyen energías cósmicas tremendas, y probablemente por ello se considera un sitio ideal para el avistamiento de ovnis. De hecho, el día 11 de cada mes, desde el año 1977, se reúne allí cierta cantidad de gente crédula, todos con la bota de vino y los bocadillos en el morral o la mochila, en la esperanza de avistar alguno. Concretamente se reúnen en la llamada Explanada de los avistamientos.

No siempre, pero a menudo, se deja ver, surcando el cielo estrellado sobre la montaña mágica, algún que otro platillo volante. Iker Jiménez va a dedicar próximamente a este asunto un largo y enjundioso reportaje de Cuarto milenio. (Como siempre hace ese maestro de periodistas, él se limitará a “exponer los hechos”, a poner los datos sobre la mesa, y luego que cada espectador se forme su propia opinión).

En un sitio tan frecuentado por las naves extraterrestres es realmente aventurado subirse a un promontorio con una lámpara encendida, como llamando a los marcianos: “Estoy aquí, venid a abducirme”. Qué insensatez, qué temeridad, esa gente de “allá afuera” te lleva a su planeta sin contemplaciones, y nunca vuelves, adiós al Empordà y a la Costa Brava, nunca más verás bailar sardanas en la plaza de la iglesia ni alzarse los robustos castells humanos ante un ayuntamiento.

Además, que los misterios de Montserrat por las noches, sobre todo en las noches de niebla, son insondables. Es la noche animada. Quién sabe si alguno de esos abnegados faroleros de ocasión al bajar se ha fijado casualmente en algo que brillaba tenue entre las rocas y un matorral, y era el santo Grial, tan venerado y buscado a lo largo de los siglos... A lo mejor, alguno de nuestros 131 faroleros ha oído unos grititos, y ha visto pasar corriendo, rápido como una centella, a un escolanet, perseguido por algún frare ansioso de catequizarle… Muchos enanitos de terracota, fugados de su cautividad en algún sórdido jardincillo pequeñoburgués, se han asilvestrado allí, y celebran grandes fiestas nocturnas, con sus cantos y todo. También es posible encontrarse a algún CDR que se escurrió de las manos de la policía y vive oculto en alguna caverna…

Cuando se vayan todos, dejen, por favor, el lugar como lo encontraron. ¿Les gusta este jardín, que es suyo? No dejen por ahí desperdicios, bolsas de plástico, ni latas de cerveza.

Artículos anteriores
¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.