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Miquel Pueyo y Keita Baldé

Ignacio Vidal-Folch
5 min

La naturaleza global de la pandemia y la miseria del chovinismo son vasos comunicantes cuyo circuito transparente se puede observar magníficamente en Madrid, en Barcelona... y en Lleida, adonde fluyen los jornaleros marroquís, senegaleses, rumanos, españoles, para recoger la fruta, infectarse del virus y arrastrarse hirviendo de fiebre bajo las farolas decoradas con sus lacitos mustios.

Gracias al voto de los leridanos y el apoyo de JxCat y de los Comuns --ese partido que se considera “progresista”, igual que Junqueras se considera “buena persona”--, Lleida cayó, el año pasado, después de varias décadas con alcalde socialista, en manos de Miquel Pueyo (ERC).

Pueyo es un profesional en los lancinantes problemas de la lengua catalana, y un firme adalid de la independencia. Si de él dependiera, ja ho tindríem.

Ahora bien, tan acendradas convicciones no compensan, por desgracia, su perfecta insolvencia en la gestión de los problemas reales de una ciudad compleja. Por raro que parezca tanta banderita y tanto patriotismo no han preservado a la ciudad de la infección. Bajo la crasa incompetencia consistorial, el virus se ha puesto las botas. Eso sí, cuando Pueyo se ha dado cuenta de la catástrofe ha tomado medidas fulminantes: echar las culpas al “Gobierno central”.

Lleida “es la ciudad”, le explica con contenido orgullo Pueyo a El País, “donde acogemos a gente que no tiene trabajo y, lamentablemente, no lo tendrá. Es el lugar donde entidades como Cáritas, Cruz Roja, Arrels, colaboran con estas personas, o donde un futbolista como Keita Baldé ayuda a sus compatriotas temporeros y busca plazas de hotel”.

Qué cuajo. Porque, ¿no es sensacional sacar pecho de tu ciudad y decir que acoge... porque afluyen a ella trabajadores temporeros a trabajar 13 horas al día por 25 euros en las empresas agrofrutícolas, y a dormir en la calle, para, una vez terminada la temporada, volverse por donde llegaron, y así cada año?

¿Y no es sensacional jactarse discretamente del humanismo de tu ciudad (o sea, de ti mismo), poniendo como prueba que entidades caritativas tienen allí un montón de trabajo, paliando lo que no hacen, precisamente, las autoridades, y concretamente el ayuntamiento, o sea, tú, Pueyo?

Pero lo que es antológico es esa complacencia en el hecho de que “Lleida es la ciudad donde Keita Baldé ayuda a sus compatriotas temporeros y busca plazas de hotel”. ¡Hombre! ¡Los ayuda en Lleida porque es allí donde están ahora sufriendo, Pueyo! Los ayuda porque tú y los tuyos no hacéis nada.

La filantropía, la solidaridad de Baldé, jugador del Mónaco, español hijo de senegaleses, nacido en Arbúcies, es admirable y ejemplar. El pasado 1 de junio, 324.cat daba la noticia de que el futbolista se había ofrecido a pagar el alojamiento de los 200 temporeros que dormían en la calle, “pero hoteles y arrendadores de la ciudad no los aceptan”.

¿Por qué no los aceptaban...? Adivina, adivinanza. El caso es que Baldé podía haberse desentendido del asunto, pero en vez de eso perseveró. Al día siguiente, elDiario.es anunciaba que el futbolista acababa de alquilar un edificio deshabitado de tres plantas en el barrio de la Mariola (el más marginal y degradado de la ciudad) para acoger hasta septiembre a los trabajadores de la fruta que los hoteles no querían aceptar como clientes; y estaba negociando el alquiler de otro edificio con el mismo objetivo.

Esto sí que es ser (además de generoso) eficiente y proactivo. No se entretuvo el futbolista en culpar al Gobierno, ni a la Generalitat, ni al ayuntamiento. Se apresuró a buscar una solución y la financió de su propio bolsillo.

Mientras tanto, Pueyo y sus concejales, papando moscas en la Paeria, y empresarios correligionarios suyos distribuyendo generosamente Ibuprofeno entre sus empleados diagnosticados con Covid, para que puedan seguir recogiendo peras, por lo menos hasta que la neumonía los tumbe, y diseminando el virus a su alrededor.

Nada, la “acogida” de Miquel Pueyo y de “la bona gent.

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.