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Marina Garcés y la indigencia intelectual

Ignacio Vidal-Folch
5 min

Marina Garcés demostró en el pregón de la Mercè --ese rito un poquito ramplón, pero ideal para filisteos-- que es una pensadora de pensamiento ligerito. Lamento decirlo. Fue un golpe tontorrón el que Garcés se asestó a sí misma al preocuparse por las víctimas del atentado terrorista de Las Ramblas en estos términos: “Siempre tendremos la duda de si realmente querían morir matando, como hicieron". ¡Hombre, no! Esa duda no la tenemos. Tenemos, si acaso, muchas otras, pero esa concretamente no nos va a desvelar en noches futuras.

Hasta aquí, la filosofía en septiembre de 2017.

Acaba de publicar Garcés en el diario Gara (¿Gara o Ara? Bueno, viene a ser lo mismo) un artículo que por su espíritu evoca las reflexiones de Kundera sobre el kitsch en La insoportable levedad del ser: "La necesidad del kitsch del hombre kitsch es la necesidad de mirarse en el espejo del engaño embellecedor y reconocerse en él con emocionada satisfacción".

Es esa necesidad lo que explica pensamientos como el de Garcés o, un escalón todavía más abajo, pero en el mismo diario y en el mismo día, el de Xavier Antich comparando a Gandhi con Puigdemont, el colonialismo británico con la democracia española, y el proceso de independencia de la India --que fue una verdadera tragedia histórica y costó miles de muertes y un trabajo inmenso para acordar voluntades tan disímiles-- con... las kermesses del prusés. Parecidas cositas las decía ayer Antoni Vives en otro artículo no más inicuo. Pero hoy no quiero entrar en esos. Hagamos más bien la epistemología del bonismo de Garcés y veamos a qué responde.

Por un lado, la filósofa de pacotilla en el secular monasterio italiano. Por otro, los malvados picoletos en el barco Piolín y Silvestre.

"Visitem l’abadia de Grottaferrata, un matí de juliol", para asistir a una boda: así, ya desde lo exótico, lo distinguido, cosmopolita y veraneante, empieza la reflexión de nuestra filósofa. En la abadía italiana, acompañada de alguien anónimo, no visitan, como yo esperaba, alguna celda donde unos monjes sodomizan a un escolanet de voz angelical, sino la fabulosa biblioteca, llena de manuscritos e incunables; y el bibliotecario, jorobado y cómplice, mientras le muestra el tesoro le susurra:

--Tutto questo è nostro!

Y ella se embelesa con esa expresión --que, por cierto, a nosotros nos parece la expresión de un egoísmo patético-- y la entiende como la extensión del derecho de propiedad privada a los visitantes cultivados y discretos como ella que saben hablar en voz baja . Y ese "nostro" fraternal y copropietario, ese "è nostro", proyecta a nuestra filósofa del Gara, o del Ara, a una exaltación del ensueño de coposeer esa cueva de tesoros intelectuales que se le ofrecen gentilmente gracias a su "saber estar". Todo es de todos. Libertad total.

Obviamente, aquí se podría acabar el texto, inconscientemente concebido y deseado por su autora para potenciar su experiencia publicándola: quiero que sepáis en qué ambientes me muevo, de qué experiencias inefables participo. Pero como esto solo no te lo publica ningún periódico --ni siquiera el Gara, o el Ara--, ha habido que agregar al relato de la visita una moraleja mediante la comparación del entendimiento con el dulce bibliotecario que lo comparte todo contigo... con la actividad hosca de los Estados, y concretamente de la Guardia Civil, que --como ahora, en Cataluña-- violenta, invade e impone su odioso poder sobre las almas pacíficas y buenas.

Por un lado, la filósofa de pacotilla en el secular monasterio italiano. Por otro, los malvados picoletos en el barco Piolín y Silvestre.

Por otro, en fin, las sucias manos de Antich y Vives manoseando el cadáver de Gandhi.

Vuelve el año que viene, Garcés. Lee otro pregón de la Mercé. Avec des nouvelles platitudes. Te lo has merecido.

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.